MARUJA VIEIRA
Lunes 7 de octubre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

Amigos:

Maruja Vieira en su  libro "Ciudad Remanso, Popayán", recoge la serie de crónicas que escribió cuando vivió en Popayán. En esta ocasión, que no será la última, reproducimos la titulada "A las seis de la tarde".
"Cómo está de bien captado lo esencial, lo envolvente de Popayán en este folleto de treinta páginas que Maruja Vieira bautizó “Ciudad Remanso”. Todo es evocación, ensoñación, dulce cansancio, paz, un súbito deseo de hacer versos, de conversar en voz baja. [Luis Eduardo Nieto Caballero, El Tiempo, Bogotá]

 
Maruja Vieira, poetisa, escritora, periodista y especialista en la ciencia de la comunicación. Vivió por largo tiempo en Popayán en donde participó activamente en sus centros culturales y literarios. Nació en Manizales. Su esposo fue el poeta caucano  José María Vivas Balcázar, fallecido hace ya muchos años. Dirigió programas de radio y de televisión, inclusive en Venezuela.

Cordialmente,

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A LAS SEIS DE LA TARDE
Por: Maruja Vieira
Popayán. Colombia
.

Me han preguntado muchas veces y muchas gentes qué clase de encanto, de embrujamiento sufro por Popayán. Qué habré encontrado en su aire, en su tierra, en sus caminos, para estar añorando su cielo a toda hora, aún bajo el cielo de otros países. Es imposible verter en una página, en una sola página, todo el encanto luminoso del tiempo vivido!. Larga, interminable lista de cifras amadísimas…nunca terminaría de decir los nombres que me atan irrevocablemente a la añoranza de los días transcurridos. Alina, Luz, Luz Alina… qué bella canción para cantarla con la música nocturna del rio Cauca, en el ancho corredor de Belalcázar, perfumado por el aroma de las magnolias que se abren!

No hay nada más hermoso que Popayán a las seis de la tarde, cuando por las calles camina, solemne, el eco de las campanas de Santo Domingo y empiezan a encenderse, transparentes, los anchos faroles de los viejos portales. A esa hora perfuman más que nunca el aire las violetas del patio de la casa de Guillermo Valencia y en el jardín el amarillo de los lirios se confunde con el oro del sol que se apaga en el valle. A esa hora comienzan a reunirse en el parque, bajo las ramas de flores increíbles, grupos de gentes que hablan. Sí, que hablan. Tranquilamente dialogan en el instante en que en otras ciudades corre la gente desbocada, al galope de los buses o de los automóviles.
Hablan y dicen versos sin que a nadie le extrañe. En Popayán parece lógico y común hablar de versos..

Pero hablábamos de Popayán a las seis de la tarde. Es la hora del balcón. Puede ser el balcón de la casa de Carmen Paredes o aquel otro frontero, donde brillan los ojos azulísimos de Carmenza Aragón. O el de la casa de la dulce Ruth o aquél otro de Cecilia Chaux. Yo también pediría, como Claudia Paredes Olano, que me traigan uno de aquellos balcones. Claudia tiene tres años y yo bastantes más, pero estamos de acuerdo. Tal vez veamos pasar, lenta, erguida y venerable, la silueta del maestro Sanín Cano. O vislumbremos en otro balcón el perfil patricio de don Carlos Simmonds. Un grupo alegre de estudiantes avivará la esquina de la universidad. Y el rector, tan joven como un estudiante más, estará departiendo con ellos en camaradería cordial. No importa la hora. Puede ser el amanecer, cuando el Puracé eleva su eterna columna de humo hacia el espacio. O el medio día, cuando el aire se caldea y electriza y bajan las torcazas al patio lleno de flores de Luz Paredes de Zambrano. O la tarde, o la noche. No hay grandes restaurantes ni cabarets, ni nada de lo que la gente se empeña en llamar “progreso”, “civilización”, “adelanto”. Hay belleza, armonía y paz. Al menos yo, en la lenta ciudad de sueño y bruma supe encontrarlas. Añoro aquellas horas y “soy gota de agua del nostálgico pozo” para repetir las palabras de Helcìas Martán Góngora, nostálgico a su vez. Siempre se aunará mi amor intenso por mi Manizales nativo y por Bogotá, que acogió mi adolescencia, mis sueños y mis realizaciones, con la nostalgia infinita de la ciudad-remanso, que veo siempre al final de mi camino con sus ríos, sus lirios, sus violetas y sus atardeceres milagrosos.


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