LAS MISTERIOSAS CUSTODIAS DE POPAYÁN.
De: Mario Pachajoa Burbano
Miércoles 14 de mayo, 2014
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

Amigos:

Marco Antonio  Valencia Calle, poeta, escritor, autor de varios libros, continúa ofreciendo apartes de la publicación de su próximo libro sobre nuevas y extraordinarias leyendas de Popayán .

Cordialmente,

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  LAS MISTERIOSAS CUSTODIAS DE POPAYÁN.
Por: Marco Antonio Valencia Calle
@valenciacalle
El Nuevo Liberal
08:02 am 13-mayo
Popayán, Cauca, Colombia,

 
¿Es verdad que El Dorado quedaba en Popayán?, ¿Por qué tanta gente viene a confesarse a Popayán?, fueron las preguntas con las que llegó en 1940 el periodista Luis Marden del Magazine National Geographic.

Marden, descrito como un “perseguidor de enigmas de la naturaleza”, firmó dos artículos sobre las extrañas historias que encontró en Popayán, pero solamente publicó uno en la edición de octubre de 1940, donde al ver la cultura y el intelecto de sus habitantes, aseveró: “Popayán tiene 30 mil habitantes y 31 mil son poetas”; porque en palabras de Guillermo Valencia, “todos aquí somos herederos del idealismo y excentricidades del Quijote”; y por eso no se extrañe nadie, que aquí esté la sepultura del famoso hidalgo de la Mancha.

Cuenta Marden, que en 1940 Popayán era una ciudad tan rica, que vio a campesinos e indígenas vender oro en polvo para hacer el mercado. Y narra también, la historia de la “corona de la Inmaculada Concepción” valorada por sus 2.250 gramos de oro y 279 esmeraldas, que tras una serie de peripecias que tienen que ver con piratas, sectas, demandas jurídicas, traiciones y donde intervino desde Simón Bolívar hasta el Papa Pío X, hoy se exhibe por las capitales del mundo como “la corona de los Andes”.

El segundo artículo que Marden proyectó, y no publicó, es más leyenda que historia, y fue previsto para contextualizar la ciudad semidestruida por un terremoto en 1983, un texto del cual nadie da razón ni ha leído, y donde argumentaba por qué Popayán era el famoso Dorado buscado por Pizarro, y por qué ésta ciudad resultó ser más papista que el Papa.

El artículo contaba que, cuando llegaron los conquistadores, Popayán era una meseta rodeada de minas de plata, oro y metales preciosos, y en consecuencia, azotada con tormentas eléctricas. Y como antes le tenían miedo a las tempestades como si fueran reclamos del diablo, creyeron que construyendo iglesias y trayendo comunidades religiosas a vivir a la ciudad el clima mejoraría. Pero como los pecados de la soberbia y la vida fácil que daban la riqueza eran evidentes, decidieron convertir la “eucaristía en el espejo de su fe”.

Entonces, además de templos, capillas, oratorios, seminarios, monasterios y escuelas, decidieron donar algunas de sus joyas para hacer los utensilios de las iglesias. Esta ciudad era tan rica, que en los años de 1600 habían más de doscientas reliquias entre custodias, copones, sagrarios, expositorios, coronas y vasos de oro y plata dorada, guarnecidas de manera exagerada con piedras preciosas donadas por la gente a la iglesia, que hicieron pensar con razón a los españoles que aquí quedaba El Dorado que tanto añoraban.

El decir y el querer de la tradición, es que en las reliquias consagradas a la eucaristía está la verdadera presencia de Cristo. Que las custodias que guardan las hostias, símbolo del misterio de Dios, son la clave de la fe para perdonarse así mismo los pecados.

Y si el “estilo Popayán” fue la construcción de casas de fachadas blancas donde primó la sencillez, en los ornamentos para las iglesias no se ahorró nada. Y si en el ánimo de sus gentes se ve melancolía y lentitud, nada de eso se ve a la hora de buscar el agrado de Dios.

De las más de cien custodias que se tenían inventariadas en el siglo XVIII, cuando se fundó el Museo Arquidiocesano de Arte Religioso en 1979, para guardarlas en una bóveda de seguridad, solo aparecieron doce. Las demás, se perdieron, al punto que hoy muchos creen que los terremotos, ruinas y pestes que azotan a la ciudad de Popayán, son el castigo al sacrilegio de algunas familias que se hurtaron las piezas santificadas.

El culto a la sagrada eucaristía es uno de los misterios más grandes de Popayán. Un sacramento que viene desde la conquista, pasó por la colonia y se vive en el siglo XXI. Dice la leyenda que quien ora en las siete iglesias del sector histórico, sube a los quingos de Belén rosario en mano y se confiesa y comulga de una custodia de Popayán, es perdonado de verdad y para siempre. No de otra manera se explica la llegada silenciosa de miles de peregrinos de todo el mundo a la ciudad. Ya lo escribió el poeta Rodríguez de Arce, caballero de la Orden del Santo Sepulcro: “aquí no ha habido grandeza que no se haya alimentado con la pequeñez de la Hostia Santa”.

El Dorado que tanto buscaban los españoles, estaba en Popayán y es… el misterio de “la palabra fe”. Y a tener fe, es lo que Popayán le enseña a sus hijos, habitantes y peregrinos.

El escritor Jorge Luis Borges supo de ese misterio, y así lo dio a conocer en “Ulrica”, el único cuento de amor que publicó el argentino, y cuyo protagonista, el payanés Javier Otálora (intelectual y poeta de descendencia ecuatoriana), al ser preguntado “qué significa ser colombiano”, responde con su esencia de payanés: “ser colombiano, es un acto de fe”, porque, claro, ser payanés es un acto de fe.

*Escritor:
(El texto hace parte de un libro sobre nuevas y extraordinarias leyendas de Popayán de Marco Antonio Valencia).

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