GRAN GENERAL MOSQUERA.
De: Mario Pachajoa Burbano
29 de abril,2015
 mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

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LAS PASIONES DEL GENERAL MOSQUERA.
Por: Marco Valencia Calle.
 valenciacalle@yahoo.com
El Nuevo Liberal
28 de abril, 2015,
Popayán, Cauca, Colombia

 Un día del siglo XVI llegaron a Popayán, venidos de España, Cristóbal y Francisco Mosquera, y así, los más patojos de los patojos, como todos los foráneos que llegamos a esta ciudad de sueños y ensueños, construyeron su casa, se casaron y tuvieron hijos que se casaban entre primos para no perder ni el linaje ni la dote.

 De sus descendientes se cuenta, por ejemplo, que de los diez hijos de José María Mosquera y Figueroa con la señora María Manuela Arboleda, el único que no asistió a la universidad fue el general Tomás Cipriano de Mosquera, recordado por ser cuatro veces presidente de Colombia.

 -¡Qué tal que hubiera estudiado!-, solía decir vanidoso, para fastidiar a sus hermanos, cuando se tomaba sus vinos enfriados con hielo traídos a lomo de mula del volcán Puracé. Incluso un hermano del general, Joaquín Mosquera, también fue presidente de Colombia.

 Y un tío de ambos, había sido “casi rey” de España. Se trata de Joaquín de Mosquera y Figueroa, nacido en Popayán, y que como presidente de la tercera junta de regencia por mandato de las cortes en ausencia del Rey, firmó La Constitución de Cádiz, como si él fuera el mismísimo Rey de España.

 Del general Mosquera se sabe casi todo. Pero muchos se siguen preguntando por qué desafío a la iglesia católica con tanta ferocidad, al punto de obligar a los curas a recibir autorización civil para ejercer, promulgar “la desamortización de bienes de manos muertas” expropiándole bienes y conventos para convertirlos en escuelas públicas, y hasta expulsó a los jesuitas de Colombia.

Una de las versiones de esa bronca es que el general tenía un hermano llamado Manuel José, que llegó a ser arzobispo de Bogotá, y ya desde niño lo asfixiaba con su vocecita aflautada de cura leyéndole pasajes de Santo Tomás de Aquino sobre los pecados capitales, que son aquellas vicios del cuerpo que se desean con vehemencia, y por los cuales la gente es capaz de hacer cualquier cosa para satisfacerse. Y según San Gregorio Magno son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula y la pereza. Y para Manuel José, salvo la pereza, todos esos pecados vivían en el espíritu de Tomás Cipriano, joven enamorado y glotón, como cualquiera.

 Es más, cada que había un almuerzo familiar Manuel José, mirando comer a su hermano Tomás, de frente y en tonito desafiante, lo picaba declamándole proverbios como: “No estés con los bebedores de vino, ni con los comedores de carne; porque el bebedor y el comilón empobrecerán, y el sueño hará vestir vestidos rotos”.

 A lo que el general respondía con el sarcasmo de pedirles a las cocineras que para la próxima mataran dos cerdos, porque no había como la carne para alimentar el cuerpo de la gente que no traga entero palabrejas y refranes.

 Pero todo tiene un límite, y eso llegó cuando Manuel José en calidad de obispo fue hasta la guarnición de Puente Aranda a decirle a su hermano presidente Mosquera que su lujuria sexual ya era cosa sabida en toda la república, y que su matrimonio peligraba por andar con esa manada de vagamundas que tenía por amantes, y que hasta decían que tenía cinco hijos extramatrimoniales.

 ¡Allí fue Troya! en su furia, el general no solo dejó de hablarle a su hermano, sino que se volvió masón, reconoció a sus hijos y se propuso acabar con la iglesia católica atentando contra sus bienes; y claro, la iglesia lo excomulgó y los conservadores iniciaron una guerra de desprestigio, que ha durado hasta hoy.

 El chisme que corría por las calles de Cartagena, Mompox y Popayán, es que el general era un fornicador compulsivo, que cuando se casó con su prima hermana Mariana Arboleda, ya tenía un hijo extramatrimonial y que demoró en tener hijos por culpa de una enfermedad venérea del cual era portador. Que doña Mariana lo abandonó al descubrirle una amante llamada Susana Llamas con la cual le había sido infiel durante más de veinte años.

Que la iglesia al reprobar su separación, le envío carta recordándole que los matrimonios son hasta la muerte.

 Un día Susana quiso reclamar derechos, entonces el general, sin más, la dejó porque decía, perdió la gracia de la amante al querer convertirse en la dueña de la cantaleta y su nombre quedó perdido en las sábanas mojadas de la historia.

A los 74 años, el general volvió a casarse con su sobrina María Ignacia Arboleda, con quien tendría un hijo y vivieron felices, comiendo perdices con verduras con repollo al vino blanco, en la hacienda de Coconuco.

El viejo, antes de morir, dicen unos, y otros desmienten, que se confesó y comulgó, no sin antes saciar su gula vitalicia, comiendo amasijos de choclo, gelatinas de pata, carantanta, liberales, luladas, majarillo y emparedados de pambazo con cuajada.

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