PALABRAS DEL PRESIDENTE  SANTOS
De: Mario Pachajoa Burbano
Sábado 22 de noviembre, 2014
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

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PALABRAS DEL PRESIDENTE JUAN MANUEL SANTOS
EN LA ENTREGA DE LA ORDEN DE BOYACÁ,
EN GRADO DE GRAN CRUZ, A AURELIO IRAGORRI HORMAZA.
Proclama del Cauca. 21 de noviembre, 2014.


Alguna vez Guillermo León Valencia –unos años antes de ser Presidente de Colombia– se dirigía a cazar torcazas, como solía hacerlo, a las afueras de Popayán, y transitaba en su carro por una de las salidas de la ciudad.

En el recorrido llamó su atención una pelea que ocurría en plena vía… y segundos después su sorpresa fue mayor, cuando identificó a uno de los protagonistas del altercado.  El ilustrísimo dirigente conservador bajó la ventana, levantó la mano en señal de saludo, dirigiéndose a aquella persona que le era conocida, y dijo –tal vez con resignación–: “Buenos días…, Aurelio”.

Y digo “resignación” porque –ustedes lo saben– el entonces joven Aurelio Iragorri Hormaza era, ni más ni menos, el futuro yerno de Guillermo León Valencia. Lo más grave, para el presidente Valencia, NO era que su hija se casara con un boxeador –porque Aurelio Iragorri, en efecto, practicaba ese deporte…, por dentro y fuera del ring–.

Seguramente, lo más difícil –sobre todo en aquellos tiempos– era tener como yerno a un liberal, que aunque era pariente del poeta conservador Jorge Isaacs –porque el abuelo del doctor Iragorri era sobrino de semejante escritor–, también tenía vínculos familiares nada menos que con el general José María Obando, un liberal draconiano.

Lo increíble del caso es que el doctor Iragorri sí tuvo una magnífica relación con su suegro conservador. Y eso a pesar del siguiente agravante: alguna vez, durante la procesión de Semana Santa, el presidente Valencia le pidió a Aurelio que cargara el paso de su familia conservadora –el Cristo del Cachorro–. El joven Aurelio se negó –háganme el favor–, argumentando que los otros cargueros eran conservadores… Como dirían las señoras: “Tras de cotudo, con paperas”.

Pero nada de eso debería extrañarnos –ni que haya sido boxeador, ni que fuera irreverente–: él siempre ha sido un hombre combativo, un hombre noble, un hombre de convicciones. Tal vez por eso mismo, se retira INVICTO de la política. Como pocos, puede darse el lujo de decir que SIEMPRE VENCIÓ en cada cargo de elección popular al que aspiró.

No sé cuántas veces fue concejal y no sé de cuántos municipios. Al Congreso de la República llegó, por primera vez, en 1978 –hace 36 años–, como miembro de la Cámara de Representantes –de la que además fue su presidente–. Luego fue elegido senador de la República durante siete periodos consecutivos –¡28 años ininterrumpidos!–.

Tal vez el único que puede quejarse de esa “reelección indefinida” es su hijo Aurelio, hoy ministro de Agricultura. “Aurelio hijo” prometió no aspirar a ningún cargo de elección popular mientras su padre estuviera vigente en la política… y casi se queda esperando toda la vida.

El mismo “Aurelio hijo” dice que, por cuenta de esa promesa, no ha podido aspirar ni siquiera a edil. A mí, en cambio, el doctor Iragorri me ha ayudado a vencer… En 1993, por ejemplo, contribuyó a que yo fuera elegido como Designado Presidencial –el último en la historia del país–.

Luego fue –conmigo– uno de los fundadores del Partido de la U, exitoso desde sus orígenes, que presidió hasta hace poco más de un año. ¡Y me volvió a ayudar a ganar! En los últimos comicios presidenciales recorrió todo el Cauca, con el mismo entusiasmo de un debutante, para apoyar mi candidatura, y fue clave en la victoria contundente que logramos en este departamento.

Porque no importa quién se le haya enfrentado, o cuántas fuerzas se hayan unido para derrotarlo: Aurelio Iragorri Hormaza ha ganado muchas batallas… incluso a la muerte. Todos aquí conocen el atentado del que fue víctima en Cajibío –en 1991–: explosiones de granada y disparos de fusil acabaron entonces con la vida de siete personas. Él –agachado en el carro, acelerando con una mano y manejando el timón con la otra– sobrevivió a un ataque que dejó 150 impactos de bala en el vehículo –un hecho que, por cierto, suspendió los diálogos que adelantaba el gobierno de César Gaviria con la Coordinadora Guerrillera–.

Y no obstante ser víctima del conflicto –como la mayoría de quienes han visto de frente a la guerra–, él, como buen soldado, quiere la paz.

Estas son algunas de sus palabras, como epílogo de esa fulgurante carrera política que acabó, por voluntad propia, el pasado 19 de julio:

“Le apuesto a la paz teniendo como eje un proceso de negociación. Esta es una oportunidad histórica para superar el ciclo de la violencia, que en el caso particular del Cauca y del Pacífico colombiano ha sido muy fuerte (…)

“El perdón es un imperativo moral y ético, y el futuro de la paz no solo está en manos del presidente Santos sino en todos y cada uno de los colombianos… Hay que desarmar los corazones”.

Gracias, doctor Iragorri, por contribuir con su liderazgo a la paz de Colombia… Viniendo de usted, esas palabras sí que son importantes, de usted que ha sido un combatiente… Una paz que será sostenible si somos un país mejor educado y con mayor equidad. Usted ha comprendido eso muy bien –desde hace varias décadas– y el Cauca puede dar fe de ello. El doctor Iragorri, por ejemplo, dedicó 10 años de su vida a dirigir Centrales Eléctricas del Cauca –Cedelca–, para llevar luz a su departamento.

Recuerdo que estuvimos en Guapi, y allá logramos llevar una planta. ¡Qué emoción en la gente cuando prendimos esa planta, cuando de pronto se prendió un bombillo! Era como si hubiera llegado Jesucristo. Me acuerdo que decían: ¡Llegó la luz! Pues eso fue lo que Aurelio tuvo siempre como propósito.

Fue presidente de Icel y del Banco del Estado. Además, en representación de los intereses de los caucanos, fue gobernador. No hay vereda del Cauca que no haya visitado… No existe municipio en su departamento que no cuente con, al menos, una obra gestionada por él.

De sus años –digo mejor, décadas– en el Congreso quedaron muchos frutos, que me haría interminable nombrándolos, pero quisiera recordar las leyes de Reforma Urbana y de Subsidio a la Vivienda de Interés Social, la ley de alivio a los damnificados del terremoto de Popayán, la ley Páez y la ley Quimbaya, entre tantas, tantas otras iniciativas positivas que le ganaron el apelativo del “Senador del Pueblo”.

 Quienes lo conocen de cerca, saben que su genuina vocación por la justicia, por la equidad –y por las causas sociales– vienen del hogar en donde se crio. Aurelio Iragorri Hormaza creció en casa de sus abuelos, a quienes llamaba “papá Jorge” y “mamá Natalia”.

Allí –permítanme hacer un “dulce” paréntesis– los Iragorri dicen que fue inventado el “postre Eduardo Santos”. Se trata de una especie de helado derretido con frutas, muy sabroso, bautizado así en honor a mi tío abuelo, luego de una visita que el entonces Presidente hizo a la ciudad. Tengo entendido que –en Popayán– muchas personas tienen una versión distinta sobre quién fue el creador del postre. Pues bien, voy a abusar de mi investidura para dirimir esa diferencia, y declarar –aquí y ahora– que el postre es obra de “mamá Natalia”, tal y como lo cuentan los Iragorri.

Pero les decía que en ese hogar fue donde se gestó la vocación social del doctor Iragorri Hormaza. La razón es que fue criado por Rosa, una humilde indígena a quién él le decía “Mama” y que quiso como a una madre. Era ella quien lo despertaba para ir a estudiar, le pedía que no “boxeara” y estaba pendiente de si había llegado sano y salvo a su casa. “Mama” Rosa –según cuenta el doctor Iragorri– fue quien lo protegió del atentado en Cajibío.

Su relación con las comunidades indígenas fue muy cercana, y no solo por Rosa: durante su juventud acostumbraba a pasar jornadas enteras en Coconuco, la cabecera municipal de Puracé, habitada mayoritariamente por indígenas. Allá llegaba cabalgando en su yegua –la Consentida–, la misma que después tuvo que vender para salvarle la vida a su hijo Aurelio –por un soplo que tenía en el corazón desde recién nacido–. Por eso “Aurelio hijo” dice que lleva al campo en el corazón, y, en efecto –quién lo duda–, el Ministerio de Agricultura le sienta como anillo al dedo, y está haciendo una gran labor.

Mucho ha sacrificado el doctor Aurelio Iragorri Hormaza para llegar tan lejos… y su nobleza y su amor a los suyos lo demostró este año cuando decidió no volver a presentarse a las elecciones al Congreso –una curul que hubiera ganado otra vez con holgura– para que su hijo no tuviera que retirarse del Gobierno y suspender una carrera pública que ya es, sin duda, fulgurante. Yo estuve presente cuando Aurelio tomó semejante decisión. Eso dice todo de Aurelio Iragorri.

 Pero el sacrificio también lo ha hecho su familia. Sus seres queridos han trasnochado con él en sus correrías políticas –como “Aurelio hijo”–, o lo han tenido que extrañar mientras le servía al país –como es el caso de sus hijas Patricia, Cristina y Susana–. Mención especial merece su apreciada esposa, doña Diana Valencia, apoyo incondicional en la vida política de quien hoy condecoramos.

Hizo todo lo que había que hacer: desde liderar a las mujeres dentro del movimiento de su esposo, contestar cartas y recibir personas, hasta ser una estratega discreta y una consejera de tiempo completo. Ella, incluso, sacó tiempo en su vida para ser Primera Dama de la Nación –porque cuando su madre murió, durante la Presidencia de Guillermo León Valencia, ella asumió ese rol–.

Eso me hace pensar que el doctor Iragorri –LIBERAL, recuerden–, no solo conquistó a un suegro conservador –un suegro que, además, fue Presidente de la República–… sino que también fue esposo de la Primera Dama de un gobierno conservador… Eso sí que es “audacia política”.

Felicitaciones de todo corazón, estimado Aurelio, por esa vida tan plena y tan gratificante. Y gracias –muchas gracias– por haberle aportado al país de tantas maneras, y en especial por haberle dedicado tantos esfuerzos a esta bella y querida tierra del Cauca.

 Durante más de medio siglo –desde que fue Gerente de Cedelca, hasta su último periodo como Senador– Aurelio Iragorri Hormaza ha contribuido a forjar un mejor país… un país por el que seguimos trabajando: un país con paz, con equidad, con mejor educación.

Y no deja de hacerlo: tanto es así que me aceptó formar parte de la Junta Directiva de la Estrategia Somos Pacífico, que lanzamos hace un mes en Buenaventura, para seguir aportando su experiencia y sus luces al bienestar de toda esta región.

 La Orden de Boyacá que hoy otorgamos, en el Grado de Gran Cruz, es por eso un justísimo reconocimiento –una deuda que en buena hora pagamos– a un caucano que ha vivido cada segundo al servicio de Colombia.

Usted, apreciado Aurelio, hace honor al poema de ese otro gran caucano, que fue también Presidente a mediados del siglo XIX, Julio Arboleda, y con el que concluyo:

“Y feliz el varón independiente
 que, libre de mundana servidumbre,
 aspira entre dolor y pesadumbre
 a la eterna verdad, no a la presente,
 conociendo que el mundo y sus verdades
son solo vanidad de vanidades”.


Muchas gracias.


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