JUAN JACOBO MUÑOZ DELGADO
(1923 - 1997)
Martes 15 de enero, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Foto:  Mundo Insanitas
Juan Jacobo Muñoz Delgado, notable médico payanés, hijo
del jurista Camilo Muñoz Obando y bisnieto del General y
Presidente de Colombia José María Obando, casado con
Helena Tamayo de Muñoz, de cuyo matrimonio nacieron
cuatro hijos: Diego, Clemencia, Rodrigo y Juan Ignacio, es el
tema de hoy.
El libro "Visiones del siglo XX" de Villegas Editores,
publica el articulo del ex presidente Alfonso López Michelsen
sobre Juan Jacobo Muñoz Delgado.

Cordialmente,

***

Juan Jacobo Muñoz
Texto: Alfonso López Michelsen
Visiones del siglo XX
Villegas Editores

Entre las instituciones que han desaparecido y que fueron tradicionales en nuestra sociedad, es necesario mencionar al médico de familia. Era conocido con el nombre de médico general porque mientras no se agravara el doliente para pasar a manos de un especialista, el llamado médico general disponía de su ojo clínico para diagnosticar los primeros síntomas de cualquier enfermedad.

Obviamente, el médico acababa por ser un miembro de la familia, porque su visita constituía una oportunidad para el intercambio de ideas sobre la actualidad política, económica o agrícola. Un médico que recorría cinco o diez casas al día era un portador de noticias incomparable; pero sobre todo era una especie de confesor laico en quien se confiaban los pacientes para desahogarse de sus cuitas en forma confidencial.

La noticia de la muerte de Juan Jacobo Muñoz me sorprendió en París, donde residió por varios años, durante el gobierno del Mandato Claro, como delegado de Colombia ante la unesco.

Evoqué no solamente su condición de amigo personal, que lo fue por muchos años, sino que me parecía el típico sobreviviente del médico de familia humanista que aunaba condiciones personales que lo hicieron acreedor a una estimación y a un afecto general.

Me dicen quienes asistieron a su entierro, que fue sorprendente la concurrencia que lo acompañó hasta su última morada, pero para mí no lo es, porque no obstante la distancia que solía establecer con las gentes, lo rodeaba una aureola de admiración y gratitud que explica el pesar con que fue recibida la infausta nueva de su desaparición.

La vasta cultura de Juan Jacobo Muñoz le permitió escalar posiciones destacadas en las academias a las cuales perteneció y consagró parte de su tiempo: la de Medicina, la cual presidió hasta hace pocos meses; la de la Lengua, a la cual asistía puntualmente, y la de Historia, si mi memoria no me traiciona.

Pensar que su última investigación fue acerca del primer hospital que hubo en nuestro suelo. ¡Nada menos que en Santa María la Antigua del Darién!

Su versatilidad fue lo que le permitió un brillante desempeño al frente del Ministerio de Salud y del Ministerio de Educación. Estaba familiarizado con los dos temas. Y por ser un humanista de veras y un profesional consagrado a su oficio, dejó honda huella de su paso por los dos despachos.

Provenía del legendario general Obando, por quien profesaba un justificado culto. Ninguna figura de nuestro siglo XIX fue tan apasionadamente admirada y querida como Obando en su agitada y terrible existencia. Con razón lo llamó Camacho Roldán “el Edipo de América” y paradójicamente sus descendientes, con contadas excepciones, fueron todos conservadores. La excepción fue Juan Jacobo Muñoz, hijo de un político radical, el senador Muñoz Obando, quien lo bautizó en memoria de Juan Jacobo Rousseau y fue la única voz en la Convención de 1933 contra la primera candidatura de Alfonso López Pumarejo, por considerarlo tibio frente a la tradición radical.

Con todo, y para mí lo más singular de la vida de Juan Jacobo Muñoz, fue el desenlace final. Menos de dos semanas mediaron entre el diagnóstico mortal que él, como médico, supo evaluar con todas sus consecuencias y como descendiente de la vieja cepa radical afrontó con estoicismo admirable.

Reunió a los suyos para darles la noticia de su inminente fallecimiento; dio gracias a la vida por los 74 años felices de que había disfrutado en el hogar que había formado con Elena Tamayo y les hizo algunas reflexiones científicas sobre la muerte, su inevitabilidad y su aceptación por parte suya, que quiso hacer extensiva a quienes lo habían rodeado.

Hubiérase dicho un filósofo de la Antigüedad, de aquellos que siempre habían sido su admiración. Con la mayor naturalidad se despidió para el largo viaje, con el consuelo de haber hecho felices y buenos ciudadanos a quienes prolongaban su estirpe.