SEMANA SANTA EN POPAYÁN
Jueves 29 de marzo, 2007
De: Mario Pachajoa Burbano.

Amigos:

Julián Eduardo Albornoz Torres nos ha enviado esta página tomada de El
Mercurio
de Santiago de Chile referida a la Semana Santa de Popayán.
Nuestros agradecimientos a Julián Eduardo por ofrecernos esta oportunidad.

Cordialmente,

***

Popayán: Semana Santa
A la colombiana
Por: Mauricio Alarcón C.
Domingo 25 de marzo, 2007

La colonial ciudad de Popayán atesora una de las festividades de Semana Santa más tradicionales de Colombia. Una serie de procesiones que se ven igual que cuando partieron, hace 450 años.

La Semana Santa en Popayán va más o menos así: cada noche hay una procesión diferente. Y entonces, la usualmente sosegada ciudad colonial, con sus muros blancos y tejas rojo oscuro, se pone agitada y callejera. Las veredas estrechas se rebasan de gente y uno empieza a preocuparse francamente por los bellos y añosos balcones de madera, que quizá ya no estén para acoger a todos esos espectadores.

El Jueves Santo es una de las jornadas más dolorosas de Semana Santa. Y las bandas que acompañan a los Pasos se ponen a tono con el estado de ánimo, mientras los espectadores en primera fila iluminan la marcha con velones. Y hacen comentarios.

Para el público, estos personajes - y los otros integrantes de la cofradía: desde el elegante "Intendente" vestido de frac, a los humildes "Pichones", que llevan los pasos en la salida de la iglesia- son respetados. Y apreciados. Se sabe, por ejemplo, que un carguero sigue en esta tarea hasta que ya no puede con los Pasos. Entonces, su lugar queda en manos de un pariente. Además, las pesadas figuras están a cargo de familias tradicionales. Y hay réplicas a escala que los niños cargarán en las procesiones "Chiquitas", apenas termine ésta.

Popayán es ese tipo de sitios donde podría ambientarse una serie de época sin grandes cambios. Es además una ciudad pequeña. En el corazón histórico de la ciudad, además, casi todo está convertido en museo, oficinas institucionales y uno que otro bar o restaurante, más alojamientos. Apenas unas cuantas casas se mantienen habitacionales, porque después del terremoto la mayoría prefirió mudarse a la zona más moderna de Popayán.

De día, las actividades de Semana Santa se concentran en los templos (los Pasos y los cófrades se pueden ver más de cerca en las iglesias), y en algunos eventos especiales (generalmente esta conmemoración coincide con muestras florales, de artesanía y de la muy recomendable gastronomía local, además del Festival de Música Religiosa, que este año va del 1 al 7 de abril).

Fuera de eso, vale la pena echarle un vistazo al Teatro Municipal, caminar hasta el Puente del Humilladero, y apreciar las sobrias líneas del Museo Casa Mosquera, levantado a fines del siglo 18 y donde vivieron importantes personajes de la política colombiana.

Mientras camina, se puede enterar de que Popayán es diferente pasados estos feriados. Cuando vuelven los estudiantes. Hay aquí 25 mil universitarios en 16 universidades. Un respetable diez por ciento de la población, que ahora está de vacaciones. También se puede enterar uno de que el departamento del Cauca fue uno de los más afectados por la guerrilla. Una época en la que el viaje de dos horas a Cali era una perfecta aventura, donde bien se podía encontrar militares o subversivos. En este último caso, había que pagar un impreciso impuesto revolucionario que podía significar seguir el viaje a pie. La imagen es curiosa. Los propios popayanenses sienten esos días muy lejanos, y uno mismo no lo creería, hasta que se lo recuerdan.

Cuando es Viernes Santo, los cargueros visten de morado y llevan como escarapela una especie de corona. Todo recuerda por qué estamos aquí: de luto. El Cristo ha muerto. La marcha es especialmente respetuosa. Silenciosa.

La del sábado es más alegre y el domingo no hay.

Queda poco tiempo y todavía falta ascender al cerro Belén. Arriba se encuentra otra linda iglesia, y una mejor vista de la ciudad. También se puede encontrar raspados de hielo cubiertos de salsa de mora y guanábana, más leche condensada, para capear el calor. Una dulce despedida. En 50 minutos, volando, estamos en Bogotá.

Nuestro cronista gastronómico, Ruperto de Nola, de paso por estas tierras, escribió que era "una ciudad de las más bonitas que hemos conocido". Además, alabó la cocina local y, sobre todo, recomendó las empanaditas de pipián. No podemos estar más de acuerdo.