POPAYÁN SIGLO XX
EL LEGADO ARTÍSICO DE POPAYÁN

Por: Santiago Sebastián
Biblioteca Luis Angel Arango
Distribuído por Mario Pachajoa Burbano
Red Payanesa.
8 abril.2015
       

Popayán pertenece a esa serie, muy reducida, de ciudades con personalidad propia, inconfundible. Recostada en los Andes, vive de espaldas al presente, ensimismada en la contemplación de su glorioso pasado. El viajero, acostumbrado a las ciudades en serie, gusta de encontrarse con esta ciudad melancólica, que ha sumergido su alma colonial en un profundísimo baño de silencio, como dijo Iriarte. En la ubicación de la ciudad, la naturaleza fue pródiga en hermosos y extraordinarios dones. Esta mezcla de lo grande y de lo bello -escribió Humboldt-, estos contrastes tan variados que la mano del Todopoderoso ha sabido colocar en la más perfecta armonía, llenan el alma de las más grandes e interesantes imágenes". 
 
Belalcázar, aquel capitán con fortuna, fundador de ciudades, después de crear a Cali en 1536, volvió hacia el sur, y deleitado por la belleza del valle de Pubén, decidió establecer aquí la sede de su gobierno. Primeramente se afincó en unas casas pajizas, hacia la parte de Tulcán, formando un pequeño fuerte para defenderse de los interrumpidos ataques de los indios. Conseguida la pacificación, trazó la nueva ciudad, según el esquema hipodámico. Los cronistas no están de acuerdo sobre la fecha fundacional, mas recientemente la ha expresado claramente don José María Arboleda: Belalcázar declaró fundada la ciudad en 13 de enero de 1537.

Para dar una mejor idea de la génesis y evocación de la ciudad, voy a transcribir las sugestivas palabras de Vergara y Vergara, escritas a mediados del siglo pasado (guardamos la ortografía original):

"Popayán reunió pronto en su seno un centenar de hidalgos que tenían pergaminos en España i minas de oro en Barbacoas i en el Chocó, es decir, que habían visto i tocado la tierra de promisión que Balboa entrevió, Pizarro orilló i Robledo soñó.

      El alto y bajo Chocó está cuajado de oro, es cierto; pero la lucha del hombre en este suelo es de tal naturaleza, que hace avergonzar a los titanes por sus mezquinas empresas. El temperamento es una fiebre de cien pulsaciones; en su suelo cenagoso se enredan las culebras como las raíces del césped en nuestras plácidas praderas del Funza. El oro atrae los rayos del cielo, i la carne del hombre al tigre de las espesas selvas o la certera flecha del indio darién, que disputa a los guacamayos su habitación en los árboles.

 Los ríos despeñados i clamorosos pasan por angustiadas estrechuras, donde la salvaje canoa naufraga más aprisa, mientras más cargada baje con el oro, la plata, la platina, el cinabrio. No hay un palmo de tierra donde no se encuentre oro; en cambio, no hai un palmo donde pueda crecer el trigo, amigo de los hombres, i donde no se pise la ignorada sepultura de un conquistador, de un aventurero o de algún aborigen. La muerte y la riqueza duermen juntas [...]

Los conquistadores cruzaron ese suelo i descubrieron sus minas; con el primer oro que sacaron compraron negros; con los primeros negros sacaron millones; i con los primeros millones hicieron casas suntuosas i llenaron de lujo i gloria a Popayán
 
     Popayán, que no exporta nada, y que no consume sino unas pocas cargas de  arroz del Patía, de cacao de Neiva, de anís de Pasto, de maíz de Quilichao i unos  centenares de reses del Cauca; Popayán no se explica como ciudad sino como quinta o villa italiana, o sitio real. Fue puesta adrede en un lugar donde se pudiera retirar de ella la antipática ajitación del comercio; pero sus ricos fundadores no buscaban ajitaciones sino dulzuras.

 Su clima... sabéis cuál es su clima. El sabio Caldas tomó la tarea de fijar las alturas, latitudes i climas de todos los lugares del Virreinato, i a cada uno le Puso su 35° o 15 m, o su 24°; y al llegar a Popayán, él, el inventor de un nuevo ipsómetro, no encontró cifra ninguna que diese idea de aquel clima, patria de las rosas, i apuntó, en vez de un número una frase, "Parece, dijo, un clima inventado por los poetas". He aquí la altura de Popayán". 

*Fragmentos del libro Guía artística de Popayán colonial. Producciones Latinoamericanas Ltda., 1964, págs. 11-37

Para un mejor entendimiento, vamos a hacer una serie de precisiones sobre la brillante página de Vergara y Vergara. Las riquezas artísticas que atesora la ciudad son el mejor corolario de su floreciente pasado económico. La gobernación de Popayán, creada en 1540, comprendía las jurisdicciones de Popayán, Neiva, Cali, Timaná y todas las tierras conquistadas por Belalcázar y sus tenientes, con excepción del territorio de Quito.

 Su primitiva extensión fue de más de 30.000 leguas cuadradas. A causa de la guerra sin cuartel que desencadenó la terrible tribu de los pijaos, el desarrollo económico sólo llegó a realizarse en la segunda mitad del siglo XVII y en la primera del XVIII ; cuando fueron derrotados los agresivos indios, se hicieron posibles las comunicaciones y la explotación de los recursos naturales de la extensa comarca.

Los señores de Popayán, movidos por la riqueza aurífera, introdujeron varios miles de esclavos para el laboreo de las minas, llegando a ser esta empresa la principal de las gentes payanesas, con lo que lograron una preponderancia en el mundo colonial.

El punto álgido del desarrollo económico se registra a fines del siglo XVII, cuando las viejas explotaciones de La Plata, Mariquita y Pamplona fueron abandonadas por su pobreza, centrándose la atención sobre el occidente de la Nueva Granada. Aquellos empresarios payaneses unieron a su prestigio económico una destacada posición política y social.

 El presidente de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada escribía en 1727 que "el oro que se saca del Chocó es parte de los dueños de minas, que todos son vecinos de Popayán. 

 Más de 30.000 pesos de oro fino se extraían al año en Almaguer. El quinto que pagó la provincia de Popayán al rey, en 1778, alcanzó la suma de 18.070 castellanos. La liberación de los esclavos dio al traste con esta economía tan lucrativa.

[...] Del occidente neogranadino dos centros. Santa Fe de Antioquia y Popayán, residencia de los empresarios de tan lucrativa actividad, nos han legado una riqueza artística verdaderamente sorprendente.

"Gracias a esta solvencia económica y social ha escrito Duque, los vecinos de la provincia de Popayán alcanzaron gran influencia política en la última etapa del período colonial. Floreció en la ciudad una clase elevada que tenía estrechos vínculos de sangre con familias distinguidas de la península y que estaba bien informada de la vida política y cultural del mundo español en ese entonces.

Esta sociedad colonial estructuró un corpus de pautas culturales afianzadas sobre esta realidad económico-social, las cuales se fueron transmitiendo casi intactas a través de las varias generaciones que se sucedieron, y llegaron¡ vigorosas hasta las primeras épocas de la República". 

El legado arquitectónico payanes no es muy antiguo, ya que ha sido castigado duramente por los movimientos sísmicos. El entusiasmo de los payaneses ha luchado denodadamente para que la ciudad conserve el prestigio histórico de las formas coloniales, de tal manera que es casi la única ciudad que nos muestra el casco urbano más acorde con el pasado; los modernismos faltos de carácter no han hecho los estragos que vemos por otras partes.

Por la violencia sísmica la estampa colonial de Popayán es completamente barroca y neoclásica, al menos en sus edificios cardinales; solamente la Ermita quedó en pie después del terremoto de 1736. El primer sismo de que se tiene noticia ocurrió en 1566. Entre los terremotos de 1785 y de 1841 hubo más de cien movimientos; los más devastadores fueron los de 1817 y el que vino una década más tarde. El más fuerte de los sucedidos últimamente data de 1885.

[...] Durante la segunda mitad del siglo XVIII la Ilustración empezó a notarse y la cultura barroca, de inspiración hispánica, con espíritu criollo, entró en decadencia. La nueva generación ilustrada superó los intereses puramente estéticos del barroco, abriéndose al pensamiento científico y político.

 Los últimos años del siglo XVIII son de gran auge cultural, las nuevas ideas interesaron a varios círculos sociales, así que no sólo en Santafé, en Popayán también surgió un gran foco espiritual, creado por Félix de Restrepo, discípulo de Mutis y de Moreno, en el que se formaron Zea, Caldas, etc.

Aquí nos limitamos a la consideración de los valores puramente artísticos, y en consecuencia afirmamos que la nueva tendencia neoclásica encontró en la austeridad y mesura neogranadinas un terreno apropiado. En Popayán, el punto de partida de la tendencia neoclásica lo señala el obispo Velarde, que, en 1788, recibió el encargo de reconstruir la catedral, y para ello pidió planos a la Academia de San Fernando. Luego, Marcelino Arroyo, sacerdote payanés, parece haber dado ese aire de prestancia que tienen muchas casas patricias de la ciudad. El frío neoclasicismo no aplastó completamente el carácter criollo, que pervivió en el uso ininterrumpido de su material peculiar: el ladrillo.
                  
El panorama urbano dieciochesco, que aún vemos hoy, nos lo reflejan perfectamente Ulloa y Jorge Juan en su Relación: "La ciudad de Popayán... ocupa parte de un espacioso llano, que se extiende por el Norte a larga distancia, dejando entera libertad a la vista, para que sin estorbo goce el recreo que pueda apetecer en la amena diversión de aquellas campiñas.

 En la parte del oriente de la población le hace compañía un cerro, que llaman de la Eme, porque la figura que forma es semejante a esta letra, y su altura mediana, siendo de mucha diversión y recreo la frondosidad con que se adorna; a la parte del occidente tiene en correspondencia algunas pequeñas eminencias que muy distantes de modificar la vista, comprimiéndola, le sirven de mayor distracción ofreciéndole con la desigualdad, más recreable perspectiva que la que podía lograr en un objeto uniforme.

 La capacidad de la ciudad es mediana; sus calles anchas, tiradas a cordel y llanas... las casas tienen las paredes de adobes, como las de Quito, imitando a éstas en la disposición y orden de los repartimientos; la mayor parte con un alto, pero otras solamente bajas; en lo exterior se apercibe la extensión que gozan sus interiores oficinas y piezas; y en lo que por fuera demuestra la vista, se deja inferir el primor que encierran en sus adornos, los cuales son tanto más estimables allí cuanto más raros, más costosos y más difícil el transporte de Europa".

 Los ilustres viajeros dieciochescos supieron sintetizar una visión urbana que todavía tiene validez. En la toponimia callejera de aquella época, además de los nombres de las calles designados por los templos, hay otros tan raros como La Pamba, Pandiguando, El Cacho, El Chirimoyo, Marcoscampo, El Mascarón, etc.

La pintura y la escultura apenas tuvieron vida autónoma, así que la mayor parte de lo existente es "arte de aluvión", procedente en gran parte del emporio quiteño y de Europa. A Popayán no solamente llegaron cuadros quiteños en gran cantidad sino que algunos artistas de Quito se establecieron más o menos temporalmente en la ciudad.

Varias tendencias de la pintura quiteña están representadas, y casi todos los lienzos corresponden al último cuarto del siglo XVIII. No ignoramos la presencia de una escuela local, formada por artistas payaneses que trabajaron en la Expedición Botánica, pero su obra nos es desconocida.

 Manuel José Xironza fue llamado por Mutis "el Maestro de Popayán", que estuvo trabajando durante cuatro años en la Expedición (1791-1796); quizá tenga alguna relación con los legos franciscanos fray Joaquín y fray Lorenzo Gironza, hábiles carpinteros payaneses que profesaron en 1779 y 1774 respectivamente. Nicolás José Tolosa estuvo  en la Expedición de 1795 a 1799; José Antonio Zambrano, de 1796 a 1798; el pintor Valencia desertó al año de pertenecer a la Expedición (1796-1797); y, finalmente, Félix Tello intervino de 1792 a 1799; quizá estuviera emparentado con Pedro Tello, artista quiteño.

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