JUAN ANTONIO DE VELASCO
De:  Mario Pachajoa Burbano
Sábado 11 de octubre, 2014.
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Amigos:

Juan Antonio de Velasco, dedicó su vida a la Independencia, a la música y a honrar la Virgen de los Dolores. Como recompensa por sus notables servicios en las luchas independencistas obtuvo la medalla de oro del Libertador.  El inigualable historiador, José María Codovez Moure (Popayán, mayo 12 de 1835 - Bogotá, julio 1 de 1918), en su libro Reminiscencias, relata asi esta historia:

Don Juan Antonio de Velasco, natural de Popayán, sentó plaza de soldado en las Milicias republicanas que al mando del general Nariño fueron derrotadas y hechas prisioneras en el Ejido de Pasto, en el año de 1814. Cayó prisionero, y por lo pronto lo condenaron a ser pasado por las armas; pero habiendo sabido el jefe español que el prisionero era músico, resolvió destinarlo al ejército realista, y al efecto lo envió amarrado hasta Quito, de donde lo empuntaron para el Perú en calidad de soldado raso.

 Apenas se le presentó coyuntura favorable, se incorporó en el ejército colombiano y se encontró, entre muchas otras, en las batallas de Junín y de Ayacucho. De esto sólo tuvo por recompensa la medalla de oro con el relieve del Libertador.

En medio del piélago de trabajos en que hallaba ese desdichado, ofreció a la Virgen hacerle todos los años, durante su vida, la novena y fiesta en la adbocación de los Dolores: tal fue el origen de una de las funciones religiosas que con más pompa se celebraban en Santafé.

Velasco era muy pobre y vivía con lo que le producía la profesión de músico. Con los ahorros de todo el año juntaba para hacerfrente a los gastos de la fiesta. Toda .persona que supiera cantar o tocar algún instrumento, lo convidada, y las flores del barrio de La Candelaria, iglesia donde cumplía el voto, se las llevaban por brazadas: tenía ornamentos y adornos para no molestar con préstamos, porque era hombre muy delicado. " .

A las siete de la mañana echaban a vue!o las campanas de la Iglesia y empezaba la novena con una obertura a grande orquesta: se cantaba en cada día una estrofa del Stabat Mater de Rossini; pero en el quinto, correspondía a Velasco la conocida con el nombre de Pro peccatis, para barítono, que era su voz.

El día de la fiesta trasformaba el templo, ayudado por las señoras y los excelentes religiosos del convento; la música que se ejecutaba era con mucho, superior a la que después se ha hecho oír en nuestros templos, porque se habría considerado como una verdadera profanación tocar, como se hace en Bogotá, trozos de música profana o derivada de la misma. con el nombre postizo de misas, himnos, etc., etc.

En aquellos tiempos tuvimos la fortuna de conocer, bien interpretada, la música religiosa que hizo inmortales a Pergoleso,' Mozart, Beethoven, Haydn, Rossini y muchos más. que en la actualidad yacen en olvido para verguenza nuestra.

Velasco usaba  toda la barba, la que le daba marcado aspecto de judío. Vestía durante el año chaqueta y pantalones de pana, sombrero de jipijapa con funda de hule amarillo, capa de paño de San Fernando, con cuello de piel de lobo, y corbata de color de canario; pero el día de la fiesta se presentaba acicalado y como renovado.

 Todo en él revelaba al militar veterano de nuestros tiempos heroicos. En la inisa solemne predicaba orador distinguido, y el arzobispo daba la bendición. A los músicos los festejaba,
después de la ceremonia, con un ambigú.

Andando los tiempos, Velasco empobreció más y más, y por último, le atacó la cruel enfermedad de que murió en el año de 1859

A pesar de su miseria, cumplió hasta el fin con su voto. Algunos días antes de la novena que debía celebrar en dicho año, fue su amigo don Manuel A. Cordobés a visitarlo, y al vedo le dijo, mostrándole la medalla del Libertador: «¡Vea usted todo mi haber! Creí que con ella me enterraran; pero las exigencias de Nuestra Señora de los Dolores me obligan a venderla para hacerle la última fiesta.

 Ahí les dejo mi zancarrón, que quieran o no tendrán que enterrar, so pena de que los apeste».

El quinto día de la novena, a las siete y media de la mañana, hora en que cantaba el Pro peccatis, dio el último suspiro. Los padres candelarias cumplieron, con el cadáver de Velasco, el precepto de enterrar a los muertos.

Tal fue el fin de uno de nuestros próceres de la independencia y del maestro que, el primero, difundió en Santafé el gusto por la música, enseñándola a toda una generación.

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