ERIKA
Lunes 22 de enero, 2007
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano se refiere en su articulo semanal a Erika,
un sueño idealizado ... de pocos ... de muchos o ¡de todos!

Cordialmente,

***

Erika
Por RODRIGO VALENCIA Q.
ESPECIAL PARA EL LIBERAL


Siempre admiro esa postal, casi con devoción; la utilizo como separador de páginas en el difícil trance que es penetrar la lectura de la ‘Crítica de la Razón Pura’, de Kant, y entonces es mi excusa diaria para volverla a contemplar.

‘Erika’, el cuadro de Georg Buchner, un impacto para el ojo y el espíritu; incluso para el oído, si uno oye sus voces delicadas, misteriosas, atrayentes desde el tiempo antiguo que vienen a nosotros.

Mi padre la admiraba mucho, y decía que estaba seguro de haber conocido a esa chica en una vida anterior, tal vez en la época del Renacimiento. Pero yo no creo en la reencarnación, y su sola presencia en esa estampa es suficiente para anular cualquier pasado que nos mira, en cambio, eternamente, a través de esos ojos ingenuos, puros y brumosos en medio de su misteriosidad.

¿Era alguna colegial, una chica de tantas que vio el mundo desde su flor de juventud? ¿Qué pensaba? ¿Qué decía? Esos labios rojos aún están cerrados, desafiando nuestras preguntas sin fin, y no se dignan contestar. Como los de la esfinge, pertenecen al silencio eterno; inventan cualquier mutismo ante su imposibilidad de comprender la vida entera. Pero, ¿quién puede comprender la vida entera? ¿El filósofo? ¿El sabio?¿El santo? ¿El profano que se desinhibe ante cualquier gravedad de la existencia?

¿Es quizás la hija del pintor? Lo desconozco, pero digo que sí; con su cabello esponjoso, su leve inclinación de rostro, su delicada tez y su sublime aura espiritual. El artista la ha retratado según el reiterado modelo del cuadro convencional; ha logrado una impecable atmósfera de claroscuro, con sus ocres cargados de densidad vespertina, en una efigie ‘verdadera’, aún sin saber nosotros si el parecido es acertado. Pero, ¿qué importancia tiene la verosimilitud de una semblanza que va mucho más allá del tiempo en que nació? Carecemos de la confianza que se arraiga en el detalle creíble y preferimos la voluntad de entrar en lo fantasioso, en lo impreciso, ese reino que pertenece al país de ‘nunca jamás’.

Quién sabe si habrá sido tímida, extraña a los goces de la adolescencia. En todo caso, el orgullo no aparece en esa pose, por demás natural, sin fingimiento, y también sin el atrevimiento de la mentira. Al contrario, nos contempla con sinceridad, nos quita toda autoridad para juzgarla. Enamoran su nariz precisa, su cándida expresión angélica, esa ternura que desarma cualquier agresividad.

A veces, Erika, pareces un ángel dispuesto a apaciguar cualquier pesadilla de Poe, cualquier mal sueño de mortales abrumados por el miedo, la insinceridad o lo aterrador de la existencia. Parece que nunca hubieras visto el peligro de las cosas; ni siquiera la manzana de Eva la veo en medio de tu frente; eres casi insondable entre las horas que han nacido para resistir el tiempo en que vivimos. Caminando por tu rostro veo un paisaje virgen; la mácula no ha intentado el arrepentimiento. Vives tal vez más allá de toda inquietud; el escozor de los adultos no ha marcado un drama en tus entrañas, y el llanto de tu niñez ha sido transportado hacia una serenidad que lo perdona todo: las penas, los desaires, el desamor, el egoísmo, incluso la miseria.

Erika: he visto tu retrato durante mucho tiempo; he sido maniático de tu trance silencioso, de tu voz que aún no ha dicho una palabra desde que te vi en ese lienzo que ni siquiera sé en qué museo está. Sólo sé que estás ahí; quieta, esperando, oyendo tal vez un cuento de Rubén Darío, un canto de Wagner o ‘La Bella Molinera’ de Shubert.

¡Hace tanto que existes, y todavía no sé quién eres, Erika!