EL POPAYÁN DE VÍCTOR ARAGÓN PARDO
Miércoles 9 de diciembre, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Víctor Aragón Pardo, publicó en 1968 "El Despertar de los Demonios",
calificada por la critica colombiana como una de las cien mejores novelas del
siglo XX. Hoy transcribimos la parte de su novela en donde indudablemente
se refiere a la ciudad de Popayán.
Víctor Aragón Pardo nació en Popayán (1905) y murió en Bogotá (1981).
Nuestros agradecimientos a Guillermo Borrero Aragón, por habernos
suministrado los textos.

Cordialmente,

***

TOMADO DE “EL DESPERTAR DE LOS DEMONIOS”
POR: VÍCTOR ARAGÓN
Libros del Cóndor.
Sociedad Editora de los Andes. Bogotá 1968


Por lo general en nuestra villa gozamos de la quietud que ahonda las meditaciones y de la belleza que afina los gustos. Y, además, del amor al estudios de las cosas trascendentales. De modo que las mentes veían la vida y la naturaleza desvirtuándolas en un prisma intemporal, que magnificaba los conceptos por encima de la realidad verdadera. Era natural que el viajero encontrara la ciudad un poco tristona, con mucho silencio y mucha pausa, y tuviera que refugiarse en una contemplación dialéctica y convencional del pasado histórico. Su mismo aspecto, que era el de una mole que se destaca sobre verde planicie, tenía cierto matiz de cosa del pasado. Rectilíneas techumbres a una misma altura, en donde brotaba una floración granítica de torres y cúpulas pues allí, sólo torres y cúpulas se alzaban por encima de las viejas casonas. Era una ciudad orgullosa de su clima, de su paisaje, de un terrible volcán casi siempre cubierto de nieve y de un bello río. Esos elementos del ambiente se habían convertido en categorías de su espíritu y estaban tan compenetradas en el alma de aquel pueblo que sin ellos no tendría sentido su conciencia de la vida. Para él todos esos parajes tenían una personalidad recóndita y amable, un alma rústica. El aire, por añadidura, era dulce, leve y traslúcido, como quiera que las tempestades lo purificaban con frecuencia. Las brisas caían a esa planicie de las altas cordilleras desmayadas en las espumas del viento y había instantes en que era imposible adivinar de dónde surgían los sutiles soplos, que habían estado suspensos para acariciar de improviso y calladamente. Y en los atardeceres la atmósfera se hacía intangible para dar paso a una luz agermana que limpiaba los perfiles y acendraba el valor estático de las cosas, como si torres, cúpulas y techumbres se levantaran un poco más ante los ojos y las cordilleras lejanas se volvieran de cristal, especialmente en aquellos interludios de recogimiento y de claridad que preceden al aletear del anochecer. Semejantes disposición del ambiente había hecho que el pueblo fraternizara con la naturaleza y podía afirmarse que en todos los contornos de la ciudad, desde las clásicas colinas que la amparan por el oriente hasta las orillas del río, no existía un soto ni la sombra de un árbol en donde no se hubieran escuchado sus canciones. Lejos de allí la abrumadora perspectiva de los valles tropicales y de sus epopéyicas selvas. El vallecito de la ciudad era un paraje, un trozo de gobelino con sus figuras danzantes, sus praderas y sus arbustos policromos. El hombre no puede acercarse casi a los grandes paisajes tropicales, inhospitalarios de calor, de insectos, de ponzoñas, de pantanos cuyos único dueños son los pescadores primitivos y las bestias silvestres. En el ámbito de este ondulado altiplano la naturaleza era acogedora y saludable, una constante invitación a la égloga. Sus campos eran vedes llanuras cortadas por interminables filas de vegetación, que iban señalando el paso de los riachuelos. Y no había adolescente que no hubiera madurado allí sus ensueños.