DEFENSA DE UNA INSTITUCIÓN
Viernes 21 de febrero, 2014
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

Amigos:

Juan Esteban Constaín, columnista de el diario El Tiempo de Bogotá, Colombia, se refiere a asuntos que desprestigian a sus protagonistas.

Cordialmente,

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  DEFENSA DE UNA INSTITUCIÓN
Por: JUAN ESTEBAN CONSTAíN |
El Tiempo. Bogota.
5:57 p.m. | 19 de Febrero del 2014

 Pasa también, todo el tiempo, con eso que algunos llaman 'la inteligencia': que no lo es. Pasa que la inteligencia del mundo hace mucho dejó de ser inteligente.

Ante el grotesco y confuso episodio de la central de inteligencia de Colombia que funcionaba en el Buggly –es que también se dan garra–, debo decir que yo no he entendido nada. Y creo no ser el único, pues las versiones de la prensa son tan absurdas y contradictorias, a cual más, que parece que quienes estaban allí metidos tampoco entendían ni sabían nada, y que todo resultó ser una ilusión. Una central de inteligencia fachada que encubría las actividades de un restaurante de almuerzos caseros.

Pensé entonces, no sé muy bien por qué, o sí, ya ni sé, o sí, en esa novela de Chesterton cuyo argumento algunos recordarán aquí, El hombre que fue Jueves. Una hermosa novela de espionaje que es también un tratado teológico sobre el bien y el mal, en la que un grupo de policías heroicos se infiltra en un grupo de anarquistas perversos, solo que ninguno de ellos se conoce entre sí y no sabe que los demás son también policías encubiertos. Al final todos los anarquistas terminan siendo detectives; los perseguidos, perseguidores. Esa es la trama.

Y el título un juego de palabras, porque cada uno de los siete miembros del Consejo Central Europeo de Anarquistas, cada uno de esos siete policías encubiertos, oculta su verdadero nombre con el de un día de la semana, y el protagonista de la novela, Gabriel Syme, es elegido para ser el jueves: el hombre que fue Jueves. Como todas las historias de Chesterton –¡santo súbito!–, esta plantea, en el fondo, el problema religioso del bien y el mal. Por eso, el jefe de los anarquistas y policías, Domingo, es también una metáfora de Dios, que es una metáfora de Dios.

Ya se ha dicho hasta la saciedad pero no sobra repetirlo: es impresionante cómo la literatura de toda una época, entre las décadas finales del siglo XIX y las primeras del siglo XX, adivinó muchos de los horrores y las miserias que estamos viviendo en la nuestra, con el gobierno desbocado de las máquinas y con la intromisión en nuestras vidas, hasta lo más recóndito, de la mirada de los otros, del otro: ese Gran Hermano que somos todos y que por eso mismo ya no sabemos dónde está. Domingo era también el Gran Hermano, que es una metáfora de Dios, que es una metáfora de Dios.

Esa es la otra paradoja maravillosa con la que juega Chesterton en su novela: en un mundo cada vez más conspirativo y en el que todos sospechan de todos, no hay mejor manera de ocultar las cosas que dejándolas sobre la mesa. Cualquiera sospecharía que un viejo profesor que vive solo y triste es un anarquista; pero nadie le va a creer a un anarquista que dice que lo es y lo grita a los cuatro vientos. Pasa también, todo el tiempo, con eso que algunos llaman “la inteligencia”: que no lo es. Pasa que la inteligencia del mundo hace mucho dejó de ser inteligente.

Aunque esta columna no era para hablar sobre Chesterton –o sí: ya ni sé– sino sobre una institución de la patria, quizás la única respetable, que fue deshonrada en este episodio truculento y confuso del Buggly. Me refiero, por supuesto, a los restaurantes de almuerzos caseros, los corrientazos. El último refugio verdadero del alma nacional con sus virtudes, adonde millones de colombianos hemos ido a comer el menú clásico: sopa o fruta, carne, arroz, papa o plátano y de principio pasta o frijol. Jugo y postre, más papa en vez de arroz o huevo en vez de carne.

Este escándalo de las ‘chuzadas’, que más que de Chesterton parece del Superagente 86, les ha hecho un daño irreparable a los restaurantes honorables de Colombia. Un daño que no tiene perdón de Dios.

Todos, con razón, estamos indignados. Por eso me sumo al coro con este desagravio inútil. Hoy que también fue jueves y hay mojarra.
catuloelperro@hotmail.com

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