EL REFERENTE ESENCIAL PARA WASHINGTON D,C.
De:  Mario Pachajoa Burbano
Lunes 2 de junio, 2014
mariopbe@gmail.com
Bitácora Patoja


Amigos:

Marc Bassets, nació en Barcelona, España en 1974. Corresponsal de 'La Vanguardia' en Washington. Fue corresponsal en Nueva York y en Berlín. Entre 2000 y 2002 trabajó en la corresponsalía del diario en Bruselas, después de especializarse en la Unión Europea en el Centre Universitaire d'Enseignement du Journalisme de Estrasburgo. Licenciado en Humanidades y en Periodismo en la Universitat Pompeu Fabra, comenzó a escribir en 'La Vanguardia' en marzo de 1999. Con anterioridad, colaboró con 'El Punt'.

Cordialmente,

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EL REFERENTE ESENCIAL PARA WASHINTON
Por: Marc Bassets
El Pais, España
Washington 2 JUN 2014 - 13:32 CE

Es difícil entender la figura del Rey Juan Carlos sin su vínculo con Estados Unidos. Fue en este país donde empezó a definir su papel político y a explicar al mundo la España en transición. Su papel central en la relación entre EE UU y España se desdibujó en años recientes por el declive de salud y los escándalos que rodearon a su familia.

Pocos mandatarios del mundo, por no decir ninguno, puede jactarse de haber conocido a todos los presidente de EE UU desde John F. Kennedy. Este hecho, recordaba en una entrevista reciente el historiador Charles Powell, es un activo único del que otros países medianos como España no han podido disponer.

Un ejemplo: los últimos dos presidentes españoles, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, tuvieron que remover cielo y tierra para ser recibidos en la Casa Blanca. Cuando lograron verse con el presidente de EE UU, fue en una reunión de trabajo, un formato que ofrece poco margen para la conexión personal.

Cuando el presidente Barack Obama recibió al Rey, en 2010, lo hizo con un almuerzo al que asistió la entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, además de otros altos cargos de la Casa Blanca. Que el Rey fuese agasajado de tal forma es un reflejo de su larga relación con los presidentes de EE UU. La sintonía con los Clinton —Bill y Hillary— siempre fue evidente.

El viaje de los príncipes Juan Carlos y Sofía, en 1971, fue decisivo a la hora de proyectar una imagen de juventud y dinamismo tanto fuera como dentro de España. En la España acartonada del último franquismo, que una personalidad pública de su calibre hablara inglés y se relacionase con naturalidad con figuras de la política y sociedad de EE UU no dejaba de llamar la atención.

EE UU volvió a tener un papel fundamental en su biografía política cuando, el 2 de junio de 1976, pronunció un discurso ante el Capitolio en el que abandonó la ambigüedad que había cultivado en los seis meses anteriores, desde que fue proclamado Rey. "La Corona", dijo, "asegurará el acceso al poder de las distintas alternativas de Gobierno, según los deseos el pueblo libremente expresados". El Rey no había pronunciado esta frase en España; el discurso en el Capitolio fue uno de los hitos de la transición.

EE UU volvió a tener un papel —colateral pero llamativo— durante el golpe del 23-F. Las palabras del secretario de Estado Alexander Haig a un periodistsa de EL PAÍS —es un "asunto interno"— alimentaron durante años las teorías conspirativas.

El Rey ha aportado durante años la ‘human touch’, el toque humano, a las relaciones bilaterales con Estados Unidos y ha ejercido deback channel, de vía de contacto discreta entre Madrid y Washington cuando las relaciones se tensaban. En plena era glacial, cuando Rodríguez Zapatero provocó la ira de George W. Bush al retirar las tropas de Iraq, Bush recibió a Juan Carlos en su rancho de Texas.

Las cosas se han empezado a torcer en los últimos años. Las informaciones sobre episodios de corrupción y el deterioro de la imagen de la monarquía han ocupado las portadas de medios prestigiosos e influyentes como The New York Times. Una visita del Rey a este diario coincidió, precisamente, con la publicación de un reportaje que retrataba de una manera cruda y devastadora la España en recesión. El charme y la human touch habían desparecido. La campechanía y simpatía natural ya no bastaban. El sueño americano de Juan Carlos I era cosa del pasado.

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