EDUARDO SARRIA MOLINA
Domingo 19 de mayo, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Juan Diego Vejarano Moreno, poeta, escritor, músico payanés, nos
ha enviado la nota que reproducimos hoy sobre el Mayor (R)
Eduardo Sarria Molina, casado con María del Pilar Ayerbe
Chaux, hija de don Julio Ayerbe Segura y Adelaida Chaux Navas.
Agradecemos a Juan Diego el permitirnos su distribución por la Red
payanesa.

Cordialmente,

***

EDUARDO SARRIA MOLINA
Por: Juan Diego Vejarano Moreno.
Mayo 2013

Estuve recordando al caer de la tarde, nombres de repentistas payaneses que se han destacado por su ingenio. Bastaba un epigrama, un disparatorio, una frase, una palabra, un chispazo, para arrancarle una irresistible carcajada a cada uno de los contertulios o a los desprevenidos, quienes prestos avivaban el fino humor de estos extraordinarios y elocuentes bardos. 

Vienen a mi mente los nombres de Benjamín Iragorri Diez, Alberto Mosquera, Manolo Martínez Espinosa, Vicente Paredes Pardo, Livio Paz Navia entre muchos otros, pero hoy quiero referirme de manera especial, al incasable lector, al hombre de las anécdotas, al perspicaz conversador, se trata de mi Mayor Eduardo Sarria Molina. Este hombre que nació en suelo payanés, pero que precoz despegó por décadas hacia las nubes colombianas, y que, “ de cuando en vez “, osado se dirigía en picada hacia la casa de don Julio Ayerbe Segura, para impresionar con su bimotor a su bella prometida María del Pilar, aquel que en su madurez y por su retiro, aterrizaría en su finca” Conestay” o “Punta Seca” como la apodaba él, en los predios del “Medio” , aquella islita sin mar, rodeada de los suburbios del norte de Popayán, en donde daría rienda suelta a su creatividad como agricultor, escritor, maestro de cocina, carpintero, electricista, jardinero, ganadero y productor de los quesos y panes más ricos que hayan percibido mis papilas y sentidos… Ahí en su refugio, atizó su alma libre, su avidez por la lectura, su amor por el paisaje y rememoró su carrera militar del aire, rodeado de la vaquita lechera llamada Calabaza, de un mimado coro de cuyes, del viejo Bolívar, no el Libertador, claro, y de Fercho, su fiel sabueso, al que llamaría luego y sin piedad alguna, Feorcho.

Sin duda Eduardo está en la memoria de muchos, y el primer recuerdo que de él tienen sus amigos o allegados, es sobre sus espontáneas, gratas e inteligentes charlas, las cuales ha matizado intermitente y adrede, con sus geniales ocurrencias o bestiales apuntes de humor.

En estos difíciles momentos de su vida, rodeamos a Eduardo con la sinceridad de nuestro abrazo y con la fe puesta en Dios, para su pronta recuperación.

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JUAN DIEGO VEJARANO MORENO

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