POPAYÁN, SIGLO XXI
De:  Mario Pachajoa Burbano
Miércoles 20, de agosto, 2014
mariopbe@gmail.com
mariopbe.com

Amigos:

Mateo Malahora, hace anotaciones sobre el Popayán del siglo XXI y el Popayán 
coloquial, histórico y tierra de héroes. Fotografia  de El Nuevo Liberal..

Cordialmente,

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  CENTRO HISTÓRICO Y CONSTRUCCIÓN DE CIUDAD
Por: Mateo Malahora
mateo.malahora@gmail.com
Proclama del Cauca
Lunes 18 agosto, 2014 a las 4:06 pm

Caminando en momentos de solaz por el centro de la ciudad procera, cuando estamos libres del asedio de los vendedores ambulantes, léase desplazamiento forzado y desempleo crónico, en el imaginario de la placidez burgués o pequeño burgués, nuestra capital se ciñe rigurosa y estrictamente al Centro Histórico, y transitar en cualquier dirección cardinal más de cuatro o cinco cuadras significa caer en el caos, el desconcierto y la locura, sobre todo cuando se tiene una concepción estética tradicional del orden, donde lo arquitectónico y llamativo colonial es un esquema mental político y social.

 Sorprenden expresiones como: “Popayán es una ciudad guapa y bonita, hecha para caminarla y el disfrute de la comodidad y el desahogo”.

 No cabe en esta clase de frases, con las cuales a veces solemos coincidir en las charlas coloquiales, que la nuestra, la “Popayán de mis amores”, es una ciudad infortunadamente antidemocrática, segregacionista, enmarañada, desordenada y caótica.

 El carro, la motocicleta, la monopolización informal de los andenes, la expansión de bodegas y centros comerciales son los protagonistas provocadores del crecimiento económico, expresión física de un modelo puramente mercantilista, agresivo y arbitrario, que en el marco de una economía que beneficia y favorece a unos pocos sacrifica la calidad de vida de todos, incluidos los usufructuarios del desorden y el trastorno urbano.

 Una visión rigurosamente aristocrática, de estirpe señorial y linajuda, como en los momentos pretéritos de las ciudades nobles, que subyace plácidamente en el subconsciente colectivo de la llamada ciudad culta, a la manera de una visión freudiana, nos ha impedido entender que la Popayán de nuestro tiempo ya no es el entorno de cal y canto, donde las edificaciones eran construidas en armonía con el recorrido del sol y en solidaridad con el paisaje.

 Eran tiempos en que los edificios y las viviendas de arquitectura española se diseñaban para el deleite de la aristocrática, la concurrencia del comercio no asomaba la aparición del fantasma desenfrenado y lujuriante del consumismo y el tiempo discurría sin atropellar la tranquilidad hogareña, salvo en las épocas de las guerras fratricidas.

 La ciudad del payanés tradicional, incluso del que regresa después de larga permanencia en París, Madrid, Vancouver, Los Ángeles o Nueva York, es la ciudad colonial, que no va más allá del entorno físico en que se realizan las imponentes procesiones de Semana Santa, donde la severa realidad de una urbe caucanizada no existe o, si se acepta el histórico fenómeno migratorio de las décadas del sesenta y setenta y el desplazamiento forzado de los últimos años, se mira como una intromisión ofensiva y violenta de un espacio concedido por la gracia divina a los Reyes Católicos y endosado, felizmente, a Don Sebastián de Belalcázar para su entrega a los fundadores y habitantes de la Villa de Pubén.

No creo que los defensores a ultranza de la ciudad ancestral conozcan todo el espacio territorial de la ciudad, quizá por sus escrúpulos estéticos y su cosmovisión popayan-céntrica, que les impide aceptar que las brújulas marcan todos los puntos cardinales y no reivindican sólo el centro. Popayán es también el conjunto de sus barrios populares. Fotografía: Comunasiete Blog

 ¿Cómo viven, cómo sobreviven, cómo sueñan, cuáles son los símbolos urbanísticos de los setenta mil desplazados?

Es para ellos la ciudad, no el Centro Histórico, una construcción social que garantiza convivencia familiar, trabajo, salud, educación, espacios de encuentro, relaciones de intimidad, de producción y recreación? Es la ciudad que se intenta desde hace décadas rediseñar desde las oficinas gubernamentales?

Cambiar el sentido de ciudad va más allá de cambiar el sentido de las calles, en nuestro caso por las exigencias de las obras de infraestructura del acueducto municipal, es fundamentalmente cambiar el sentido del desarrollo urbano humano, que se comienza por aceptar el diálogo, como lo ha hecho la Administración Municipal con las comunidades de los barrios del Norte de Popayán: La Paz, Villa del Norte, Matamoros y la Florida, en cuyas asambleas populares quedó claro que una es la economía popular, de sustento familiar, y otra es la economía de las poderosas corporaciones transnacionales que, para expandir sus mercados no tienen problemas de “rejas y parasoles” y con el beneplácito del Estado, se apoderan de los sitios estratégicos de un país, de una ciudad, legitimando su entrega al capital global.

 Privilegiar la cultura urbana y el poder ciudadano es una exigencia democrática del momento para que Popayán no se convierta, en virtud de su creciente expansión urbana, en una ostentosa y soberbia plataforma de beneficios, ganancias, dividendos y plusvalía política que agudice los conflictos sociales existentes e impida el acceso de todos sus habitantes al bienestar. Hasta pronto.

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