JUAN ESTEBAN CONSTAÍN DESEMPOLVA SECRETOS DEL VATICANO.
De:  Mario Pachajoa Burbano
Martes 6 de mayo, 2014
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

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Juan Esteban Constaín Croce, columnista del diario El Tiempo de Bogotá, lanzará, en la Feria Internacional del Libro en la capital colombiana, (2014), su novela, sobre el intento del Vaticano de canonizar al escritor y periodista británico,  Gilbert Keith Chesterton (1874 - 1936). G. K. cultivó, entre otros géneros, el ensayo, la narración, la biografía, la lírica, el periodismo y el libro de viajes

Cordialmente:,

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JUAN ESTEBAN CONSTAÍN DESEMPOLVA SECRETOS DEL VATICANO
Por: Calos Restrepo
El Tiempo. Bogotá. Colombia
Mayo 5, 2014

En su último libro aborda el intento de canonizar al escritor inglés G. K. Chesterton

Fue por casualidad, mientras leía una noticia en un periódico argentino, que el escritor payanés y columnista de este diario Juan Esteban Constaín se encontró la historia de un curioso proceso de canonización, que alguna vez se discutió en los corredores del Vaticano, al genial escritor británico G. K. Chesterton. Así nació 'El hombre que no fue Jueves', que se lanza este domingo en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

El escritor andaba investigando sobre la Primera Cruzada y sus personajes más excéntricos, pero la historia del autor inglés se fue creciendo en su imaginación hasta obligarlo a sentarse a escribir sobre ese frustrado camino a la santidad.

“Me pareció maravilloso, parecía como salido de una novela del propio Chesterton. Era increíble: una petición, elevada por los seguidores del maestro, para que la Iglesia iniciara el proceso de su canonización. ¡Y lo mejor es que Roma estaba dispuesta a tomársela en serio! Un amigo me dijo cuando estaba haciendo la investigación: ‘Falta el milagro’. Le respondí que no, que allí estaba: ‘Qué más milagro que los libros y el arte de Chesterton’ ”, anota Constaín. 

¿Qué tanto de real y qué tanto de imaginación tiene el libro?

Lo justo de cada cosa para que nadie lo sepa bien, ni siquiera el autor. Están los hechos de la historia, la investigación, los datos reales que salen de los libros y los documentos; pero también están la vida y la invención: este mundo por el que caminamos todos a tientas, rodeados por cosas tan absurdas que serían imposibles, por improbables, en una novela. En la mía, como en la realidad, hay tanto de lo uno como de lo otro. Espero.

Dice el protagonista que Paolo Gabriele, otro personaje de su novela, extrajo los secretos más oscuros de la Iglesia. ¿Fue así? ¿Quién era este hombre?

Sí. Él era el mayordomo de Benedicto XVI, el famoso ‘Paoletto’. Parecía su sombra y luego se descubrió que se robaba los documentos y los secretos del Vaticano. Aunque su argumento para defenderse fue muy bueno: que estaba evitando una conspiración contra el papa. ‘Paoletto’ aparece en la novela porque en ella, entre los documentos que se roba, está el viejo proceso de la santidad de Chesterton.

Y detrás de esta figura gris subyace la idea del negocio. ¿Qué tan fuerte es ese tráfico de documentos históricos en Roma?

Pues ese mundo de las reliquias y los misterios siempre tiene su mercado. Siempre habrá algún Dan Brown que acaricia un gato y está listo para comprar truculencias y revelaciones. De eso hablo también en la novela, pero bajo la misma clave de todos los demás temas: la de la parodia.

El libro coincide curiosamente con la reciente canonización de dos papas. ¿Qué tan política es la creación de un santo? ¿Qué intrigas se mueven detrás?

Nada que haga la Iglesia católica –o cualquier otra iglesia, o cualquier persona– carece de una dimensión política. Nada. Menos cuando hay tanto en juego. En los procesos de canonización hay toda clase de motivos e intereses y cálculos, y eso incluye a la política, por supuesto. A veces incluye hasta a la santidad.

¿Existió detrás del proceso de Chesterton algún interés particular?

Creo que es un testimonio de la gratitud de los lectores católicos de Chesterton, quien se convirtió en 1922 y fue uno de los teólogos más grandes de todos los tiempos. Es además un testimonio de gratitud por la literatura: reconocer que la ficción y la poesía son también un milagro, y que muchos podemos rezarle a un santo que tuvo la virtud del humor y de la compasión y de la tolerancia. Ya el gran Fernando Vallejo santificó a Rufino José Cuervo, y yo le rezo todos los días. A los tres.

Pero el verdadero proceso de canonización de Chesterton fue el de Pío XI, ¿cierto?

Ahí está la trama de la novela: en los presuntos servicios que Chesterton le prestó a Pío XI en el viaje que hizo a Roma en 1929.

¿Durante la investigación se encontró con otros procesos curiosos de canonización?

Todos de alguna manera lo son, y hay muchos que con solo transcribirlos parecerían sacados de una novela surrealista. Pero también suele pasar que va uno en busca de la santidad –de su historia, digo–, y se encuentra con cosas mejores: herejías y misterios, errores hermosos. Es que a veces no hay mayor herejía que la santidad.

¿Es cierto que el enviado del proceso fue un cardenal argentino de apellido Bergoglio (el papa Francisco)?

En mi novela sí. Pero hay un dato interesante de la realidad: pocos días antes de ser elegido Papa, el obispo Jorge Bergoglio escribió una carta a la Sociedad Chestertoniana de Argentina, o a alguno de sus miembros, autorizando que se rezara, en privado, una oración que pide la canonización de “San Gilberto”.

¿Alguien en particular inspiró el personaje de Cinzia, otra de las protagonistas?

Sí: ella misma: Cinzia Crivellari, mi profesora en Venecia y una de las personas más sabias que he conocido en la vida. Su método pedagógico es el mejor que pueda haber, la pasión. La llamé y le dije que si me dejaba ponerla en la novela, me respondió con su acento veneciano: “Llevo casi 60 años soportando la realidad, ¿te parece que a estas alturas me va a importar la ficción?”.

En un momento dado, el protagonista debe escoger el nombre de Percy Thrillington. ¿Hay acá implícito un guiño particular suyo a alguien?

Sí. Es un seudónimo que se inventó Paul McCartney para lanzar un disco instrumental, una joya, en 1977.

¿Cómo llegó a la estructura de un río que atraviesa grandes lagos, que le permite al protagonista divagar sobre otros temas como Casanova, los Beatles, Aby Warburg y Bernard Shaw?

Pues quería eso: contar una historia que atraviesa la novela, que es la historia de la santidad de Chesterton y los milagros y la fe. Pero con digresiones y saltos y extravíos todo el tiempo, para que el lector llegue tan perplejo al momento de la perplejidad, que allí le parezca que ya nada es increíble.

¿Cuál siente que fue el mayor desafío a la hora de lograr esta estructura?

Soltar las riendas y luego volver a cogerlas para no desbocarme. Es lo que intento hacer, y que está en muchos autores a los que adoro: Miklós Szentkuthy, Álvaro Cunqueiro, Javier Marías, Aulo Gelio, Giorgio Manganelli, por no hablar del propio Chesterton o de Cervantes. Pero al final, más allá de la estructura, lo que importa es la historia, el cuento.

¿Qué produce en usted Italia, que sin duda atraviesa la novela como telón de fondo, de una manera muy personal?

Italia es la otra mitad de mis orígenes: es el recuerdo de mi nonna, todos los días. Y produce en mí una gran nostalgia, que es la tristeza de cuando nos acordamos de una alegría.

¿Qué han significado los libros en su vida?

La mejor versión de la vida.

¿Cómo surgió esa extraña y deliciosa manía suya de catar los libros a través de su aroma?

Cada libro tiene su olor, su alma, su cepa; como la gente. Y a veces, no siempre, hasta el contenido de los libros se puede descifrar así. O eso quiero creer.

Las palabras parecieran ser otra de sus fascinaciones. Como ‘ahotado’, a la que usted le rinde tributo a lo largo del relato. Fue este uno de esos tesoros escondidos fascinantes que se encuentran los autores. Además de libros antiguos, ¿también colecciona palabras?

Iba a escribir ‘agotado’ y digité mal, me salió esa. La busqué en el diccionario y me gustó tanto que la dejé; quedó mejor, fue una serendipia. Y sí: las palabras son nuestro tesoro más grande.

En una parte el protagonista, que es un profesor, se refiere a unos nombres en particular: Alonso Quijano, Borges, Alfonso Reyes, Nicolás Gómez Dávila y Aby Warburg. ¿Han sido ellos, también, una especie de guías intelectuales en la formación de su pensamiento?

Sí. Aby Warburg fue el creador de la mejor biblioteca del mundo, regida por el azar. Y los otros nombres son también presencias tutelares en mi vida. Lo que escribo nace siempre de la gratitud por mis maestros. La literatura es la mejor de las celebraciones: sobre eso también es mi novela.

¿Por qué ‘El hombre que no fue Jueves’?

Es un homenaje al título de una de las mejores novelas de Chesterton: 'El hombre que fue Jueves'. Una novela que es sobre el bien y el mal, pero también sobre la manera en que la ficción va invadiendo y determinando a la realidad, hasta disolver la frontera tan tenue y risible que separa a la una de la otra. Y al final nadie sabe dónde queda qué, nunca.

Tras los recovecos históricos

Juan Esteban Constaín (Popayán, 1979) es historiador con énfasis en lenguas clásicas. En el 2003 publicó ‘Librorum’, obra filológica e historiográfica sobre los textos antiguos del Colegio Mayor del Rosario de Bogotá. También escribió la novela ‘¡Calcio!’, con la que obtuvo, en el 2010, el Premio Espartaco de la Semana Negra de Gijón (España), a mejor novela histórica. Allí aborda el cuándo y el dónde se jugó el primer partido de fútbol. Es autor de ‘Los mártires’ (2004), un libro de relatos sobre escritores, y ‘El naufragio del imperio’ (2007).
Relatos suyos han aparecido en las antologías ‘27 escritores colombianos’ (Planeta) y ‘Calibre 39’.
Así mismo, es docente universitario, columnista de este diario y conferencista.

¿Dónde y cuándo?

Juan Esteban Constaín presenta este domingo su nueva novela, ‘El hombre que no fue Jueves’, en el salón de Protocolo de Corferias. Allí conversará con Roberto Pombo, director de EL TIEMPO, a las 5:30 p.m.

CARLOS RESTREPO
Redactor de EL TIEMPO

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