EL VOTO
De:  Mario Pachajoa Burbano
Sábado 11 de octubre, 2014.
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mariopbe@gmail.com>


¿OBLIGACIÓN O DERECHO?
Por: Gloria Cepeda Vargas.
cepedagloria@hotmail.es 
El Nuevo Liberal.

10 de octubre, 2010.


La tendencia a la aprobación del voto obligatorio en Colombia, surgida el 25 de septiembre como parte del proyecto de ley de Reforma del Estado presentado por el presidente Santos, desconcierta.


La obligación es compulsiva. Muchas veces recurso de desesperados, obliga, apremia o compromete sin contraprestación. Derecho es vocablo que expresa garantía de civilización y democracia. La primera palabra amenaza, la segunda dignifica. Poseer un derecho y ejercerlo libremente, significa confianza en el otro y en sí mismo. El senador Roy Barreras del partido de la U, califica este peregrino proyecto como instrumento democrático. Se insta a eliminar con su aplicación la corrupción institucionalizada y a crear conciencia ciudadana ¿Cómo? ¿Con qué arcana logística lograríamos tal milagro o voltereta tridimensional?

No puede ser que se sirvan en el mismo plato derecho, obligatoriedad y democracia. Estas voces, ni sinónimas ni asonantes, hasta etimológicamente se repelen. Por simple lógica, no puede reforzarse la lectura de la abstención electoral, con un argumento tan infantil. Da qué pensar la ceguera del poder a la hora de buscar la raíz de esta cojera milenaria que hace de la colombiana una de las sociedades más desiguales del planeta.

A buena hora detecta el gobierno esta gravísima falla en el mecanismo que faculta para gobernar en Colombia. ¿Llevándonos de las narices a las urnas se borrará la desconfianza del electorado en las autoridades? ¿Arreándonos como una piara de cerdos, empezaremos a caminar? La corrupción que hace olas en juzgados, cámara, senado, cárceles, ejército, universidades y demás yerbas, pasará a ser historia si a empujones nos llevan a “disfrutar” del derecho que concede esta democracia llena de carantoñas?

El pueblo colombiano, es decir, “las gentes del común”, los de ruana y callos hasta en el alma, constituye la porción más noble de la sociedad. Si tanto ellos como los pofesionales, empresarios y hasta políticos de bien (que los hay), vieran en sus mandatarios funcionarios dignos de confianza y no esta horda ávida que a punta de tamales, billetes, sancochos, notarías, embajadas, magistraturas y demás mercancía a la disposición del mejor postor, otro gallo cantaría.

La gente no vota en Colombia sencillamente porque no cree en el candidato de turno. Si estas jornadas discurrieran como un derecho retroalimentado por la honradez del gobernante y la satisfacción del elector, no tendrían necesidad de apelar al rebenque y el bozal.

Además, el acto de elegir nuestro supremo administrador, es un compromiso de dos caras. No pueden adjudicarlo solo al pueblo. Si la mercancía está averiada, como este caso, no pueden obligarnos a adquirirla.

Sé que somos apáticos e inapetentes ante ciertas circunstancias que reclaman nuestra colaboración, pero señores del primer piso, un sistema que apele a la fuerza bruta para beneficiarse, se invalida por osadía o por inercia.

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