MARGARITA
Miércoles 19 de febrero. 2014
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

MARGARITA.
Por: Guillermo Alberto González Mosquera.
Popayán.Febrero 16 de 2014.

 
En la larga vida que le concedió Dios, pocas personas como ella acumularon tantas virtudes  y tanta fortaleza ante las pruebas que coloca el destino en el tortuoso camino que deben recorrer los seres humanos. Por ello, puede afirmarse que su principal virtud fue la templanza, el estado de alma que la presentó  ante propios y extraños como un ser superior capaz de enfrentar con valor las más difíciles pruebas del destino.

 Su vida  muestra desde el mismo nacimiento facetas propias de un ser singular.  Su madre muere cuando le da la vida y su padre, un general de la República que alcanzó la dignidad de Comandante General de las Fuerzas Militares, tiene que apoyarse en las religiosas de un convento para la crianza de la niña huérfana que luego es internada en un distinguido colegio de Nueva York, donde recibirá una formación en valores y sabiduría que le proporcionará las herramientas espirituales para su lucha vital.

 Cuando el General visita la guarnición de Popayán, invita a su hija para que lo acompañe. Es una joven bella y elegante que un día lleva en sus brazos un ramo de flores para una visita social. En la Plaza de Caldas, el ramo se cae y un caballero las recoge del suelo y se las devuelve con el ruego de que le permita visitarla. Así se inician los amores que luego devendrán con su matrimonio en Bogotá y con la residencia en Popayán donde Carlos Angulo Arboleda es ya un ciudadano responsable que se dedica con pasión a las tareas del campo y a sacar adelante los diez hijos que van llegando al hogar.

  Pero el destino sin compasión le tiende una trampa fatal. Un cáncer le quita tempranamente la vida cuando acaba de cumplir cuarenta y seis años. Su viuda siente que se le apuñalea el alma pero tiene suficiente valor para afrontar la adversidad. En la ciudad que desde un  principio acogió como propia, se admira su decisión, su valor y además su solidaridad para vincularse a una serie de instituciones cívicas y caritativas, varias fundadas por ella misma, que sienten su mano generosa y su espíritu indoblegable que propone metas para sacar adelante proyectos de apoyo que dejarán indelebles sus huellas de mujer que sabe cumplirle a la vida.

La sociedad se rinde ante sus encantos. Conoce y ama la poesía, la cultiva como herencia de su padre que dejó versos al amor y a los seres que admiraba con pasión.  Margarita escribía con pluma de oro y narraba historias que subyugaban a quienes las escuchaban. Lo hizo hasta muy pocos días antes de que la muerte le quitara ese amor por la vida, por la memoria de  su esposo y por lo que significaba para muchos en generosidad y afecto.

Durante cincuenta y cuatro años de viudez prematura encaró la misión de sacar adelante a su familia. Hubo dolores que laceraron su alma pero no doblegaron su espíritu. Estaba pendiente de lo que acontecía a su alrededor y nunca dejó de sentir asombro por las cosas que sucedían en el mundo.  Pedía que le contaran las historias de lo que estaba pasando en la ciudad y en el país y con añoranza se refería a las tardes de verano en las que reinaba desde su hontanar en las fincas tradicionales del campo caucano, de columpios de vuelo y vientos juguetones en las tardes de agosto.

 Y continuaba leyendo la prensa y enterándose de la política y de lo que le decía su gente cercana sobre esta dolorosa Colombia.  Confesó alguna vez que admiraba los editoriales de Diario de Colombia, un periódico alzatista que servía de trinchera a un  caudillo arisco e inteligente al que mutiló el destino en horas tempranas.

Practicó sin alardes la caridad y organizó asociaciones para el servicio de los más desvalidos. Era una herencia de su esposo que tuvo la fortuna de entregar a manos llenas lo que su trabajo le dispensaba sin ninguna humillación hacia nadie.

Las viejas paredes de la casona de la Junta Pro Semana Santa, velaron como última morada los despojos mortales de Margarita. Descansó frente a un Cristo agonizante al que le hizo compañía la hermosa réplica del Paso del Sepulcro, de la que fue síndica  acuciosa y devota sin par. Por esa luctuosa capilla desfilaron las gentes en procesión que solo pronunciaba palabras de admiración y respeto. Ya su generación la había precedido en el trance final, pero vuelvo a ver hoy la vieja fotografía en la mesa de su habitación en la que posa bella y elegante junto a un viejo bimotor de finales de la guerra. Seguramente que así se recordará su vida: la de una mujer excepcional que supo derrotar la fatalidad hasta el final de sus días gloriosos.
 
Guillermo Alberto González Mosquera.
Febrero 16 de 2014.

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