LAURA VIVAS
Viernes 2 de marzo, 2007
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Laura Vivas vivía en San Isidro, Morales, Cauca y César Samboní,
amigo de la familia, asistió a su funeral y escribió el siguiente articulo
sobre tan triste acontecimiento.

Cordialmente,

***

Estación desconocida: Con el muerto al hombro
Por: César Samboní
El Liberal
2 de marzo, 2007


En el sur de Colombia, en el Cauca, los muertos todavía son llevados al hombro atravesando montañas, sin importar el sol o la lluvia. En días pasados falleció Laura Vivas: sus ojos se cansaron de ver madurar el café y contaron las veintiséis constelaciones que se observan desde su casa ubicada en la vereda San Isidro del municipio de Morales. Realmente mi presencia no tuvo ningún otro propósito que el de acompañar el dolor de los familiares pero una vez llegada la hora de partir desde ese privilegiado rincón del mundo, los campesinos más viejos y sabios dieron la orden de salir para el pueblo. Era un medio día arrullado por treinta grados de temperatura y los seis kilómetros que nos aguardaban parecían tarea de guerreros somnolientos.

En el transcurso se hablaba de todo menos de la muerte, se oían los proyectos por mejorar la carretera, ondulante y pobre como un huérfano sin esperanza; del aterrador verano que malogra los cultivos, y la urgencia de poder cancelar la cuota al banco o devolver el préstamo indignante al usurero. El verano también hace tambalear el sueño de contar con la despensa a medio llenar para saciar el hambre de una región que parece no habitar en el mapa de los gobernantes.

Yo apenas sostenía el camino y el ataúd, que por cinco minutos me recordó cuánto pesa la cómoda vida de la ciudad. Esos breves e interminables minutos me confirmaron que más puede un cuerpo hecho a fuerza de fatiga, que un espíritu contemplativo, fruto de la lectura y del ambicioso deseo por alcanzar la escritura.

Al cabo de poco más de una hora de extenuante y liberadora caminata entendí el porqué de ese ejercicio comunitario: todos los parientes y amigos de la difunta lo que en realidad hicimos fue, perpetuar la memoria ritual de un pueblo que ve en la muerte un lugar para el homenaje y la fiesta de la vida.

Después de acariciar el perfume de los pomorrosos ideales, de beber el agua del tiempo sin retorno, nos aguardaba la certeza del triunfo de la memoria sobre el olvido. Al fin y al cabo, no cualquier persona se da el lujo de llegar al pueblo con el muerto al hombro, ni tampoco, para cualquier muerto es dado recorrer sus propios pasos, llevada en hombros, como debe acontecer con los seres humanos extraordinarios. Este regalo sólo lo tuvieron los antiguos señores chibchas antes de habitar para siempre en el oro intemporal de la laguna donde el cielo y la tierra desaparecen.

Gracias Laura por permitirme soportar algo de tu solitario triunfo.