UN BAUTIZO INOLVIDABLE
Lunes 2 de abril, 2007
De: Mario Pachajoa Burbano

Aixa Jiménez Santacruz nos cuenta las dificultades de su padre
en su bautizo. Nuestros agradecimientos para Aixa.

Cordialmente,

***

UN BAUTIZO INOLVIDABLE
Por: Aixa Jiménez Santacruz
Abril, 2007

Ahora que voy a ser abuela, y que veo a toda la familia y a los amigos más allegados, dando palpite sobre el nombre que “debe” llevar la criatura, - porque cada uno da por cierto que su elección es la definitiva-, recuerdo la historia mil veces contada por mi mayores, sobre mi bautizo.

Pasaba igual:  todo el mundo creó su propio listado de nombres. En aquellos tiempos, en mi pequeña Popayán, las familias eran mucho más cercanas que en la actualidad y, debido a eso, hasta los más pequeños acontecimientos al pasar de boca en boca, tomaban dimensiones botéricas. Si alguien debía ir al médico, era noticia que corría como agua. Si alguien cumplía años, el timbre no dejaba de sonar. Y si alguien debía plata – eso casi nunca supe que pasara pues mi padre no lo permitía- todos querían aportar algo para ayudarle al primo a salir del paso. Y yo que pensé que la vida era así, en todas partes.

En fin, lo cierto es que durante los nueve meses de embarazo, mi madre escuchó y leyó muchos nombres. Mis tías que eran tan tercas, nunca pensaron que sus elecciones fueran a ser siquiera cuestionadas por nadie. Adoraban a mi madre y les daba un gusto enorme el oficio de protegerla, al punto que mi padre a veces se veía obligado a espantarlas, eso si, con exquisito disimulo, pues eran de una sensibilidad insoportable. Se cuenta que nunca le perdonaron a mi padre que durante nueve meses se estuviera riendo de ellas.

La única persona que no pronunciaba palabra, era precisamente quien tenía la última:  mi padre. Según convenio secreto con mi madre, si era niño, ella elegiría el nombre, pero si era una niña, se llamaría como él lo decidiera, y eso no tenía reversa, ni consideraciones de última hora; nada en absoluto. Según mi tía abuela, Paulina, la médica naturista maravillosa de mirada dulce e inteligente, mi padre ya había escogido mi nombre desde que estaba soltero. Así que lo que él hizo fue divertirse de lo lindo con la lluvia de propuestas.

Mi abuelo suplicó que no me fueran a bautizar con un nombre de aquellos bíblicos, y propuso uno muy bello: Diana. Era un profundo admirador de la actriz Diana Durbin, de la que había enmarcado una bella fotografía en blanco y negro, y la había colgado en una de las paredes del saloncito de estar. También pesó mucho el argumento de Diana, la mítica cazadora. Y el día de la pelotera, Don Higinio, casi se sale con la suya.

Mi nacimiento no fue nada fácil aquella madrugada de un siete de Enero. Mi madre tuvo algunas complicaciones. Yo venía hecha una enorme criatura, a causa de todos los alimentos con los que mis tías atiborraron a mi mamá, dizque para que yo fuera muy saludable siempre. Bueno, no se equivocaron, pero para el efecto parto, que se pasaron, se pasaron.

El Doctor Salas, una figura muy familiar y querida en casa de mis abuelos, dijo que, como cosa curiosa en Popayán no llovió, ni tronó, esa madrugada, y que por eso la palmada que me dio - creo que se cobró las tres trasnochadas que le ocasioné- produjo un berrido que se oyó clarito en todo el valle del Cacique Pubén. Y dicen que me quedé berreando hasta un día en que mi dulce madre no aguantó más y me quitó la gritería con otra palmada, en el mismo lugar donde el Doctor Salas me dio la primera. Pero ni crean que se me quitaron las ganas de gritar. Ni bien tengo la oportunidad, pego al cielo mi mejor do de pecho y grito mis descontentos, mis jarteras, mis asombros y mis alegrías. ¡Enseguida me siento al pelo!

Todas las personas que aparecen en esta narración fueron testigos de mi bautizo, a excepción claro está, del Cacique Pubén y Diana Durbin. Aunque esta última no es que haya estado tan alejada del conflicto, pues como les dije antes, una foto suya colgaba muy cerca al Jardín de los Geranios, en donde mis tías habían arreglado con mucha pulcritud – y costo-, el buffet.

Mi bautizo debía llevarse a cabo un Domingo, a las once en punto de una mañana soleada, en la Iglesia de San Francisco. Oficiaría los actos el Arzobispo de aquella época, llamado Diego María Gómez, que era un señor algo senil, barrigón, de gafitas, muy amigo de la familia. Y como era con arzobispo a bordo, y un domingo a las once – la hora melón, como decía mi mamá-, pues mis tías invitaron y reinvitaron a mucha gente.

Dicen que mi vestido era un primor, que la gorda – yo, claro-, no puso problemas, y que se aguantó todo con una calma extraña. Mis padrinos, una pareja de ricos insulsos que a duras penas conocí y nunca visité, me tenían cargada. Y luego, cuando llegó el arrebate, con mucho gusto me descargaron.

La señora tenía un sombrerito con pluma y el señor, un traje con chaleco y leontina. Los mocosos de mis primos estaban de mirones en primera fila, y se patearon el show con los ojos y las bocas abiertas, todo el tiempo. Mi madre dizque se mordía un labio de los nervios, pues ya sabía lo que se podía venir encima. Mi padre se había parado como un guardia inglés al pie de mi madrina. El resto de los invitados juraba y babeaba que el bautizo terminaría normalmente en dos minutos, y luego, todos desfilarían a casa de mis abuelos a degustar tremendo buffet, amenizado con música de cuerda y mucho bambuco y guabinas y pasillos, como le gustaba a mis abuelos que se amenizaran todas la ceremonias familiares. Porque, ¡a cosa bruta, carajo!, lo colombianistas que somos los patojos.

A la vida se le cuela el diablo en el momento menos pensado, ¡qué vaina! De pronto el arzobispo, ya con las manos en la pila, se volvió hacía una de mis tías y le susurró que, “¿Cómo es que se va a llamar la niña?”. Mi tía le repitió el nombre que ella había escogido, y fue ahí que mi papá saltó como un tigre, “¡Aixa, señor, se llamará Aixa!”. “¡¿Aisa?!”. Yo nunca he oído ese nombre”. “Eso no importa, le dijo mi padre, bautícela así. Y pronúncielo con equis”. Algunos años después, papá me explicó que era imposible en ese momento entrar a explicarle al señor, por qué tenía que pronunciarlo exactamente con equis, y mucho menos entrar en la cátedra de historia de los ocho siglos de los moros en España y derivar en quien había sido “Aixa”.

- Pero ese nombre no es bíblico. –dijo el arzobispo.

- Ah, eso no importa- le retrucó papá-, es así como mi hija se llama y se llamará siempre.

- No, pero cómo es que ustedes no le escogieron a la niña un nombre bíblico, habiendo tantos- el señor de fucsia y encajes se ponía terco-. O uno del santoral. ¿Cómo la voy a bautizar con un nombre tan raro, que yo nunca he escuchado?

- Pues si – intervino mi abuelo colocando sus pulgares debajo del chaleco-, sería mejor llamarla, Diana. Es el que me ha parecido más bonito, pero es que en este aspecto no hemos podido ponernos de acuerdo.

- Si, Diana es un bonito nombre, podría ser –admitió el arzobispo-. Y le podríamos hasta agregar- exclamó con los ojos ovalados, como quien hace un hallazgo faraónico -, el “Elsa” que dice Pedro (Pedro era mi padre).

Y mi padre, que era más hincha de Jesús, el Nazareo, que de Pablo de Tarso, se congestionó, no dijo más nada y le arrebató su hija a la señora del sombrerito de pluma. Tomó a mi madre de una mano, mientras que debajo del brazo izquierdo (él era zurdo), tomaba fuertemente a su gorda y salía de la iglesia a toda prisa, haciendo chirriar en el mosaico los tacones de sus zapatos. Parecía que iba furioso, ¿verdad? En esto de defender lo suyo, mi padre era inflexible; como cuando se alistó en el ejército para ir a decirles a unos cuantos peruanitos, que se estaban saltando la cerca y que se devolvían, o se devolvían. !

Lo cierto es que aquel domingo inolvidable, no paró hasta llegar a la pequeña casa donde vivíamos y donde nací, frente al Parque de los 21 Mártires, en San Camilo. Entramos - Elena, mi nana, también alcanzó a pasar-, y cerró la puerta con llave. Luego puso a su hija en la cuna, acercó la mecedora de mamá, se sentó allí y se puso a “leer” el periódico.

Minutos después comenzó la algarabía. Mis tías, tíos, primos y algunos invitados de confianza, se pegaron de la puerta y las ventanas intentando disuadirlo de su actitud. Hasta mi abuela, con quien mantenía una grata complicidad en muchos aspectos domésticos, se acercó a la puerta para rogarle que dejara bautizar a la niña sin problemas, y que se acordara que los tamales eran para el almuerzo y ya estaban calientitos en las bandejas.

El continuó mudo. Ni falta hacía que hablara. Mi madre salió a la ventana de la sala y les dijo que mientras el Arzobispo insistiera en no bautizarme con el nombre que él había escogido, por lo menos con arzobispo no habría bautizo. Entonces, la delegación corrió de nuevo donde el arzobispo que ya estaba sentado a la mesa esperando que le sirvieran sus tamales, pero él se ranchó, y repitió que no. Qué ese nombre, jamás. Entonces mi mamá dio la orden de dejar el buffet quieto.

De mi casa a la de mis abuelos había una cuadra de distancia, y ese fue el trayecto que según cuentan se recorrieron varias veces en la tarde de ese domingo, mis queridos familiares de aquella época, llevando y trayendo recados. En esos tiempos no había teléfonos familiares, ni celulares, en Popayán.

Mi papá, ¡jump!, seguía impasible. Muy en su lugar, habría sido más fácil hacer que el río Cauca atravesara el Parque de Caldas, que convencerlo de cambiarme el nombre.

Por fin, a eso de las cinco de la tarde, el Arzobispo pudo saber por boca de mi tía Paulina, que papá era un gran lector y que entre sus viejos libros estaba la historia de Piquillo Aliaga. Que mi papá adoraba una frase que Aixa le dijo un día a Piquillo al despedirse y que decía: “La luz de mis ojos alumbrará tu camino”. Y bueno, pues que con esa frase había conquistado a mi mamá, y que esa frase formaba parte de su más íntimo dialogo corazónico. Le contó también que Aixa fue una Reina, que fue la última princesa de la Dinastía Omeyá que habitó la Alambra, y que fue la madre de Boadil, etc., etc.

A las seis de la tarde el Arzobispo logró bautizarme, más no en la iglesia, sino en el Jardín de los Geranios de la casa de mis abuelos. Sin embargo, y esto también hay que contarlo, lo hizo previa amenaza de mi padre: “Si usted no pronuncia bien el nombre, no hay bautizo, y lo acuso al Vaticano”.

Entonces hubo ponqué, tamales, vino, bambucos y mucho baile. Tremendo rumbón y gran comilona, que mi papá disfrutó al máximo, con equis. Lo tenía calculado y se salió con la suya. Y a mi, ¡me encanta mi nombre!

FIN