MARIELA VALDIVIESO DELGADO
Lunes 8 de octubre, 207
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Con motivo del fallecimiento inesperado en Popayán de Mariela Valdivieso Delgado, el primero de octubre, Gloria Cepeda Vargas ha escrito la nota que reproducimos.
Nuestros profundos sentimientos de pesar para Fany y Dionisio Valdivieso Delgado y miembros de su distinguida familia.

Cordialmente,

***

Mariela Valdivieso
Por Gloria Cepeda Vargas
El Liberal, octubre 2007



Existe una característica que ennoblece: el don de la gracia, sembrada como una estrella en la frente de los elegidos.

Mariela Valdivieso vivió llena de gracia. Compañera del bordado y el tejido, cómplice en la exploración de la caridad bien entendida, trenzadora de hilos y sentimientos, acaba de partir limpiamente, como corresponde a quien conoce el valor de la cosecha y el compromiso de la siembra.

Conocí a Mariela hace muchos años. Su casa de corredores anchos y patios de musgosa piedra, hoy ocupada por las instalaciones de la Cámara de Comercio del Cauca, fue terreno amable para su infancia y juventud. Más de una vez, enredada en los vientos de agosto o girando en los columpios de vuelo de la hacienda familiar, debió reconocerse en los pájaros detenidos sobre las tejas húmedas o en las orquídeas y las rosas que cultivaba con devoción.

Atenta al pulso de la naturaleza, ahí vibró sin esfuerzo aparente. Y fueron entonces los días atesorados para el reclamo del amigo, abiertos a la necesidad de los hermanos, inclinados sobre ese código –para muchos cifrado- de las jóvenes y los jóvenes sobrinos que como protagonistas de un cuento recién escrito, llegaron de repente a colmarla de luz.

El Costurero al cual perteneció, acogía con generosidad mi crasa ignorancia en las arduas labores manuales. Una caravana de saquitos adorables y botines de lana, de colchas encintadas y carpetas de espuma, desfilaba cada semana ante mis ojos asombrados. Todavía no entiendo cómo hacían las hábiles tejedoras para construir esa gama de ternura, esa constelación de belleza perfecta sin equivocarse, mientras saboreaban las golosinas de la tarde charlando despreocupadamente. Ahí aprendí que la geometría no es sólo fórmula matemática o plástica lineal. Es también equilibrio del alma, sensatez y donaire, ritual y maravilla compartida. Mariela fue parte activa de ese mundo donde cada gesto, cada palabra, cada propósito o acción en total equilibrio, se tomaban de la mano para mirar de frente. Yambitará, la hacienda de los hermanos Valdivieso, anclada como una isla sobre un mar de verdor apacible, le enseñó la lección que da la tierra cuando se le requiere con amor. Creo que no habría precisado de relojes o termómetros para reconocer el tramonte del sol o los altibajos de la noche.

Acompañada de los seres que la amaron, en una ceremonia austera como debieron ser los fastos iniciales del cristianismo que profesó con honda convicción, regresó a confundirse con la arcilla y el humus maternales.

Quede como una flor para ella, que las tuvo todas, las palabras de Walt Whitman, el torrencial poeta de la vida: “Ésta es tu hora ¡Oh alma! tu libre vuelo hacia lo indecible/ lejos de libros y de arte, borrado el día, dada la lección/ y tú emergiendo plenamente, silenciosa, contemplativa/ ponderando los temas que más amo: la noche, el sueño, la muerte y las estrellas”.