EL VALLE DEL PATÍA: PARAÍSO TROPICAL.
Jueves 27 de febrero, 2014
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

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 EL VALLE DEL PATÍA: PARAÍSO TROPICAL.
Por: Antonio María Alarcón Reyna
Miércoles 26 de febrero, 2014
Especial para el Nuevo Liberal


Desde lo alto, se puede observar el majestuoso valle por donde serpentean las aguas de los ríos que bajan cansinas desde la imponente cordillera. Fotografia Antonio María Alarcón Reyna.

Patia

Visitar el municipio de El Patía, viajando desde Popayán, es una experiencia fabulosa, pues en dos horas de recorrido por la carretera Panamericana, sentimos como la topografía, el clima, la gastronomía y el entorno cultural, van cambiando sustancialmente a medida que vamos descendiendo hacia ese hermoso valle. Los 100 kilómetros aproximados, que separan a Popayán de El Bordo, la cabecera municipal del Patía, nos conducen a un paraíso de colores, aromas y sabores que debemos degustar con espíritu sibarita.

La primera sensación de calor se empieza a percibir después de pasar por el Santuario de la Virgen de Párraga, donde la sinuosa carretera comienza a tener tramos muchos más planos y rectos, para satisfacción de quienes padecemos problemas de mareo en los buses. El paisaje va modificando sus tonos y la vegetación nos retratan el cambio de piso térmico. Una parada obligatoria debe ser en Piedra Sentada, un pequeño caserío ubicado a escasos 10 minutos de El Bordo, a saborear la carne de cerdo en todas sus presentaciones: chicharrones, costillitas ahumadas, fritos, chorizos, asadura (vísceras) y todo acompañado de patacones o retacadas de plátano verde. Obviamente un viaje al Patía es una incitación a la gula, a la glotonería, pues su riqueza gastronómica regional es deliciosamente abundante.

Hay infinidad de preparaciones pero la que ocupa primer lugar es la Sopa de Guampín: “El Guampín o Sopa de Hambre de los negros del Patía, es una maravilla. No hay rissoto que se le acerque en textura, en suavidad, en aroma y en sabor a lo que es un guampín changao. No hay comida paisa que supere un guampín de arepas cuando es preparado por una negra patiana con todas las de la ley” dice Carlos Humberto Illera, profesor de la Universidad del Cauca, antropólogo, investigador y director de Grupo de Investigaciones de Patrimonio Culinario del Cauca, para referirse a esta delicia gastronómica preparada a base de queso campesino, leche, crema de leche, cebolla larga, ajos, mazorcas de choclo tierno, fríjol verde, arroz, cilantro cimarrón, plátano verde, zapallo, zanahoria, papa y el embrujo de las manos amorosas de quienes lo preparan en ocasiones especiales. Los 35.000 habitantes aproximados del Patía, pertenecen a grupos étnicos, económica, social y culturalmente muy diversos: en la zona plana predominan los mestizos, en la zona de cordillera hay campesinos y colonos y en la zona baja están las comunidades negras, todos cobijados por una manta multicolor de rasgos culturales llenos de riqueza y alegría.

El Bordo, como cabecera municipal es una población próspera, con un movimiento comercial que permite vislumbrar su desarrollo en los últimos años. Instituciones educativas, hoteles, comercio y turismo, son la fuente principal de su economía. “Como en todas partes del Cauca y el país, tenemos problemas que se acentúan porque estamos ubicados en una zona estratégica de conflicto, que nadie puede negar, pero desde la administración municipal trabajamos de la mano con la comunidad para avanzar en el Plan de Gobierno que propusimos y que esperamos permita que al finalizar mi periodo, los habitantes del municipio sientan que pudimos avanzar en la solución de nuestras apremiantes dificultades” expresa Nacor Acosta, alcalde de Patía.

Luego de recorrer el casco urbano, usted debe seguir bajando hacia el sur hasta encontrar el Valle del Patía, pasando por los corregimientos de Patía, El Estrecho, Galíndez, hasta llegar al puente donde puede apreciar cómo el río San Jorge y el río Guachicono, van formando un triángulo sensual que permite al unirse en su vértice amoroso, la vida de un nuevo río, que en adelante se llamará Guachicono y que terminará su recorrido en el océano Pacífico. Ahí podrá apreciar “Las Cuevas de Uribe” que según la leyenda, fueron construidas por el ingeniero Enrique Uribe White, como refugio y sitio de encuentro con una dama de la región, con quien mantuvo un tórrido y calenturiento amor clandestino. Uribe fue el encargado de la apertura de la carretera Popayán-Pasto, para apoyar las fuerzas colombianas en la Guerra contra el Perú en los años treinta. Pese a que su objetivo tenía como principio un acto en favor de la guerra, dejó como testimonio las cuevas donde su espíritu belicoso, sucumbió frente a los encantos febriles de una dama, que como todas las negras patianas, tenía el ritmo de los tambores en sus caderas.

A 300 metros de las cuevas de Uribe hay un bello mirador para apreciar el majestuoso valle por donde serpentean las aguas de los ríos que bajan cansinas desde la imponente cordillera. Contiguo al mirador está un hotel con todos los servicios y unas amplias y ventiladas habitaciones que le permitirán extasiarse con las altaneras nubes de arrebol que penetran por las ventanas sin pedir permiso. Usted puede apreciar este bello espectáculo natural en el atardecer o al alba, en silencio o leyéndole un verso a su compañera de aventura, mientras disfruta su silueta recortada en el marco de la ventana.

En ese recorrido hacia los límites con el departamento de Nariño, no solo apreciará la belleza del paisaje, el mágico encanto del Cerro de Manzanillo y los miles de ejemplares vacunos especialmente de la raza Cebú, que pastan en las verdes praderas en tiempos de lluvias, sino que además deberá hacer una parada para disfrutar una delicia típica patiana: el kumis de Gilma, una especie de yogur líquido y espeso, fermentado, algunas veces complementado con trocitos de frutas. Hay varios sitios a la orilla de la carretera donde también encontrará manjar blanco, arequipes, cortados, quesos, cuajadas y postres. Pero si sus gustos incluyen productos naturales, también encontrará mango, papaya, melón, patilla, naranja, maracuyá y muchos otras frutas de la región que son abundantes y económicas, según su temporada. Así mismo debe llevarse como recuerdo cualquiera de las bellas y trabajadas artesanías hechas a base de totumo, que laboriosamente diseñan para ofrecerles a los turistas.

Existen otros sitios  para visitar en Olaya, La Fonda,  Angulo y toda la geografía patiana y realizar actividades como canotaje, senderismo, pesca deportiva y ecoturismo. También hay bellas haciendas de descanso en armonía con la naturaleza. Vale la pena ir al Patía y disfrutarlo mientras escucha un bambuco patiano y aprovecha alguna de sus fiestas patronales para hacer coro con la Cantaoras del Patía o intenta bailar al  ritmo melódico del Son del Tuno, el de Capellanía o de cualquier otro músico que por estas tierras se da de manera silvestre, mientras entiende por qué la sed que genera los 25º C de temperatura solo puede calmarse con una cerveza fría y la risa fresca de una negra patiana.


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