VÍCTOR MOSQUERA CHAUX
Lunes 14 de enero, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Víctor Mosquera Cháux, ex Presidente Encargado de Colombia, nació en Popayán
el primero de octubre de 1919 y murió en Bogotá el 5 de noviembre de 1997. El ex
presidente Alfonso López Michelsen escribió una serie de semblanzas sobre un grupo
de distinguidos colombianos y entre ellos, el ex presidente Víctor Mosquera Cháux.
El libro "Visiones del siglo XX" de Villegas Editores, contiene la serie de artículos del
ex presidente López, del cual hemos tomado el texto que reproducimos el día de hoy.

Cordialmente,

***
Visiones del siglo XX Colombiano
( Villegas Editores )
VÍCTOR MOSQUERA CHAUX
TEXTO DE: ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN

Siempre me pareció que Víctor Mosquera Cháux venía del más remoto pasado. Tan remoto que no me contentaba con asociarlo al Olimpo de los radicales del siglo pasado, sino que, remontando varios siglos más, me parecía arrancado de la Antigüedad romana o griega. Era un hombre íntegro en todo el sentido de la palabra. Al escudriñar el alcance de este vocablo en el diccionario, me ha sorprendido la concisión con el que lo define la Academia: “Dícese del hombre recto, probo, intachable”, pero, tal vez, yo le agregaría: fiel a sus convicciones.

A medida que fue transcurriendo el tiempo y se fueron deteriorando los valores de nuestra sociedad, Víctor aparecía más y más distante, por no decir más y más distinto. El rasgo saliente de su personalidad era el carácter, y, si algo se ha desmonetizado en los últimos años, ha sido precisamente el carácter, la firmeza en los rumbos de la conducta, cualesquiera que sean las consecuencias, por no apartarse de lo que íntimamente se cree que era el proceder correcto. Mientras otros flaqueaban y la figura del logrero se abría camino, él era, en el seno del Partido Liberal, lo que debió ser san Pedro entre los primeros cristianos. No escribió los Evangelios, ni hizo gala de conocimientos, como sus compañeros de apostolado, pero, a la hora que Cristo quiso darle una base sólida a su Iglesia, se apoyó sobre esa roca y pudo decir, con premonición de eternidad: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Por años, no hubo Dirección Nacional Liberal en la que Víctor Mosquera estuviera ausente. Nuestro partido, que es eminentemente caudillista, elegía jefes únicos en circunstancias normales, pero, cuando no podía echar mano de uno de ellos, que irónicamente se calificaban de “jefes naturales”, se integraba una dirección plural, en donde la roca inconmovible era Víctor Mosquera Cháux, porque con su presencia todos los aspirantes sentían sus derechos garantizados por alguien que ponía los intereses del partido por encima de los intereses particulares, de sus amigos o sus comitentes. Bien podría ser que, una solución de aquellas que se presentan frente a problemas que hasta la víspera encontraban todas las puertas cerradas no favoreciera a las personas de sus afectos, jamás se hubiera atrevido a desautorizarla en público, contra el interés general, a nombre del interés particular o el de su candidato.

Pude comprobarlo en las elecciones de 1982, cuando se desintegró la Dirección Nacional Liberal de la cual formábamos parte los ex presidentes. El estaba más próximo al doctor Alberto Lleras Camargo que a mi persona y cuando éste recurrió a la desintegración de la dirección, en vista de que yo había sido proclamado como posible candidato por algunos directorios departamentales, y atribuyéndome, injustamente, el haberlos manipulado, tuve la grata sorpresa de verlo distanciarse de quien había sido su jefe y su más próximo amigo, para acompañarme en la batalla contra la disidencia galanista, que le abrió el camino al gobierno conservador de Belisario Betancur. Mosquera sabía que yo no había hecho cosa distinta de aceptar las sugestiones de mis compañeros de dirección, e inclusive pedirle a amigos como Marino Rengifo que detuvieran cualquier conato de definición sobre candidaturas en aquellos momentos. Me encontraba en Villavicencio con unos amigos panameños que querían conocer el Llano, cuando me enteré de tales proclamaciones.

Cito este ejemplo entre mil, porque fue aquél con el cual estuve más familiarizado. Pero, en un sinnúmero de casos, desde su más temprana juventud, siempre procedió con idéntico sentido de la justicia.

Víctor Mosquera Cháux había comenzado su carrera pública como secretario de Gobierno del Cauca en 1944 y, desde entonces, comenzó a fijar pautas de tolerancia, de pluralismo ideológico, de preocupación por los problemas de los indígenas, que otros llaman el problema indígena. Tanto como se le tildaba por sus enemigos de reaccionario, fue quizá el político que mayor atención le prestó al problema agrario para los indígenas. Con anterioridad a 1991, las leyes claves sobre la protección a los aborígenes, surgieron de su pluma y de su conocimiento de la región. Más aún, y no sólo en el caso de Víctor Mosquera sino en muchos otros movimientos de izquierda, los indígenas siempre tuvieron un cupo en las listas de los partidos, asistieron a las Asambleas, a la Cámara y al Senado. Es una impostura hacerle creer a las generaciones jóvenes que el acceso a los cargos públicos de los evangélicos y de los indígenas fue una de las conquistas de la última Constitución. Precisamente, siendo todavía muy joven y habiendo sido designado como gobernador por el presidente Lleras Camargo, distinguió con una de las secretarías del departamento a un no católico, frente a las protestas de la clerecía que esperaba que el gobierno central lo desautorizara. Algo que no ocurrió y que sentó precedente sobre la posición liberal de igualdad de todos los credos cristianos ante la ley.

Representó con brillo a Colombia ante el Reino Unido y ante la Casa Blanca y, caso curioso, se hizo acreedor en grado excepcional a la gratitud de la colonia colombiana residente, amén del respeto que se granjeó ante los gobiernos. Algún amigo norteamericano me observaba que, con contadas excepciones, los embajadores colombianos, o se ocupaban de sus negocios oficiales y descuidaban la colonia, o se consagraban a atenderla con desmedro de sus funciones diplomáticas.

El funcionario estricto cumplidor de su deber, visto desde fuera, que era Víctor Mosquera, no perdía el humor en horas de esparcimiento. El más fino rasgo de su personalidad era la alegría que comunicaba a sus interlocutores en medio de los suyos o del amplio círculo de amigos que le profesaban gran afecto. Ostentaba, a la par con una afición heredada por la medicina, un escepticismo simpático que le permitía sonreír ante las debilidades ajenas y aun ante las propias. Diversos infortunios lo asediaron en sus últimos años. Fue víctima de atentados contra su vida que no lo alcanzaron, pero que lo obligaron a residir fuera de su patria chica. Sufrió, como si fuera en carne propia, el secuestro de su hermano y vio invadidas por los alzados en armas sus propiedades y las de su mujer. Aceptó estos agravios de la vida con el mismo donaire con que, en otras épocas, había recibido todos los honores que dispensa la patria, hasta la propia primera magistratura, que desempeñó transitoriamente.