INICIOS DE UNA REVOLUCIÓN
Martes 29 de octubre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
mariopbe.com

Amigos:

Jorge Eliécer Quintero Esquivel, doctor en historia, Universidad Nacional de Colombia. Profesor, Universidad del Cauca, se refiere en su articulo "La independencia en el Gran Cauca, Mariquita y Neiva" a los orígenes e inicios de la revolución en contra la monarquía
española.

Cordialmente,

***

Revista Credencial Historia.
Bicentenario Independencia 1810-2010 
(Bogotá - Colombia). 
Edición  321- Mar, 2013-08-06
Marzo de 2010



LOS INICIOS DE UNA REVOLUCIÓN.

Miguel Tacón y Rosique no era un gobernador que se dejara amedrentar por las novedades calamitosas de la península. Sabía muy bien que si el rey, por la invasión napoleónica, había sido despojado del trono, él estaba junto con el poder virreinal en Santafé, para representar la legitimidad en la vasta Gobernación de Popayán. Tenía la convicción de que el Cabildo local, que hacía poco había jurado fidelidad a Fernando VII (29 de octubre de 1808) lo acompañaría hasta el último minuto, cualquiera fueran las circunstancias. Así que la “pérfida” y “sediciosa” invitación formulada desde Quito por el marqués de Selva Alegre, Juan Pío Montúfar para que Popayán adhiriera a la Junta Suprema que gobernaba con el título de “Majestad” y de la cual fungía como presidente, con el de “ su alteza serenísima ”, mientras el rey era restablecido en el trono, “o viniese a gobernar en América” no era una idea sincera y acorde con el pacto inmemorial de defender la religión, la patria y al rey.

La revolución de Quito (9 de agosto de 1809) había generado expectativas en Popayán, una vez se supo que algunos paisanos habían sido identificados como agitadores. Los jóvenes doctores payaneses que estudiaron en Quito y en el seminario local, y algunos que habían recibido en su breve paso por las regiones equinocciales a Alexander von Humboldt, los librepensadores y afrancesados todos, se preguntaban sobre el futuro de la “República”, habían divulgado en los corrillos y tiendas la especie de que “no habiendo rey, la soberanía quedaba en manos del pueblo”.

La respuesta de Tacón fue inmediata. Organizó una acción militar contra los sediciosos de Quito valiéndose del Cabildo de Popayán que presidía, con la propuesta de embargar los bienes de los quiteños que hubiese en esta provincia, e incluso de tomar como rehenes a los familiares de los rebeldes, igualmente de cortar y controlar su correspondencia. El regidor, abogado y profesor del Colegio Seminario, Félix de Restrepo, quien debió sentirse incómodo por la violación del principio de autonomía y del derecho individual, tan caro al pensamiento ilustrado, objetó estas acciones con argumentos del derecho de gentes, e igualmente advirtiendo la retaliación de que serían objeto los vecinos honrados, pero no tuvo éxito y debió someter su voto. Esto indicaba que el Cabildo no era unánime con Tacón. Otras voces, en el futuro más extremistas, y que representaban fuerzas locales e intereses latentes asumieron con cautela la propuesta del gobernador, tales eran: Jerónimo Torres, Antonio Arboleda, Toribio Miguez Rodríguez.

Quizás lo más importante de este hecho es que el afectar la vida social de la provincia con medidas político militares, obligaba a la reflexión sobre el futuro del régimen monárquico y sacaba a la esfera de lo público un dilema que, ni Tacón ni sus seguidores los realistas podían resolver en el ámbito privado del Cabildo: la defensa paradójica de una monarquía sin rey. Esto dejaba perplejos, incluso al pequeño grupo de letrados conspiradores que solían reunirse en la casa de Mariano Lemos. Para ellos perdía sentido la figura lejana y metafórica del rey padre , garante del orden y la justicia, quedaban en la orfandad y en la obligación de reconocerse como sujetos libres y autónomos. Camilo Torres Tenorio, abogado asesor del Cabildo de Santafé, escribía sobre ese tema a su tío Ignacio Tenorio, oidor y monarquista intransigente, quien había huido de la revuelta quiteña, persuadiéndolo de que no había otro camino que la total independencia de España, puesto que su ruina era inevitable y esto demandaba crear las juntas provinciales de gobierno a cuyas manos pasaba la soberanía “aunque los mandones”, “contra la razón y contra las leyes” no lo quisieran.

LA SACRALIDAD DEL PODER

La expedición militar de Tacón llegó hasta Pasto comandada por el payanés Gregorio de Angulo, subsidiado por los aportes económicos de los vecinos. Allí se fortaleció con las tropas de los virreyes de Santafé y Lima. Quito fue sometida y Selva Alegre renunció a sus pretensiones. Algunos de los vencidos fueron asesinados en prisión. Entre tanto, los sucesos del 20 de julio de 1810 en Santafé cambiaron el ajedrez político. Depuesto el virrey y las autoridades españolas, se erigió una Junta Suprema que solicitó a las provincias nombrar diputados. Hábilmente Tacón citó a cabildo abierto y formó una Junta de Seguridad local, dando participación a personajes de reconocido prestigio, no todos de sus afectos (José Ma. Mosquera, Andrés Marcelino Pérez de Valencia y Arroyo, Antonio Arboleda, Mariano Lemus, Manuel Dueñas y como secretario Francisco Antonio Ulloa). Esto y el quitar el estanco de aguardiente aumentó las simpatías populares del gobernador. Los caleños, dirigidos por el doctor Ignacio Herrera desconfiaron de Tacón y adhirieron a Santafé. Éste inició entonces una campaña de desprestigio de la Junta en unión de Ignacio Tenorio, “se atacó a Dn. Antonio Arboleda y al Secretario Ulloa”.

 Se formaron, por tanto, dos bandos que habían estado latentes, juntistas y taconistas. Éstos se valieron de los frailes de San Francisco, y aprovecharon su ascendiente religioso sobre las cofradías y la comunidad, para ganar opinión en contra de los primeros. El padre fray Juan Antonio del Rosario Gutiérrez, guardián de la orden, predicó sobre los peligros de la infidelidad al rey. Desde el púlpito desplegó una retórica sagrada basada en exemplas y escarmientos decantados de los más insignes predicadores y atemorizó a la población con visiones apocalípticas: “Muy pronto verán a los esposos separados, violadas nuestras doncellas hijas, manchado el lecho nupcial, y prostituidas las viudas. El altar será el pesebre de los caballos y los vasos que usan para el sacrificio de Dios serán las copas de la disolución. Se va a perder la religión de nuestros padres”.

Esto significaba que defender a España de la “perfidia napoleónica” equivalía a mantener un orden con fundamento teológico en la periferia colonial, un régimen de servidumbre “natural” del cual se beneficiaban las élites, por su relativo control sobre regiones autárquicas de un campesinado incipiente, tanto en las riberas del río Cauca y el Magdalena, como en el Chocó, Barbacoas o el Patía, este último, escondite de esclavos fugados, de traficantes de oro y de comerciantes ilegales con los que algunos patricios de Pasto y Popayán mantenían estrechas relaciones “clientelistas”. Tal era el caso de Juan Luis Obando, con cuyo hijo adoptivo, José María Obando, habría luego de negociar el general Mosquera para consolidar el Estado republicano.

Se defendía la sacralidad de la cadena de mando que empezaba en el trono y culminaba en los magistrados del poder regio colonial. Ese orden extendido teóricamente a los criollos limpios de sangre no fue totalmente compartido con ellos, a quienes la Junta de Cádiz sólo en el momento extremo los reconoció como parte integrante de la corona . Camilo Torres reivindicaba esta condición en el Memorial de agravios : “Tan españoles somos como los descendientes de Don Pelayo, y tan acreedores por esta razón a las distinciones, privilegios y prerrogativas del resto de la nación…”.

 Las élites tenían claro el valor de la burocracia como forma de distribución del poder.


***

   Si desea descontinuar el recibo de estos artículos de la Red
 payanesa por favor informar a
mariopbe@gmail.com
 
     To receive no further e-mails, from Red payanesa, please
 reply to  mariopbe@gmail.com