LAS MAESTRAS
  De:  Mario Pachajoa Burbano
 2  de mayo,  2015
 mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

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   LAS MAESTRAS
Por:  Gloria Cepeda Vargas
cepedagloria@hotmail.es
El Nuevo Liberal.
2 de mayo, 2015.
Popayán, Caauca, Colombia.

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Como tributo a los buenos sucesos de mi vida, dedico esta columna a los educadores colombianos que hoy reclaman lo que la sociedad y el gobierno les deben. Esta evocación va de la mano de las melcochas y los trozos de coco que comprábamos en la vieja galería del centro, mientras mi reloj cronológico marcaba las diez de la mañana.

Las primeras maestras me requieren desde una mesa, mitad solemnidad y mitad niebla. Tenía cuatro años y medio y a diferencia de los demás niños de mi edad, mi madre, por “insufrible”, decidió confinarme en la escuela para párvulos de doña Estercita Patarroyo. Ahí aprendí a leer y a escribir con palabras unidas en un chorizo interminable. No lograba separarlas y por ese motivo más de una vez la paciente Estercita me castigó negándome la subida al “mirador”, un pequeño habitáculo asomado a las calles estrechas de la Armenia de entonces.

Años después en Buenaventura, encontraría a la más joven de mis tres primeras maestras: la porteña Angelita Barberán. Angelita era una mezcla de pimpollo y vara magnética, con falda a media pierna y una blusa naranja que a pesar del tiempo transcurrido, no ha perdido el color. Mi lugar en el aula estaba frente a una ventana abierta a la algazara del mar. Creo que a eso debo en gran medida esta terminología nostálgica y la necesidad de buscar lo que no se me ha perdido.

 Mientras la maestra trataba de atrapar la atención de treinta o más chicos desvirolados, yo miraba extasiada hacia el lugar donde cruzaban las canoas llenas de plátanos y chontaduros. Un negro brillante y pensativo, remaba sin afán. Ahí vi por primera vez una bandada de peces voladores suspendida entre el agua y el cielo y aprendí que las olas se retiran dejando al descubierto tesoros ignorados. Esa ventana humilde fue mi maestra-cómplice en un aprendizaje interminable, y como no atendía a las enseñanzas que se impartían del lado de acá, Angelita Barberán tuvo que cambiarme de puesto.

Fueron días de pureza absoluta, puerta de entrada para una maestra fuera de serie. Sor Dolores Restrepo se llamaba; llegó a mi vida en el segundo año de secundaria en el antiguo colegio de las salesianas. Su menuda estatura y sus mejillas de cera me infundían piedad. De ella aprendí que “La gramática es el arte de hablar y escribir correctamente”. “No se dice: habían muchas frutas, se dice había muchas frutas. El verbo haber no se pluraliza en este caso ¡Atención niñas! NO SE PLURALIZA… ¿entendieron?” y un sonoro palmetazo cerraba la audición en la tarde a medio escribir de mis trece años.

Sor Lola, como la llamábamos en privado, fue mi maestra estrella. A ella debo la identificación de los tiempos compuestos y el respeto casi reverencial por el gerundio. Entre las clases de ortografía y las sesiones de composición, cruza su ángel tan pequeño y tan grande, tan ascético y sabio, tan lleno de campanarios en pretérito y de lirios conjugados como un verbo regular.

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