COMO ES ARRIBA ES ABAJO
Domingo 18 de febrero, 2007
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano nos ha enviado su articulo que lo intitula
"Como es arriba es abajo" y la foto del cuadro.
Nuestros agradecimientos para Rodrigo.

Cordialmente,

***

COMO ES ARRIBA ES ABAJO
Por Rodrigo Valencia Q.
Especial para El Liberal


Ella escrutaba a través de su paciencia, totalmente dedicada a encontrar el detalle oscuro de las cosas, el diálogo sin reporte y los instantes de desahogo. A lo lejos, una mujer desnuda hacía señas con los brazos; movía las manos hacia arriba y hacia abajo, frente a un pórtico de grandes arcos, en ese hotel para desarraigados que está arriba de las nubes, como todo ese lugar en donde ella había conocido la esencia de las horas. ¿Para qué? Tal vez para pasar el tiempo entre utilerías desconocidas, entre palabras develadas por las contradicciones, o acaso por la sola inutilidad de esconderse de la fútil realidad. Siempre había hecho lo posible por asirse a lo imposible, por encontrar las ráfagas del instante, los visos del ahora, la nobleza que no reclama absolutamente nada, excepto el gozo del presente; mas sin esperanza, sin ninguna otro propósito que aliviar el enojo del ahora, el óxido sin freno del tiempo que transcurre consumiéndolo todo.
El día era claro y ella miraba una vela que se consumía eternamente sin que estuviera encendida, de modo que el humo ascendía, en hilo serpenteante y continuo hacia arriba, inundando el aire con un perfume como de incienso. Él la había conocido hacía algunos años, desde que ella se le acercó un día a preguntarle por la explicación de unos cuadros. Y desde entonces hablaban del día impreciso en que morirían, de por qué el sexo es tan antiguo y muchos se asustan en presencia suya, de por qué hay historias tan terribles en la Biblia, de filosofías para el despertar, de Heidegger, de la imposibilidad de entender del todo a Kant, de la perentoria realidad, del secreto de la flor de oro, etc. Se veía muy triste, como abrumada por una queja secreta, por alguna pena sin diluir o por recuerdos vagos que venían a importunarla en ese rato. Alguien diría que se solazaba en la angustia, en la espera que no desemboca en ninguna parte, la espera que se queda quieta de tanto ser espera.
Mientras tanto, una sentencia se paseaba por el aire: “Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba”. La Tabla Esmeraldina dejaba oír sus ecos, les recordaba a ambos que todo está íntimamente entrelazado, que todo es la manifestación de una sola cosa y que acaso en esa frasecita se escondía un secreto para los entendidos en cosas sutiles. Entonces vieron que estaban en un lugar flotante, ni arriba ni abajo; las dimensiones seguían proporcionando la factura de las cosas, pero la textura de la realidad era otra; era un ensimismamiento que prodigaba detalles del instante; era como una pantalla de atención acrecentada, un foco para mirar detrás de las rasgaduras del mundo. Obviamente, no estaban en la dimensión del sueño; más bien como si un trasteo imaginario los hubiera aquietado en un tránsito especular, tan imaginario como real en su tesitura, tan lejano y presencial al mismo tiempo.
“Los cuadros no se explican”, le dijo él; “alguien puede inventarles una historia, un trasmundo fantasioso, una excusa para su existencia; pero, en lo posible, al menos los que vimos, deben acontecer entre la precisión de la imagen y la ambigüedad de lo indefinible”, concluyó él. Sin embargo ella, estudiante de filosofía, estaba acostumbrada a racionalizarlo todo, a encontrar las vetas de la lógica certera, el cuestionamiento de las inutilidades gratificantes; pero, asimismo, tranquilizaba la imposibilidad de las respuestas con una sensibilidad para lo irracional, porque veía que la vida sin el arrojo inmediato entre lo incongruente era una faena fría sin remisión, y que el goce puro había que descubrirlo en la ingravidez sin linderos de lo inexplicable. Por eso había acudido a la escuela de Gurdjieff, a sus ejercicios de reconocimiento de sí misma, a la búsqueda incesante del “amo” que había dentro de ella y a toda esas hipótesis esotéricas frente a un mundo precario de sustancia, alienante por el ahogo que le producía en su alma.
Entre tanto, su mano derecha seguía sobre la izquierda; distante, en quieta contemplación de sí misma, auscultaba por qué Kant niega la posibilidad de conocer la “cosa en sí”, si cada uno de nosotros es esa inalienable revelación directa de la más profunda metafísica. Y entonces, los acordes fieros del concierto para violín de Brahms desfloraron la tarde, abrieron por un momento la esencialidad de la conciencia. Esa melodía era más que suficiente para borrar las preguntas, las horas y los días, y ahí no existían ni el arriba ni el abajo... La música era el lenguaje del alma; y ésta, la nota que se interpreta y se oye a sí misma, el origen sin final de cual