ESPANTOS Y FANTASMAS EN POPAYÁN.
De:  Mario Pachajoa Burbano
Martes 27 de mayo, 2014
mariopbe@gmail.com
Bitácora Patoja


  ESPANTOS Y FANTASMAS EN POPAYÁN
Por: Marco Antonio Valencia Calle
El Nuevo Liberal
08:10 am 27-mayo, 2014

El sector histórico de Popayán está plagado de espantos, espectros y fantasmas y son muchos los testimonios que tenemos. Los espantos son espíritus malignos de duendes, de muertos o de criaturas sobrenaturales que se pueden meter al cuerpo de las personas para apoderase de su alma; entonces al afectado se le pueden ir las ganas de vivir, sufrir insomnio o pesadillas acompañadas de fiebre y escalofrío; y si no se le trata a tiempo con limpias de hierbas rezadas por curandero o brujas de oficio, “el espantado” puede llegar hasta morir, casos se han visto.

Hasta mediados del siglo XX, la mayoría de pobladores de Popayán eran artesanos, artistas y comerciantes que construyeron su imaginario de ciudad en lo que hoy llamamos el sector histórico. Eran épocas donde los niños se enfermaban de mal de ojo, se creía que la lluvia del arco-iris enfermaba, y el remedio contra las verrugas consistía en caminar hacia atrás con granos de maíz que luego se echaban al río Molino. Incluso, se decía que en las guarapearías se fermentaba el jugo de caña enterrándolo en vasijas de barro con huesos de muerto para amarrar los clientes.

Eran tiempos sin energía eléctrica, de casas de bahareque y calles tapizadas en piedra o ladrillos donde saltaban las niguas. Tiempos donde los duendes, brujas, patasolas, viudas, monjes sin cabeza, judíos errantes y guandos, hacían parte del panorama; y para salir bien librado de esos encuentros que daban repelús y escalofrío, era necesario encomendarse a las Almas del Purgatorio, andar con escapulario, y visitar una iglesia con piedad y devoción.

Las leyendas que hay al respecto son muchas y hacen parte del tesoro inmaterial que nos legaron nuestros antepasados de forma oral. Se cuenta que la muerte de los que usaban brujería para el amor o los negocios era terrible: en sus horas finales vomitaban gusanos y murciélagos según el daño causado con sus maleficios al prójimo. Que el diablo se aparecía en forma de bebé abandonado a las entradas de la ciudad, y cuando algún jinete lo recogía, abría los ojos y le hablaba para terror del buen samaritano. Que en el cerro de las Tres Cruces, los viernes santos a las doce de la noche se ven fogatas con llamas de oro de La Luz Mala, un espanto que engaña a los ambiciosos que buscan guacas.

Popayán en sus épocas rurales fue paraje predilecto del Duende que amarraba crines de caballo, dada serenata a quinceañeras y se llevaba los niños embrujados a jugar con él, que después de varios días sus padres encontraban con un espanto entre pecho y espalda. En muchas casonas viejas, se han aparecido fantasmas para avisar de la existencia de guacas o entierros, de momias o embrujos. Y no falta quien ha salido corriendo al ver moverse a las estatuas del centro, escuchar los resuellos del Quijote al interior de la Torre del Reloj, y los que han visto el espectro de un grupo de señores de capa y sombrero en las afueras de la Casa Museo Valencia, que aparecen y desaparecen como si nada.

En el hospital San José, médicos y enfermeras han pasado a ser pacientes de siquiatría luego de encontrarse con el espanto de “la monja blanca” que deambula sobre la media noche por sus largos pasillos ofreciendo sus servicios a los más desvalidos y que luego se esfuma dejando una estela de consternación entre sus contertulios. En la casa de atrás de la iglesia San José, una inquilina quedó con problemas mentales cuando un fantasma la cogió del brazo y la llevó a descubrir una guaca que la dueña de la casa era incapaz encontrar. En la casona donde funciona la Junta Pro Semana Santa, muchos aseguran haber visto un ser extraño que aparece de la nada, cambia las cosas de lugar, se queda mirando con disgusto a la gente y luego se esfuma causando consternación mental en sus víctimas.

Pero con seguridad, la leyenda que tiene pensando a más de uno se refiere al espanto que hay en la calle del Mascaron, llamada así por las máscaras en los aldabones de bronce donde todavía hay casas de barro, puertas de madera y pesadas bisagras de hierro forjado. En una de esas casas vivía una pareja con su hija, que de tanto sentir la presencia de un ser sobrenatural contrataron a un médium para que les solucionara el problema. La presencia que resultó un ser maligno, pidió que cavaran en la mitad de la sala donde encontraron una guaca impresionante de joyas y lingotes de oro. Pero justo cuando le iban a echar mano, la presencia se materializó y le pidió al matrimonio el alama de su hija a cambio de la riqueza. La pareja no aceptó, vendió la casa y se fue de la ciudad abandonando el tesoro. Entonces, dicen que el espanto ese todavía sigue buscando quien le venda el alma de sus hijos al diablo… a cambio de la guaca más grande del universo. Y como esa guaca, hay 1547 entierros más, regados por la ciudad, pero todas tienen su precio.

*Escritor.
Nota: El texto hace parte del libro inédito LEYENDAS EXTRAORDINARIAS DE POPAYAN, de próxima publicación.

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