POPAYÁN DESDE LA TORRE DEL RELOJ
... ... ... ... de noviembre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
mariopbe.com
 

Amigos:

Jorge Eliecer Quintero Esquivel, hace un análisis del comportamiento del Cauca y en especial de Popayán a través de su historia. El Dr. Quintero fue el director del Instituto de Posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, Jorge Eliécer Quintero Esquivel, es Filósofo de la Universidad Nacional de Colombia, Magíster en Filosofía Latinoamericana de la Universidad Santo Tomás y Doctor en Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Quintero Esquivel ha trabajado como docente del Departamento de Filosofía de la Universidad del Cauca desde el año 1981.

Cordialmente,

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POPAYÁN DESDE LA TORRE DEL RELOJ.
Por: Jorge Eliecer Quintero Esquivel
Doctor en Historia, Universidad Nacional de
Colombia, Profesor, Universidad del Cauca
Credencial Historia
FRAGMENTOS..
Luis Ángel Arango.


EL TRÁNSITO HACIA LA INDEPENDENCIA

Muy pronto los jóvenes ilustrados Payaneses, Caucanos, universitarios en Quito, o egresados del mismo seminario o simplemente como grupos de autodidactas empezaron a impactar en Santafé. Algunos hicieron parte de las tertulias literarias capitalinas, se incorporaron en el complot de los pasquines (grupo revolucionario involucrado con Nariño en la publicación de los Derechos del hombre y del Ciudadano), contribuyeron con el “ Papel periódico de Santafé de Bogotá” (1791-1797) dirigido por Manuel del Socorro Rodríguez y luego con el “ Semanario del Nuevo Reino de Granada”(1808-1810) dirigido por Francisco José de Caldas. El impacto social de esta generación, seguramente fue más allá de lo imaginado por ellos mismos, para algunos no habían pretensiones distintas a las de conseguir la “felicidad pública” dentro de las leyes de la Monarquía , que a buena parte de ellos, poco o nada los afectaba. Para otros, mas avizores, como Camilo Torres, era la oportunidad del buen gobierno con participación criolla

LA CIUDAD PERTURBADA

En Popayán, ésta reflexión metafísica salió del salón del Cabildo y empezó a convertirse en caldo especulativo, en rumor que circulaba en los lugares más espurios de la cuadrícula urbana, en las tiendas de vecino, en las pulperías, en “comentarios de mujeres”. Por las circunstancias; más por la deliberación que por la guerra, la sociedad colonial se encontró en sus manos con la soberanía, no contra el rey sino en su nombre.
La metáfora del cuerpo corrupto y acéfalo se refirió al Cabildo. Un grupo social de abogados encabezados por Don Mariano Lemos, letrados de distintas tendencias incluso algunos comerciantes, consideraron conveniente constituir una “junta de seguridad” que, aunque integrada como una continuidad política del Cabildo, no dejaba de ser un poder alterno, con infiltración de algunos “ilustrados” a cuya cabeza dejaron, sin mayor agrado, al hábil Gobernador Tacón y Rosique. Los vecinos se reconocieron en su diferencia como taconistas o juntistas de acuerdo a las creencias, afectos y desafectos más insospechados, pero siempre, con el trasfondo explicativo de la fidelidad al rey y a la religión. Desde entonces, la ciudad se volvió a situar en la encrucijada de los encuentros militares de distinta índole, volvió a ser como en los inicios de su fundación una ciudad campamento sujeta, ahora, a la expoliación y al vandalismo del triunfador de turno. Según don Luciano Rivera y Garrido, desde fines de la colonia hasta el ocaso del siglo XIX, Popayán fue tomada militarmente sesenta y nueve veces.
Al ser la ciudad un espacio ritual del poder y del reconocimiento colectivo cualquier bando en confrontación debía controlar su espacio territorial, para luego consolidar su escenario desde la legitimación formal y política, desde las representaciones y las imágenes que así lo confirmaran. Desde 1811 hasta 1822 la suerte de la ciudad y de sus habitantes quedó signada por las marchas y contramarchas de los movimientos bélicos, pero también, más allá de la historia militar, por la participación de amplios sectores urbanos y rurales que expropiaron al espacio y servicio de lo público, las decisiones que la élite mantenía en el recinto privado del Cabildo. Esto convirtió a la ciudad en un espacio geopolítico con el cual había que contar para cualquier movilización militar. Ciertas dimensiones participativas y representativas de la comunidad cambiaron -así fuera temporalmente- las formas de la vida urbana, y entonces, el fugaz igualitarismo republicano hizo visibles a gentes de todos los colores que habían sido tradicionalmente opacadas o invisibilizadas.

LOS NUEVOS ESPACIOS DE LO PÚBLICO

Las celebraciones y actos públicos en el ambiente republicano sirvieron para poner en evidencia viejas tensiones, así como para evaluar lo que quedaba de la tradición en la conciencia colectiva.
Nuevos símbolos empezaron a poblar la mentalidad patriótica: el Indio, la Camila , el ciudadano. El 26 de Enero de 1820 cuando llegó Bolívar a Popayán, “En la calle principal, a uno y otro lado, estaban muchos muchachos y muchachas vestidos de indios, cargados de cadenas, que botaban dichas cadenas al pasar su excelencia delante de ellos haciendo gran rugido y al mismo tiempo victoreando y batiendo cada uno una bandera tricolor.” 
Miguel Arroyo Díez narra como las distancias sociales no podían borrarse tan fácilmente en una sociedad testamentaria como Popayán, “El libertador se presentó a un baile acompañado de sus edecanes y por supuesto con algunos militares pardos. Cuando se trató de que algunas señoritas que lucían sus sargas bailaran con algunos zambitos tan heroicos como quiera, pero así y todo les producía repugnancia invencible por el temor al ridículo que tanto temía la mujer. Entre los jefes notables se hallaba el coronel Lucas Carvajal, compañero del León de Apure y que [sic] contaba con más batallas ganadas que los años de su vida; ya había hecho varias intentonas para bailar con algunas de las preciosas señoritas que ocupaban el estrado, pero éstas se habían concertado de antemano para decir que estaban comprometidas a bailar con otros, hasta que concluyera la fiesta. Entre ellas las Mosqueras, Hurtados, Rebolledos, Mallarinos, Pombos, Arboledas, Torres, Arroyos, Urrutias, Lemos, Carvajales”.
El mundo sustituido, no era distinto de aquel con el que se le estaba dando continuidad: Una sociedad testamentaria y rígida, igualmente excluyente de aquellos en cuyo nombre se construía la república, ocupaba los espacios del poder reservados al linaje y la “limpieza de sangre” a los que se creía destinada “por naturaleza.” Las coordenadas geográficas de ese mundo eran las mismas que habría de refinar el General Agustín Codazzi: varias naciones, varias culturas, varios territorios articulados sólo por el proyecto cartográfico de un hombre “providencial,” el General Tomás Cipriano de Mosquera y Arboleda (1798-1878).
Durante todo el siglo XIX, y buena parte del XX, Popayán siguió jugando su papel de cabecera de los conflictos entre los caudillos regionales, divididos en sus aspiraciones a controlar el gobierno, el ejercicio de la política, el mercado nacional y local de las economías extractivas, los cargos públicos y la academia.
La inserción en la economía mundial implicaba el desarrollo de la industria y el control de las vías y de la salida al mar. Las guerras civiles del siglo XIX - particularmente la guerra del 76- habían empobrecido a las gentes del gran Cauca dejando en claro además, que no se podía salir de la miseria por fuera de un proyecto económico que considerase seriamente la necesidad de sacar los productos exportables al mercado exterior. Un sector independiente del liberalismo vallecaucano no dudó en buscar el apoyo del capital extranjero para fortalecer la industria bajo el supuesto de que la redención regional se daría con un ferrocarril que la librase del aislamiento, fortaleciendo adicionalmente las comunicaciones fluviales por el río Cauca. A estas obras se vincularon los nombres del General Julián Trujillo, Tomás Rengifo, C. H. Simmonds, Francisco Sinisterra y Cía.. José María Domínguez y Cía.., Ruiz y García, Francisco J. Cisneros, Santiago M. Eder y Fulgencio Olave.
Pero algunos payaneses, partidarios del sector radical, y prosélitos de Mosquera se aliaron con Ernesto Cerruti un aventurero italiano, comerciante acaudalado, y emparentado con el general a través del matrimonio con su nieta Emma Davies. Cerruti no asoció su capital al desarrollo de proyectos de infraestructura, como los otros empresarios, sino al monopolio de la sal y al contrabando de armas. Vinculó con su empresa a tres generales mosqueristas: Jeremías Cárdenas Mosquera, hijo adoptivo del caudillo y además su yerno, Ezequiel Hurtado y su cuñado Lope Landaeta. Con ellos montó el último emporio quinero en el distrito de Páez. Adicionaron a estas empresas monopolistas un anticlericalismo fanático que pasó a las confrontaciones de hecho. Como consecuencia se fracturó la elite payanesa y se dividieron los intereses locales perdiéndose el camino empresarial iniciado por los Caleños.

La separación de Panamá agravó aún más los sentimientos autárquicos regionales y en los comienzos del siglo XX se precipitó la fragmentación territorial con la sanción de la ley que creaba el Departamento de Nariño en 1904. Una vez disuelto el Gran Cauca, El Departamento. Pasó de 666.000 km 2 a 30.493 km 2 y quedó relegado en la carrera por el desarrollo agro industrial junto con Nariño y el Chocó. La clase política se conformó con el anclaje seguro en el control del estado y el patrimonialismo burocrático. Así opinaba un político local hacia los años 30 del siglo XX: “Por fortuna en el Cauca hemos sido muy miedosos en materia de empréstitos, no nos hemos aventurado en grandes negociaciones, y puede decirse que es el único Departamento que no debe nada (…) Ojalá la situación que atravesamos sirva de ejemplo a los legisladores del Cauca para que siempre continúen con lo que pudiéramos llamar un miedo preventivo y no nos embarquen en grandes empresas que a la postre nos causen irreparables desastres”.

UNA NUEVA LECTURA DEL PASADO Y DEL PRESENTE

Reconfortada en un sentimiento autárquico de autoabastecimiento espiritual Popayán reconfiguró la mirada sobre sí misma. Una mirada nostálgica del pasado glorioso, que tuvo como escenario los eventos cívicos de la primera centuria de la independencia. Con ese telón de fondo se reconstituyeron los libretos y las imágenes que llenan nuestra memoria, desde un presente anacrónico que borraba todas las diferencias y matices, las grandezas y pequeñeces de los actores bajo la figura del procerato. Las letras y las artes plásticas construyeron íconos épicos y figuras sobrehumanas talladas sobre mármoles romanos. Con Roma, la Civitas Dei

El director del Instituto de Posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, Jorge Eliécer Quintero Esquivel, es Filósofo de la Universidad Nacional de Colombia, Magíster en Filosofía Latinoamericana de la Universidad Santo Tomás y Doctor en Historia de la Universidad Nacional de Colombia.

Quintero Esquivel ha trabajado como docente del Departamento de Filosofía de la Universidad del Cauca desde el año 1981 hasta la fecha. 

 , se homologaron todos los lugares del “centro histórico” y de los patricios y matronas se calcaron los rostros de las gentes principales. Así pintó Efraím Martínez siguiendo los versos de Valencia la “Apoteosis de Popayán” en el paraninfo de la Universidad. Los indios domesticados y los negros sumisos fueron agregados, más que incluidos en el “crisol de la raza” en la construcción imaginaria de la nación. Por fuera quedaba la barbarie, siempre amenazante del orden ciudadano.
Cuando llegó el ferrocarril a la ciudad, en 1926, aún estábamos desconectados del presente, no había nada que exportar excepto el café. Su operación inicial constituyó un éxito y hacia 1930 movía tantos productos como el de Cali. En su trayecto se construyeron estructuras notables, pero pronto, los volúmenes de carga decayeron, la producción nativa no tenía tanta demanda en el mercado regional y habían sido sustituida por la producción del mismo Valle del Cauca. La exportación de café fue realizada por carretera más rápida y ágilmente. A partir de 1945 recibió igualmente la competencia del transporte aéreo. Desde 1967 el servicio llegaba sólo hasta Suárez y lentamente se extinguió quedando solo el edificio de la estación como ornato y recuerdo de otra época.

El modelo hacendatario de ganadería extensiva no se desarrolló suficientemente para dar paso a la agro industria. Los conflictos armados del siglo XX, las masacres y desplazamientos hicieron de Popayán una ciudad receptora y expulsora de población flotante que no ha logrado incorporarse a la cadena productiva.

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