LA VIDA DE ANTAÑO.
de: Mario Pachajoa Burbano
Miércoles 26 de marzo, 2014
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

Amigos:

José María Cordovez Moure  (1835-1918) es uno de los historiadores colombianos más notables. Nació en Popayán el 12 de mayo de 1835.  Hijo del chileno Manuel Antonio Cordovez del Caso y Xaviera Fernández de Moure y Sánchez. En 1838 la familia se traslada a Bogotá por la pérdida de la fortuna de su padre.

En los siguientes párrafos y utilizando textos del libro "La vida de antaño" de José Maria, nos referimos a la descripción que hace el autor sobre la vida social de Santafé desde 1849.

Hasta el año de 1849, época en que puede decirse empezó la trasformación política y social de este país, se vivía en plena colonia. Es cierto que no había Nuevo Reino de Granada, ni virrey, ni oidores: pero si hubiera vuelto alguno de los que emigraron el año de 1819, no habría encontrado cambio en la ciudad

VIVIENDA, MUEBLES, BAILES.

En Santafé se vivía modesta pero confortablemente. Las casas eran de un solo piso, en lo general; todas las piezas estaban esteradas, porque el lujo de la alfombra sólo se conocía en las iglesias, y de tanto cuerpo,  que parecen colchones. El moblaje de las salas no podía ser más modesto: canapés de dos brazos en forma de S, sin resortes, y forrados en lilipichín de Murcia; mesitas de nogal, estilo Luis XV, en que se ponían floreros de yeso bronceado, con frutas que copiaban de los colores naturales; estatuas de la misma materia representación de la noche y el día, con un candelero en a mano; cajones de Niño Dios, de Nuestra Señora de los Dolores, o de algún santo, llenos de todas las chucherías y baratijas imagínables; taburetes de cuero con espaldar pintado de colores abigarrados. En los rincones se colocaban pirámides de papayas, que embalsamaban la atmósfera con su aroma y ahuyentaban las pulgas; vitelas en las paredes (hoy cuadros o láminas). de asuntos mitológicos o episodios de la historia de Hernán Cortés, el descubrimiento del Nuevo Mundo, etc., etc. La araña de cristal suspendida del cielo raso era un lujo que pocos gastaban.

En la época a que nos referimos, todo sarao, baile o tertulia, tenía, lo mismo que en las comedias, tres actos, que podemos calificar así: l. o Preparativos; 2.o Ejecución, y 3.o . Consecuencias.

El cumpleaños de un miembro de familia, un matrimonio, o el bautizo de un niño, se celebraban oficialmente, según las proporciones de cada cual, con una fiesta sin contar las constantes reuniones de confianza, o días de recibo, que tenían lugar cada semana en las casa de familia que tenían en su seno muchachas festivas y espirituales.

Entonces no había garitas, ni en las botillerías se vendía brandy o ajenjos; pero en cambio nuestros jóvenes pasaban las noches en diversiones honestas,  gozaban de inalterable salud, y contraían los hábitos de cultura y gentileza que hicieron del cachaco un tipo encantador.

Fijado el día para la fiesta, se enviaba con la vieja sirvienta un recado concebido poco más o menos en los términos siguientes: «Recado manda a sumercé mi señá Mercedes y mi amo Pedro: que el día de su santo los esperan por la noche con las niñas y niños, sin falta. Que le mande sumercé los canapés, las sillas, los candeleros, los floreros de la sala (a cada familia se le pedía lo que hacía falta, pues por lo regular nadie tenía más de lo estrictamente necesario). Que aquí vendrá mi amo Pedro a convidados, y que mande las niñas para que les ayuden».

Hasta el año de 1862 la ciudad era un pueblo grande, y que la gente acomodada no se aventuraba a vivir fuera del perímetro central, salvo contadas excepciones. Las piezas de la casa que daban al frente de la calle, se arreglaban para bailar; el corredor principal se cubría con percalina para evitar el frío, porque los cristales no estaban al alcance de todos los santafereños.

Las alcobas de la casa se preparaban convenientemente, y en las camas, de estilo inglés con colgaduras de damasco, se exhibían los tendidos, que eran colchas de seda de la India, u otras, bordadas por las niñas en la escuela, y almohadas adornadas con encajes de bolillo y tumbadillo. Sobre una cómoda de caoba lucía el crucifijo, hecho en Quito, acompañado de alguna imagen de la Virgen y de las efigies de los santos de la devoción de la familia.

El comedor se ocupaba con una sola mesa, en que campeaban las exquisitas colaciones y dulces hechos en la casa, manibus angelorum, pues se consideraba como una profanación del hogar hacer uso de alimentos preparados fuera de él, y con mayor razón en tales circunstancias. En materia de flores, era muy reducido el número de las que se conocían, porque ni aun se sospechaba la inmensa riqueza y variedad de la flora colombiana: las rosas de Castilla, que hoy sólo se usan para hacer colirios, los claveles sencillos y las claveIlinas, las amapolas, espuelas de galán sencillo, pajaritos, lor de raso, varitas de San José, azucenas blancas y algunas pocas especies más, constituían el elemento principal de un adorno que hoy alcanza proporciones gigantescas.

Para calmar la agitaci6n que produce el baile debían tomarse bebidas frescas: sobre la mesa del comedor botellones de vidrio repletos de horchata de ajonjolí (las almendras eran muy caras), agua de moras, naranjada, limonada y aloja (especie de cerveza dulce aromatizada con clavo y nuez mascada), todos coronados de ramilletitos de claveles de diversos colores.

Las muchachas, a la inversa de 1o que hoy sucede, consultaban entre ellas la manera como irían a la fiesta, y las amigas íntimas se consideraban obligadas a vestirse de 'Una misma manera como prueba de mutuo cariño. Los trajes de las señoritas eran de linón, muselina o lanilla medianamente descotados, siguiendo aquel precepto de no tan calvo que se vean los sesos: por toda joya llevaban un par de aretes en las orejas, medalloncito pendiente de una cinta en el cuello, en ocasiones pulseras de oro sin pedrería; en la cabeza alguna flor, y, en vez de guantes, mitones de seda con bordados en el lado correspondiente al dorso de la mano. Las señoras casadas, queremos decir las entradas en edad, iban vestidas con traje oscuro y pañolón de lana prendido en el pecho con grueso broche de oro, la cabeza cubierta con pañuelo de seda, dejando ver sobre las sienes roscas de pelo aprisionadas con peinetas, los dedos de las manos empedrados de sortijas, y pendientes de las orejas gruesos y pesados zarcillos, que a veces valían un tesoro, y que sólo se sacaban a luz en los días de pontifical.

Los jóvenes vestían levita; por corbata un pañuelo de seda envuelto en el cuello. formando al frente un enorme lazo sin dejar asomar el de la camisa; no se usaban guantes de cabritilla sino de seda; pero se consideraba como falta de educación presentar la mano enguantada a una señora.

Los taitas y solterones usaban casaca de punta de diamante, prenda de vestido que servía por lo general para tres o cuatro generaciones. Indistíntamente llevaban gruesa cadena de oro, o dos pendientes que terminaban en sellos sostenidos en el bolsillo del chaleco por un enorme reloj.

A las siete de la noche empezaban a llegar los invitados. Si entre éstos iba una familia, se componía del siguiente personal: padre, madre, hijas, niños, el perro calungo, y las sirvientas que conducían el farol, los abrigos y la llave de la puerta de la casa, llave que por sus dimensiones podía servir de arma ofensiva y defensiva en caso necesario.

Las abuelas (nombre que se daba a las mamás de las niñas), se colocaban en los asientos mejor situados de la sala, teniendo muy cerca de sí a las muchachas, y celándolas con ojos de Argos; los hombres se quedaban en la puerta de la sala esperando el toque del redoblante, momento propicio para buscar pareja, porque era desconocida la costumbre de anticipar compromisos. Las sirvientas se acomodaban en los corredores acechando la hora de! ambigú para sacar vientre de mal año.

El valse colombiano y la contradanza española constituían el repertorio de los danzantes. El colombiano era un valse que se componía de dos partes: la primera, muy acompasada, se bailaba tomándose las parejas las puntas de los dedos y haciendo posturas académicas; la segunda, o capuchinada, convertía a los danzantes en verdaderos energúmenos o poseídos; toda extravagancia o zapateo en ese acto se consideraba como el non plus ultra del buen gusto en e! arte de Terpsícore.

La nomenclatura de la música de los valses denotaba alegría, como El triquitraque, Aquí te espero, Viva López, El cachaco, El capotico; la de las contradanzas era trágica, como La puñalada, La desesperaci6n, La muerte de Mutis, etc. El arreglo y disposición de una contradanza exigían conocimientos estratégicos de primer orden. Apenas sonaba el redoblante se apresuraban los galanes a tomar su pareja, situándola convenientemente, es decir, próxima a la cabeza, si eran duchos en la materia, o hacia la cola, si eran chambones, pues se  consideraba como falta grave el equivocarse al bailar la contradanza. En toda la extensión de la sala se formaban, de un lado las señoras y del otro los hombres, frente a su respectiva páreja. El que ponía la  contradanza, por lo general persona de respeto, daba a los danzantes las órdenes e instrucciones conducentes a la buena ejecución del plan de operaciones.

Hacia la media noche se juntaban los viejos y viejas, y a las callandas se encaminaban al comedor; de paso llamaban a la falange de sirvientas y muchachos que habían llevado al baile, y arrellanándose en sus asientos comenzaban tremendo ataque a la mesa y su:; adherencias. Lo que entonces pasaba a contentamiento universal, pues era la costumbre, sólo puede compararse a la caída de la langosta en una labranza de maíz, o al merodeo del campo de batalla, en donde todo es re s nullius. Previamente colocábanse los concurrentes el pañuelo extendido sobre el regazo, y allí caía todo lo que estaba al alcance de sus manos; las sirvientas y muchachos iban provistos de alforjas a cuyo fondo pasaban intactas las mejores viandas.

Asegurada la retaguardia, proseguían comiendo tranquilamente, mientras los jóvenes arreglaban sus asuntos particulares, aprovechando el momento en que las abuelas se solazaban en la mesa, sin otro pensamiento que el de dar término al saqueo emprendido.

Al fin se acordaban los primeros ocupantes de la mesa de que otros también desearían tomar algún refrigerio, y se levantaban echando miradas codiciosas a lo que aún quedaba. Renovado el ambigú, le tocaba su turno a las señoritas, y de lo que éstas dejaban, comían los galanes. 

En cuanto a la música, que consistía en un clarinete, un flautín, un trombón bajo, redoblante, bombo y platillos, que trasnochaban a toda la vecindad, los ejecutantes se quedaban a la luna de Valencia.

Terminado el ambigú los galanes no desperdiciaban la ocasión de acompañar a sus crestas, nombre que daban a las que pretendían, y el dueño de la casa quedaba muy gozoso de que todos se hubieran divertido a su modo, sin preocuparse de los daños causados, porque entonces no pagaba el monigote quien lo tenía, sino quien lo daba a préstamo.

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