UN VISTAZO POR ALLI.
Sábado 1 de marzo, 2014
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

Amigos:

Juan Carlos Pino Correa en su articulo que publica hoy el Nuevo Liberal hace comentarios  desapasionados y de actualidad sobre los politicos del pais. Juan Carlos, escritor Colombiano  (Almaguer, Cauca 1968). Doctor en Estudios Filológicos de la Universidad de Castilla La Mancha, Comunicador Social de la Universidad del Valle, Abogado de la Universidad del Cauca. Autor del libro de cuentos "Los escaques y la noche y otros relatos" y de las novelas "Hojas sin nombre", "Los habitados" y "Noche de fusiles". Ganador, el año 2000, del Primer Concurso de Cuento “Radio Universidad del Cauca”, obtuvo el tercer lugar en el decimocuarto concurso nacional de cuentos "Ciudad de Barrancabermeja", finalista del Concurso de Cuento sobre el domingo del Periódico El Espectador  y la Editorial Planeta, Mención de Honor en el primer concurso departamental de cuento "Rafael Maya", finalista en el V Certamen de Relato Corto Booket de la Editorial Booket Planeta. En la actualidad es coordinador del Centro de Posgrados de la Universidad del Cauca.

Cordialmente,

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UN VISTAZO POR ALLI.
Por: Juan Carlos Pino Correa
jcpino@unicauca.edu.co

Recuerdo que de niño me deslumbraba el brillo de los días de elecciones. Era entonces demasiado ingenuo y por eso no sospechaba siquiera que detrás del bullicio de los buses escalera que llegaban a la cabecera municipal desde las veredas y corregimientos, detrás de los colores que ondeaban por las calles empedradas o polvorientas, detrás de la papeleta depositada en la urna y detrás del dedo rojo indeleble, había todo un engranaje que algunas personas, a la luz o a la sombra, manipulaban a su antojo. Ahí y en todas partes. Recuerdo vagamente también que luego el pueblo entero se reunía a escuchar los avances de los escrutinios en la radio y que esas voces lejanas hacían que en los rostros surgiera la alegría o la frustración. Y si algún fantasma se asomaba por allí y enrarecía el ambiente era más el de la violencia entre liberales y conservadores, no tan lejana ni en el tiempo ni en la memoria, que el de las amenazas de la guerrilla, que por entonces no habían consolidado su poderío. Eran todavía los días del bipartidismo y aún no existía la elección popular de alcaldes.
¡Tantas cosas han cambiado desde esa época y tantas siguen siendo lo mismo!

No sé cuál sea la primera generación que en este país se desencantó de la política, pero lo cierto es que en algún lugar del camino muchos decidimos no heredar de nuestros padres el amor o el odio por los colores de un partido, a ultranza como solía suceder antes, para dar paso a una perspectiva más crítica y reflexiva. Estoy seguro de que eso sucedió porque nos convencimos de que los escenarios políticos que se nos ponían enfrente no aportaban lo suficiente para construir una sociedad que fuera más justa y más equilibrada, una sociedad de mejores oportunidades para todos, sin distingo de clase, condición social, origen o sexo.

Lastimosamente, los escenarios políticos de hoy siguen aún sin llenar las expectativas. En época de elecciones siempre volvemos a escuchar la misma palabrería insulsa de siempre, a soportar las nuevas máscaras de la demagogia y a ver los rostros ubicuos de quienes luego se olvidan de sus propuestas y sus programas porque jamás fueron sinceros o porque el andamiaje está tan bien armado que nada puede moverse por fuera de él, a contracorriente. En momentos así yo suelo imaginar un agujero negro que todo lo devora.

A veces pienso que el descreimiento, la indiferencia y el tedio se hacen más fuertes cada día porque, cansados de tanta decepción, damos simplemente por sobrentendido que ese mundo de la política no atiende adecuadamente nuestros intereses y necesidades esenciales o porque está demasiado corrompido, tanto que ni siquiera merece nuestra atención. En ese contexto, un partido termina siendo igual a otro y a otro y a otro, y un candidato azul igual a uno verde y a uno rojo y a uno amarillo y a uno naranja. Ad infinitum.

Para saber si estamos equivocados o no, quizá baste con echar un vistazo por allí y verificar cómo están nuestras ciudades, nuestros pueblos, nuestros campos, nuestro departamento. El país entero. Y cómo está el empleo, la inversión social, el desarrollo, la educación, la salud, los derechos humanos, la seguridad, la movilidad. La v-i-d-a.
Dichosos los días de mi infancia en que me deslumbraba el brillo de los días de elecciones. Pero todo no era más que un espejismo. El tiempo, como sucede siempre, termina por poner las cosas en su sitio.

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