POPAYÁN DE ANTAÑO
De:  Mario Pachajoa Burbano
25 de enero, 2015
 mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

Jesús Astaíza Mosquera escribe en La Nigüa, una descripción de las costumbres del Popayán de antaño.

Cordialmente,

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LAS PROCESIONES
Por: Jesús Astaíza Mosquera
La Nigüa
9 de abril de 2014
Popayán. Cauca. Colombia

No sé porqué las procesiones me retornan a la infancia, mis padres e  inexorablemente  a los abuelos, los tatarabuelos y toda la cadena herencial  que desde 1556, iniciaron el camino de las procesiones cuando con  cuatro pasos  apenas,  asomaron por las calles empedradas ante la mirada maliciosa de los indios que desde las lomas se cogían las quijadas observando  cómo algunos  españoles  azotaban sus espaldas en medio de las filas que formaban las familias y sus sirvientes, en los nocturnos recorridos bajo el despliegue de luces de una  luna llena que se mecía deslumbrante en  columpio del cielo.

Las procesiones eran palabras mágicas que se adentraron en el alma de la ciudad como las niguas, las empanadas, los tamales y las colaciones. Recién pasaba la nochebuena  mi madre, -creyente a morir-,  nos cantaleteaba: ya pasaron las navidades…hicieron y deshicieron, ahora  las trasnochadas y amanecidas,  no son con la novena y la misa  de gallo sino con la Cuaresma y las Procesiones. Viene la época de la reconciliación y el perdón, por lo tanto deben prepararse  para volver a Dios y confesar sus pecados. El próximo miércoles madruguen  a ponerse la ceniza, que los   librará de los peligros y de  las mujeres malas de allá abajo. Cuáles, cuáles, murmuraba despacito un primo que había llegado de Cali.   

En la carrera octava con octava vivía el padre Mejía y mi padre, hombre recto, le recomendaba  aconsejarnos  cuando con mis  hermanos  nos  confesáramos, pues ya habíamos alargado  pantalón y un escaso  bigotico prendía  escaramuzas en el labio superior. Nosotros para evitar que el padre le hiciera algún comentario a nuestro papá, con el fin comulgar íbamos donde el padre Andrade o el padre Navia, que al menos no lo regañaban delante de los feligreses en la fila. Claro que en aquella época los pecados no  pasaban de una chuleta corrida, una mentira a lo político, un coscorrón al hermano menor o la metida del dedo al mate de manjarblanco.

Pasadito enero,  las mamás comenzaban a comprar las telas de seda o lino donde Mettler, los Dayán, el señor Ñañes, Ángel Mejía, para llevarlas con  tiempo a la modista que había de tomar las medidas, probar y coser, -ahora se dice confeccionar-, los trajes de mis hermanas o los pantalones donde el señor Bustamante, Lasso, y los zapatos de charol donde los Sarzosa o los Yanza.

Cerca a San Vicente vivían los Murillo y frente a San Camilo los Mosquera, que  organizaban pequeñas procesiones con  pasos armados en cajas de jabón Varela, donde acomodaban pequeñas imágenes de cartón y algunas verdaderas  réplicas de las figuras religiosas, que en cierta forma  inculcaban  en los niños el amor por tan bello rito católico y en los padres y acompañantes la solidaridad en estos pequeños eventos en el que sobresalían el  civismo y respeto, por cuanto no se necesitaba de autoridades policiales. Todo nacía del corazón y de allí la cultura de un pueblo.

Entonces, desde niños las procesiones se convertían en la expresión más auténtica  de religiosidad popular, en una clara demostración de estética, buen gusto, camaradería, sin ningún tipo de discriminación, en la cual se participaba con un vivo sentimiento, que ha logrado  mantenerse hasta nuestros días.

En la medida que se acercaba la Semana Santa la ciudad adquiría otro ambiente. Cada quien se preparaba con sus oficios y actividades, de acuerdo con su visión. Los vendedores de maní tostao, salao o turrao se lo compraban a  las Gatas, a  don Tulio Guevara, a la pastusita María o a la inolvidable Cooperativa de Artesanos y Agricultores del Cauca.    

La  galería se  aprovisionaba de pescado salado,  una verdadera delicia al comerlo crudo. Era el suchi de ahora. La familia Laos, frente a San Vicente, mi tía Clemencia, las Montillas, empezaban los preparativos para que nada les fallara en la  fritada  de  las empanadas ni en la cocida de los tamales. Donde el Ronco en la sexta, Felisa en los Dos Brazos y la Bruja en los Hoyos, se atiborraban de  helecho para azar los  cerdos, pues durante esa semana no había patojo que dejara de comer frito con chupada de dedo, así estuviera prohibida la  carne.

Baudilia de antemano contrataba la bajada en costales de cabuya del hielo del volcán Puracé,  para granizar el salpicón tan recordado hoy  y en el Callejón se aprontaba el anís para sacar el aguardiente chiquito, cuyo sabor era envidiable así como la “juma”.Las panaderías de los Carrillo, Bonilla, López, Castillo, hacían maravillas con el pan: molletes, pambazos de dulce o de sal con mantequita de cerdo, roscones, cucas, que válgame Dios.

La policía con su banda de músicos empezaba entrenar por las calles cercanas a San Francisco  y era el mejor momento de confesarse con el padre Quintana, pues como no escuchaba bien los pecados  daba la absolución rapidito sin penitencia. Era otra clase de viveza, pero ahora,  como dice doña Josefinita: ya es de más.

Las campesinas empezaban a llegar con sus canastos llenos de granadillas de quijo cuya sabrosura traspasa los límites patrios, pues visitante que probó tan delicioso manjar, me refiero a las  granadillas, no las olvida jamás. En los patios y zaguanes empezaban a aparecer en hermosos jarrones,  toritos florecidos de todos los amarillos habidos y por haber,  derramando un perfume inolvidable.

En las casas de todas las condiciones sociales se empezaban a recoger los hijos en las piezas y en camas generales para que los familiares y visitantes tuviesen  acomodo. Si alguna cama se quebraba por el peso, como no había forma de “alcayatearla” se quedaban durmiendo en el piso, mientras pasaba la Semana Santa. Lo difícil era dormir pues la conversadera duraba prácticamente hasta el amanecer. Todo lo que pasaba en un año se contaba en siete días y eso que quedaba faltando,  para las Procesiones Chiquitas.

Por las calles del centro empezaban a pasar pasos, canino de las iglesias, pues algunos se guardaban en casas particulares y otros en capillas o iglesias diferentes. Los albañiles alistaban la cabuya de sus hisopos con que pintaban las paredes, no las del Cacho, ajustaban las escaleras de guadua y ahora sí a preparar la cal con limón para que no se perdiera la blanqueada con la  recostada de algún parroquiano y no llegaran las  huelgas de los estudiantes o de los profesores cuya presencia cultural quedaba impresa en los muros  con mensajes de mala leche.

Llegado el domingo de Ramos, Adelaida, la muchacha del servicio, -estoy hablando de esa época-, feliz decía en la casa: desde mañana los acompaño a las “procisiones”, palabra que nunca pudo corregir no obstante las recomendaciones de mi padre. El día que se perdió por fortuna se metió a San Agustín, donde estaban desmontando los pasos. Cuando los cargueros salieron antecito de la misa de siete, mi mamá que le estaba pidiendo el milagrito a la Dolorosa, -pues la muchacha era hija de la comadre-, y por ende recomendada, se la encontró de sopetón y desde ese día mi mamá quedó sufriendo  de la clavícula por el abrazo que se dieron.

Como el terremoto no había sucedido los únicos vendedores ambulantes eran los de maní   y confites, que casi siempre recorrían las procesiones antes de los barrenderos. Pasaban grupos de personas buscando sitio.  Las calles y balcones no daban abasto, por la enorme asistencia de creyentes, cuyo silencio, recogimiento y respeto eran la nota común.. Las casas  quedaban solas y los ladrones  conocidos eran tan católicos que por esos días se abstenían de robar. Por suerte  era abstinencia en todo sentido. Las mujeres de la vida fácil, silenciosa o licenciosa, los jueves y viernes guardaban sumo recato y los pecadores de todos los partidos no hacían sino darse golpes de pecho.

La visita de los monumentos el jueves, era de una sobrecogedora mística. Tanto mujeres como hombres se ponían las mejores prendas, casi siempre de colores oscuros. Los rezos se escuchaban en las iglesias con una solemnidad y creencia inenarrables. La ciudad era un hervidero peatonal y los pocos carros y bicicletas andaban a paso semanasantero sin velocidad  ni estridencias.

El Club de Jardinería, integrado por respetables damas, organizaba sus exposiciones con una creatividad, estética, delicadeza y orden que marcaron toda una época en la historia de Popayán. Lástima grande que interrumpieron su trabajo, aunque ahora continúan como amigas jardineras. Con otra concepción, aparece  la hermosa exposición de orquídeas que en cierta forma suple el evento anterior.

Lo cierto de todo, es que muchas cosas se fueron, como las grandes familias que le daban el toque aristocrático a la ciudad. Nos obnubilamos por cambiar tanto que dejamos de lado el enorme valor cualitativo que poseíamos. Empezamos a dudar y creer en lo nuestro. Perdimos la confianza en nuestras capacidades. Casi se puede decir que perdimos el orgullo y la fe por nuestros mayores y la ciudad, que con tanto esfuerzo lograron construir.

Aparecieron los inventores, los renovadores, los de las ideas novedosas,  y algunos extraños a la localía que veían la ciudad como un pueblo muerto y  empezó a tomar fuerza la idea progresista, el rápido crecimiento  económico y floreció la construcción con  pasos agigantados sin planeación alguna, al soplar del viento,  con ello se modificaron los frentes de lindas casonas coloniales, sus puertas, ventanas y balcones, el atrio de reconocida iglesia,  resonaron a montones los vehículos. Pasamos en un dos por tres del parsimonioso andar por el centro histórico a la rapidez, brincando de aquí para allá y lo que pretendíamos conseguir lo hemos conseguido al reves: el caos. Tome pa’que chupe, diría mi mamá Ana Julia. Eso era lo que queríamos. De nada valen las quejas ni las lamentaciones. Más de uno tenemos la culpa. Rasgarse las vestiduras es mostrar más la matadura.

No se interpretó lo que era Popayán. La sinfonía que estaba prácticamente terminada, quedó  inconclusa. Faltó lectura de su misión porque Popayán era vendedora de servicios, su vocación era la academia, el conocimiento, la cultura, el turismo. Nos pusimos a despotricar de lo que mejor hacíamos y teníamos  y se nos fue la  brújula. Hay progreso, no se puede negar, pero las cosas no valen tanto por su valor material sino por el espíritu que las guarda y el valor moral que las orienta. Hemos progresado pero hemos bajado en calidad y calidez. Nos olvidamos de humanizar la ciudad y en vez de ganar hemos perdido. Popayán se nos creció. Si no cogemos el timonel perdemos todos. No le pongamos tanta zancadilla a las Procesiones.

Desterremos esa palabra que está haciendo eco entre algunos ciudadanos de que Popayán no es únicamente Semana Santa y con la cual se pretende menospreciar su inconmensurable  valor ganado en tantos años de lucha y sacrificio. Popayán si es SEMANA SANTA Y PROCESIONES, y es gastronomía; es cultura y es deporte; es conocimiento y es turismo. Si no fuera por ella, posiblemente muchas cosas no existirían. No hablemos más de colonias y foráneos, ni embelecos  multiculturales. Si los que llegaron ya se arraigaron en Popayán son parte de la ciudad  en un proceso intercultural y  sobre todo  de pertenencia y  esa pertenencia conlleva al  afecto y la querencia.        

Popayán no puede perder su esencia. No perdamos el alma.


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