NUESTROS PERSONAJES TIPICOS. EPILOGO.
Viernes 25 de enero, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Gustavo Wilches-Chaux ha escrito el Epílogo del nuevo libro
del escritor Horacio Dorado Gómez "Nuestros Personajes
Típicos"
. Transcribimos hoy sus interesantes comentarios.

Cordialmente,

***
"Nuestros personajes típicos".
De: Horacio Dorado Gómez
Epílogo.
Por: Gustavo Wilches-Chaux


Gran honor me hace Horacio Dorado Gómez cuando me invita a escribir las palabras finales de su libro sobre "personajes típicos" de Popayán.

 El Diccionario le otorga a "típico" dos acepciones: "Característico o representativo de un tipo" y "Peculiar de un grupo, país, época o región". Ambas o cualquiera de las dos, justifican el uso de esa palabra en el texto de Horacio, pues verdaderamente todos estos personajes (y algunos otros que quedaron por fuera de la publicación), con los cuales convivimos por 1o menos dos y aún tres generaciones de popayanejos, son representativos de esa ciudad que fue, y de esa manera inasible de ser los patojos, en la cual eran -y en algunos casos todavía son difusos y confusos los limites entre la locura, la genialidad y una "cordura" entendida y ejercida muchas veces de manera no convencional.

Sea la oportunidad para evocar al inolvidable Carlos González Vidal, con quien alguna vez fuimos a oír un "Quinteto de Cuerdas" al Paraninfo de la Universidad. Cuando salieron al escenario las cinco conocidas intérpretes, me expresaba Carlos sus dudas acerca de que efectivamente todas fueran "cuerdas", como 1o anunciaba el brochure.

Porque, como dice Erasmo de Rotterdam en su cada vez mas actual Moriae Encomium (publicado en 1511), "verdaderamente hay dos clases de locura: una, la que las Furias engendran en el infierno cada vez que lanzan las serpientes que despiertan en el pecho de los mortales la pasión de la guerra y la inextinguible sed del oro [...] y otra locura muy distinta que es apetecida por todos y que normalmente se manifiesta por cierto alegre extravío de la razón que al mismo tiempo libera al alma de sus angustiosas preocupaciones y devuelve el perfume de múltiples deleites."

Es esta última la que encarnan los personajes con quienes el autor nos regala la oportunidad de volver a conversar, y son esos "múltiples deleites" los que nos producen sus memorias.

Posiblemente con un par de excepciones, a todos esos personajes los conocí, porque, como bien lo cuenta Horacio, formaban parte de la cotidianidad en Popayán.

Guineo (recordarán quienes 1o conocieron que se parecía, en muy chiquito, a Charles Bronson, el actor), en su metamorfosis de cura a jerarca civil y a militar, era una caricatura viva, sarcástica, urticante y permanente de las instituciones y de la sociedad. A uno, francamente, le parecía normal.

Murillo (en estas páginas me vengo a enterar de que los varones eran dos), poseía una memoria prodigiosa que le permitía recitar sin vacilación y con su tierna, benévola y monótona voz, discursos completos como "La última Proclama del Libertador":

Colombianos: Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad ...", y así seguía, con una expresión indescifrable neutral, hasta el implacable final: "Yo bajaré tranquilo al sepulcro".

Pasa por alto Horacio el dato de que Chancaca , Olmedo Vidal, era hijo de "Pateguaba", que  también era un connotado flautista popular, cuyos vástagos eran todos virtuosos de ese instrumento musical. Precisamente a Chancaca, haciendo referencia a un hermano de él que había muerto años atrás le solíamos reclamar, sabiendo de antemano la respuesta que nos iba a dar:

 -"Chancaca, pero tu hermano tocaba flauta mejor que vos..."

-"¡Pero tocaba!", contestaba el juglar.

Con alguna frecuencia evocó a Chancaca cuando por alguna razón se llega al tema de la "regla de tres". Una vez fue víctima de unos asaltantes y cuando sus contertulios habituales en la Plazuela de Santo Domingo fuimos a preguntarle los pormenores del hecho, nos explicó: "Por robarme dos pesos me pegaron dos puñaladas. Donde hubiera tenido diez pesos ... me matan esos HPs".

Y así. La lectura de estas páginas nos revuelve la memoria y es necesario hacer un esfuerzo para no meternos un rato al Sotareño y para no abusar de la generosa hospitalidad del autor y del lector. No resisto, eso si, la tentación de recordar a "Catecismo", otro personaje que existió en Popayán posiblemente antes de que hubiéramos llegado al mundo Horacio y yo, pero de quien me sé la siguiente historia familiar: estaba en su adolescencia una tía mía, hermana mayor de mi mamá, y diariamente Catecismo le llevaba a regalar una rosa cuando ella se asomaba al balcón. Un día pasó Catecismo por ahí y como mi tía no estaba en el balcón, Catecismo le mandó a decir que le tenia la flor. Ella, de manera muy evidente, se hizo negar. Catecismo se dio cuenta y le dejó la siguiente razón:

 "Díganle a la señorita que la culpa no es mía sino del rosal".

Si: esa era la mansa locura que durante muchas décadas flotó como una niebla sutil en la atmósfera de Popayán.

Hoy la ciudad bulle a un ritmo distinto, con una turbulencia que trae consigo otras locuras, distintas corduras y una inédita vitalidad, pero a la cual la ciudad no se acaba todavía de adaptar. O para ser más exactos: a la cual todavía no se ha comenzado a acomodar.

Repito aquí lo que ya he dicho y escrito en otras oportunidades: Popayán, que siempre había tenido la vanagloria de creerse "una ciudad europea", nunca había sido antes tan europea como ahora cuando, mutatis mutandi, como sucede en las grandes capitales de Europa, se han volcado sobre ella todas sus ex colonias antes lejanas. De esos hervores, con el paso de los años surgirán con toda seguridad nuevas memorias compartidas, nuevos arraigos, nuevas identidades, capaces ojalá de aprovechar al máximo toda la riqueza que existe en lo "multiétnico y pluricultural".

Cuando el silencio retoma su lugar en las noches, los fantasmas de todos estos personajes con los que en este libro hemos vuelto a caminar, regresan también a las calles, a las plazuelas, a las esquinas, a los rincones de Popayán.

Quienes, de una u otra otra manera en nuestra generación y en sus alrededores hemos formado parte del paisaje de la ciudad y somos conscientes de que algún día retornaremos en calidad de fantasmas, confiamos en que nadie vaya a tener la cordura de exorcizarnos. Mas bien estamos prestos a atender a quien, como el autor de estas páginas afortunadas, incurra en la locura de volvernos a invocar.

Bogotá, Octubre 1de 2012


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