IGNACIO MUÑOZ
Martes 19 de febrero, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Una de las vidas caucanas más dinámicas, productivas y tronco de una familia distinguida
es la de Ignacio Muñoz.  Carlos Zambrano Ulloa hace un recuento de la juventud.

Cordialmente,

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Don Ignacio Infancia y Juventud (Primera Parte)
Carlos Zambrano Ulloa
Por: Carlos Zambrano Ulloa
Especial para El Liberal.
Febrero 2008

Así, simplemente por su nombre de pila, lo llamaba con afectuosa sencillez la gente de su tiempo. La frágil memoria de los pueblos, que suele amontonar olvido sobre el recuerdo de sus grandes hombres, ha relegado a la penumbra, la memoria de don Ignacio Muñoz, el caucano más importante del siglo XX.

La parábola inverosímil de esa vida prodigiosa evidencia la dimensión de su grandeza: desde su nacimiento el 31 de julio de 1.857, en un humilde rancho de paja, en el Alto de Cauca. Allí habían logrado fundar su hogar, en medio de la más absoluta pobreza, Manuel Muñoz un hombre recio y apuesto, de tez intensamente blanca, que había llegado posiblemente de Almaguer, y María Josefa Córdoba Caldas, parienta muy cercana del Sabio Caldas, quien tenía el talante y el talento y la belleza característicos de las mujeres de Popayán.

Cuenta la anécdota, tantas veces repetida, que alguna vez ese niño, testigo desde muy temprano de todas las carencias de su casa y de la agobiante vida de su madre, mirando desde su rancho el paisaje lejano de la cordillera, que rematan las cumbres del volcán Puracé, quizás para atenuar las angustias de doña María Josefa, atormentada por necesidades apremiantes, le dijo con ternura: ”Algún día no tendrás que sacrificarte tanto, porque todas esas tierras que ves en el horizonte serán nuestras”. Sorprendente premonición, ampliamente superada con el correr de los años.

Don Sergio Arboleda, en sus frecuentes visitas a sus propiedades, transitaba con frecuencia por el camino, a cuya vera vivían los Muñoz, y quedó impresionado con la agudeza intelectual del niño. No se podía desperdiciar talento semejante. Consiguió con sus padres la autorización para matricularlo en el Seminario. Su brillante inteligencia lo hizo descollar de inmediato entre sus compañeros. Ingresa después al Seminario Mayor, en donde es investido con órdenes mayores, que entonces incluían sotana. Pero su destino no era ser cura. En una de sus vacaciones se enamora de Saturia Muñoz, su bella prima hermana, quien vivía a una cuadra de su rancho. Y hasta allí llegó su vocación.

Ignacio Muñoz fue siempre un hombre de decisiones que, por lo general, como sus palabras, jamás tenían reversa. Fuera del Seminario, lo esperaba la vida, colmada para él de los más incitantes desafíos. Con la oportuna ayuda de quien había sido su Rector, funda una escuelita, cerca de su casa, y oficia de maestro. Pero esa, tampoco era su vocación. Además, ya se había casado, y comenzaba a nacer su numerosa prole.

Los Arboledas, que pasaban largas temporadas en Europa, habían encargado a Manuel Muñoz la administración de Calibío, una finca muy grande que estaba al norte de la ciudad. Don Leonidas Pardo vivía enamorada de esa finca y le preguntó a don Manuel si la vendían. El joven Ignacio, que había escuchado esa conversación con su padre, debió imaginar en su febricitante cabeza, pletórica de sueños y de imposibles, que su anhelada oportunidad había llegado. Al día siguiente, enjaezó su mula y se marchó a Bogotá, que quedaba entonces a varias semanas de camino. Se entrevistó con doña Sofía Mosquera, propietaria de Calibío y, sin un centavo en el bolsillo le propuso compra. En un acto de confianza, muy propio de la época, cuando la palabra empeñada valía más que una escritura pública, la linajuda señora accedió a venderle su hacienda, otorgándole para pagar el plazo que quisiera. Sin más, corrieron la escritura. Ignacio Muñoz acababa de firmar la primera de las más de 400 escrituras de compraventa que suscribiría a lo largo de su vida. Con esa transacción se iniciaba la formación de la fortuna más grande de su tiempo.