ERA UN SUEÑO
Martes 15 de octubre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
http://mariopbe.com/

Amigos:

Neftalí Sandoval -Vekarich, payanés, poeta, escritor, ensayista y activista cultural, conocido en el mundo de las letras como Paul Disnard, es hijo del poeta quilichagüeño Neftalí Sandoval Velasco y la poetisa  Adela Vekarich de Sandoval (nacida en Ragusa, Dubrovnik). En este notable escrito nos hemos permitido tomar fracciones de sus notas relacionados con  el recuerdo de sus primeros y juveniles años en Tulcán, Santander de Quilichao y Popayán.  El escrito completo puede leerse en:

      http://mariopbe.com/a3vek2.htm

Cordialmente,

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ERA UN SUEÑO
Posted: 16 Sep 2010 01:02 PM PDT
Por: N. Sandoval-Vekarich
Fracciones.
Publicado por: Alfonso José Luna Geller
Proclama-Norte del Cauca


Quilichao era un sueño, en nuestra imaginación infantil una charada, una metáfora incomprensible como las libélulas que unos llaman caballitos del diablo y otros, más pintorescos y más ágiles, se permiten asociarlas con las míticas hadas que nunca del todo abandonaron nuestra febril imaginación de niños inquietos y terribles.

Nuestro compañero de juegos era Jorge Lemarie, hijo de inmigrantes franceses que en Tulcán, ciudad fronteriza del Ecuador con Colombia, eran dueños para nosotros de un maravilloso hotel y de un cinematógrafo del que éramos consuetudinarios visitantes, de haber sido posible allí dormir lo habríamos hecho, de tal suerte que jamás habría podido Buck Jones o Tim McCoy bajarnos de los albos caballos o del Pinto que le envidiábamos a Tonto, el exótico compañero del Llanero Solitario. Tuvieron una fábrica de ladrillos que el día menos pensado dejó de existir. En los hornos desechados que servían de escondites y a través de los largos callejones del inmenso taller abandonado solíamos jugar utilizando pistolas de madera y arcos rústicos para arrojar flechas hechas con las cañas de maíz; acullá diseminados en el suelo o en sus hormas de madera adobes y restos de adobes a la intemperie pulverizados y secos.

Nuestra novia era de carne y hueso, fielmente copiada de las heroínas del celuloide. Ocultos tras una tapia la seguíamos con la mirada en su camino a la escuela de niñas regentada por monjas, por hermanitas de la caridad. Hablábamos de ella cuando no cabalgábamos con Buck Jones y muy audaces imitando a los vaqueros nos poníamos a fumar los cigarrillos que, como quien no quiere la cosa, substraíamos de las chaquetas de nuestros papás olvidadas en algún perchero o dobladas sobre los asientos en el comedor. Ese rostro moreno y su lustrosa cabellera oscura nos acompañaría toda la vida.

Un día intempestivamente papá nos dijo: “Vamos a Quilichao”. Solamente Eddie y yo que éramos los mayorcitos iríamos con él, mamá quedaba en Tulcán con los más pequeños, la premura del viaje era la agonía de Elvira, la hermana mayor. Viajar para mí era entonces un tormento, los largos trayectos en buses de línea trepando y bajando montañas y laderas, soportando indistintamente fríos y calores me provocaban mareos, vómitos a través de la ventana del vehículo y con el agradable viento helado azotándome el rostro, un deseo infinito de dormir en los brazos de papá, deseando no haber viajado nunca, añorando a Nelly, nuestra inalcanzable heroína hija del Cónsul de Colombia.

Popayán, olor a membrillo, naranjas en dos abiertas por la cuchilla del sol, a nísperos y a limones maduros, con sus enormes calzadas, solitaria y azul, era una bella estampa de colores, arriba la estatua de Bel Al Kazar en el Morro de Tulcán, abajo a la altura de las calles las iglesias y monasterios coloniales, un parque frondoso y festivamente alado y sutil por enjambres de gorriones glotones e inquietos, una torre cuadrada con un reloj inmenso incrustado en la cara que daba hacia el bronce del sabio Caldas. La casa de los Pérez Velasco, que nos acogió y dio hospedaje, tenia pintadas de verde las puertas y las columnas de madera en contraste con las blancas paredes y las macetas de flores en torno a un patio rectangular y amplio que permitía ver el cielo, siempre azul, siempre transparente y luminoso. En la cocina, la tía Judith amasaba pandebonos y aderezaba pastelillos de todos los gustos y sabores para acompañar el chocolate caliente y batido con vainilla y claras de huevo. Uno que otro automóvil se veía aparcado bajo el frondoso follaje de un Carbonero, así llamaban a aquel árbol orgullo milenario que no olvidó Efraím Martínez en su alegoría a Popayán en el Paraninfo de la Universidad: flotando sobre el espíritu de la ciudad, a manera de una hada voluptuosa y desnuda, el pintor eternizó a Matilde Espinosa cuya figura poéticamente etérea sigue deslumbrando en muchos de sus lienzos soñadora y fugaz.

A Quilichao llegamos en tren por la noche. Era un tren verde, la locomotora despedía un humo muy negro y muy espeso. A veces caía en los ojos un polvillo inverosímil de carbón. Los asientos eran color crema, de un tejido de palma muy sutil y estrecho. Paraba en algunos pueblecillos bulliciosos. Niños de piel muy bronceada y negras risueñas y gordinflonas vendían toda clase de golosinas, pandebono, pandeyuca, panelas de guayaba, manjarblanco, alfandoque, alfeñique, suspiros/merengues, piñas en rodajas, naranjas (me acordaba de las de Balsapamba en el Ecuador), tamales de mote, envueltos de choclo, empanadas de pipián, soda Postobón, “Colombiana” y así hasta lo indecible, el tren era el más hermoso recuerdo de mi infancia; nunca olvidaré aquella estación en cuyo andén de espera papá repartía dulces entre los chiquillos que curiosos se acercaban a jugar y hacernos compañía hasta que ya próxima la locomotora se anunciaba con un pito agudo y estridente.

La abuela me compró una camisa de percal. Traté de imaginarla cuando tenía 20 años, teniendo a la vista una foto que una tarde sacó Henry del álbum familiar para que yo la conociera. Era exactamente igual a la tía Vicenta cuando don Ismael perdiera la cabeza por ella. ¿La perdería?, me preguntaba viéndolo tan circunspecto, tan barrigón y ausente de toda cháchara a la hora del almuerzo que servía ágil y silenciosa Domitila, la indígena paece que creció desde muy niña al amparo de esa familia excepcional. ¡Domitila, bendita seas! Un día el amor también llegó por ella y se fue feliz tras del hombre que le robó el corazón y la paz del alma. Si, la recuerdo con un cariño imperecedero, por ser parte y un todo de las más hermosas añoranzas que guardo de Quilichao, quizá porque Nora sembró en mi corazón sueños, amorosos poemas dulzones y tiernos, aventuras y arrebatos eternizados en el tiempo, flores exóticas que penden de los años como las macetas en la casa verde de mi tía Judith en Popayán.

N. Sandoval-Vekarich
Posted: 16 Sep 2010 11:53 AM PDT

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