ASCENCIÓN AL VOLCÁN PURACÉ
Lunes 14 de octubre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
mariopbe.com
 

Amigos:

Jean Baptiste Joseph Dieudonne Boussingault (1802-1887), científico
francés, incluyó a Popayán en sus observaciones científicas en el Nuevo Mundo
iniciadas en 1822 y concluidas 10 años después. De entre sus libros hemos
extraído fragmentos relacionados en su visita científica al Volcán de Puracé.

Cordialmente,

***

MEMORIAS DE UN NATURALISTA,
Ascensión al Volcán de Puracé.
Por:
Jean Baptiste Joseph Dieudonne Boussingault
Capitulo XVIIII
Fragmentos.


La cima nevada del volcán se ve desde Popayán con el aspecto de una masa semiesférica y se calcula que se halla a 27 kilómetros al este de la ciudad.
A las 9 tomé el camino de Coconuco y a las 10:30 me detuve para esperar mi equipaje en un sitio llamado Samenga (altitud 210) metros, temperatura 18,3°). A mediodía llegué al alto de la Poblazón, desde donde se ve la aldea de Puracé (altitud 2.381 metros, temperatura 23°). Al bajar cerca de 600 metros desde el alto de la Poblazón, se llega al río Cauca que corre por un valle estrecho, habitado por indios que cultivan maíz y papa.
Había llovido toda la tarde y me alojé cerca al torrente en casa de un mestizo, el señor Manuel Prado. Por la noche sentí frío y al día siguiente a las 7 el termómetro marcaba 11,6°. Visité la fuente termal cercana que se halla a unos 400 o 500 m por encima del pueblito. Esta fuente, muy abundante, es conocida con el nombre de Cobaló.

 En Coconuco, la altitud 2.481 metros, temperatura 17,7°. A mediodía salí para la misión del Puracé, a donde llegué a la 1:30, después de haber atravesado el torrente de Coconuco y el de Anambió que se une al Pasambió o río Vinagre. Cuando atravesé el Anambió me mostraron los rastros de la gran creciente que tuvo lugar durante la terrible erupción del Puracé, en 1827. Las aguas se elevaron a más de 20 metros por encima del lecho del río, arrastrando una mezcla de lodo y de azufre. Un poco más tarde, el Pasambió sufrió una creciente igualmente fuerte, durante otra erupción del volcán.

El cura Figueroa a quien había sido recomendado, me acogió cordialmente. Era un hombre de 60 años, todavía muy vivo y alerta y que había dado asilo a Humboldt. "Comandante, sabía de su llegada y le he preparado un alojamiento en mi granero, en donde usted puede disponer convenientemente sus instrumentos, va a estar muy bien y cada día tendrá tres comidas", me dijo.

Allí tenía a mi servicio a una anciana negra, de pelo blanco, mujer excelente que me cuidó como sí yo hubiera sido un niño. Después de haber montado mi laboratorio, comencé el análisis del agua de Cobaló. En el Puracé sentí frío aun cuando me acostaba sobre muy buenos colchones de lana. Mis sondeos indicaron que la temperatura promedio era de 12,8° y en el aire de La Trocha, el termómetro se mantenía entre l6° y 18°, altitud tomada en la granja del cura, un poco más abajo que la plaza de la iglesia, 2.651 metros, temperatura 16,2°.

Fui al río Pasambió o del Vinagre que baja del volcán y que está profundamente encajado en una traquita. La cascada del Pasambió cae en una sola cortina, desde una altura calculada en 80 metros y es un espectáculo extraordinario. Como el terreno está cortado a pico, para llegar al hemiciclo pasé el río bastante aguas abajo de la caída, luego lo remonté por un camino muy escabroso trazado a 20 metros por encima de su nivel. Para llegar al pie de la cascada tuve que descalzarme porque el terreno era muy resbaloso; al llegar al fondo me mojó una lluvia fina acidulada, incómoda para los ojos, que era el resultado del agua arrastrada por el aire.

Las noches habrían sido monótonas, probablemente, por la razón de que el alumbrado producido por una vela de cera  no permitía escribir; pero para distraerme, la negra me contaba la historia de los santos más renombrados en la localidad, a quienes se invocaba para salir de los insectos malignos, para curarse de ciertas enfermedades, para conjurar el granizo y el rayo; ¡nada tan emocionante como esta fe sincera! El cura me daba informaciones interesantes sobre el gran temblor de tierra que tuvo lugar a las 6 de la tarde, un día del año de 1827 y al día siguiente, por la mañana a las 11. Hacía cuatro años la iglesia de la población se había desplomado, la cabaña de un indio osciló durante un rato; el suelo tembló durante cerca de una hora y la terrible sacudida que acabó con la iglesia se sintió en Pasto, pero no alcanzó hasta Quito.

El 20 de abril comencé mi ascensión al volcán, a las 8 de la mañana , en vista de que los indios habían juzgado que el tiempo sería bueno. Me acompañaban 2 guías y yo iba a caballo: nos dirigimos hacia el Este y después de haber pasado a Belén y el Tabor, penetramos en una selva que era un verdadero barrizal. A las 9:30 entramos y salimos a las 10:30 para subir una cuesta que llevaba a Pajonales. La vegetación arborescente había desaparecido y fue necesario apearse, como lo había hecho en la selva y andar penosamente en un barro espeso.

Es curioso que 30 años antes en ese mismo lugar, Humboldt estuviera en otra terrible tempestad de granizo y que 24 años después, siempre en la misma localidad, el coronel Codazzi fuera sorprendido por otra parecida.

Más allá de Cascajal bajé del caballo para subir la pendiente que llevaba la azufrera del Boquerón de donde salían columnas de vapor: marchábamos sobre azufre y yo estaba en un triste estado, porque después del granizo había sobrevenido una nieve, lanzada por un viento impetuoso que me enceguecía; avanzábamos hacia el Sur y para poder respirar era necesario mirar hacia el Norte; al fin, al mediodía suspendimos la marcha en el azufral, sintiéndonos bien pues nos calentábamos y secábamos al calor que salía del volcán. Por debajo del suelo se oía el ruido que hubiera producido un líquido en ebullición.

Un termómetro sujetado por un alambre y suspendido en la corriente de vapor, marcó 86,5° de temperatura; nos encontrábamos en una altitud de 4.360 metros y el mercurio en el barómetro se sostenía a 459 milímetros, la tensión del vapor se reconoce en 458,7 milímetros de mercurio. Así que el vapor emitido en ese lugar del Boquerón estaba a la temperatura del agua hirviendo. A la altitud en que estábamos, el terreno trepidaba incesantemente.

Terminé mis experimentos llevados a cabo en condiciones muy difíciles porque mientras de un lado bocanadas de vapor me quemaban, del otro me congelaba un viento glacial que varias veces estuvo a punto de hacer volar mis instrumentos; después subí hasta la nieve , en donde encontré a una india que la recogía para llevarla a Popayán en donde se la pagaban a dos pesos la carga de 100 kilos.

La ascensión [al glacial] era más y más difícil: dos veces me tumbó el viento hasta que después de muchos trabajos llegué a 200 metros de la cima del volcán. La nieve estaba tan sólida y resbalosa que habría sido imprudente continuar el camino ascendente y la pendiente era tan fuerte que una caída me habría costado la vida. Allí abrí el barómetro y encontré una altitud de 4.669 metros y una temperatura de 7,8° aceptando que la cima esté a 5.000 metros de altura absoluta, me encontraba entonces a 300 metros de la boca del volcán. Por debajo del límite de las nieves, muy bajas en ese entonces, se encontraban bloques de traquita estratificada.

El azufral del Boquerón, incluyendo los varios respiraderos que lo rodean y que lanzan con un ruido a veces formidable, gases y vapores, no presentaba ningún caso de ignición: era una solfatara. Los bloques de traquitas con aspecto de escoria y fundidos en algunos puntos, era lo único que mostraba la intervención del fuego. Ahora bien, en la cordillera, una solfatara no es un volcán muerto, es un estado de reposo al que puede suceder, sin que nada lo haga presentir, una terrible y prodigiosa actividad. Así que el Puracé, tan calmado cuando lo visité, en el curso del año 1859, tuvo una serie de erupciones. Los terrenos circundantes fueron inundados por un barro líquido que al consolidarse formaba una cerca circular de unos cien metros de diámetro, en el punto de emisión, un verdadero cráter de derrame. En los años siguientes los temblores de tierra fueron frecuentes en la Provincia de Popayán, siendo los precursores de la catástrofe del 4 de octubre de 1869.

Ese día, a las 3 de la mañana, el Puracé tuvo una erupción formidable: piedras incandescentes y cenizas fueron lanzadas a muchas leguas de distancia. Los lechos del Anambió y del Pasambió se llenaron de barro sulfuroso; la misión de Puracé fue destruida y dos días después, el 6 de octubre a las 3 de la tarde hubo una segunda erupción: los proyectiles llegaron a la ciudad de Popayán, situada a más de 27 kilómetros, a vuelo de pájaro. Masas considerables de materias negras, mezcladas de azufre, devastaron toda la región. Estas emisiones de lodo, estas "mogas", no son raras y los montañeses de los Andes dicen que sus volcanes lanzan fuego y agua a la vez.

A las 3 el cielo tomó un color azul oscuro y hubo que pensar en regresar al punto de partida. Tratamos de ir a una fuente caliente, sulfurosa, situada más allá de una hondonada profunda, cortada por masas de traquitas que tenían aspecto de ruinas de castillos, marchamos por largo tiempo sobre los bordes de un precipicio. El sendero, o más bien la cornisa, se hizo tan estrecha que no se podía avanzar sino muy lentamente y con muchas precauciones debido a la espesa escarcha. Nos vimos obligados a abandonar nuestro proyecto, pues ya se avecinaba la noche y así volvimos a los Pajonales, en donde tomé la altitud que fue de 3.546 metros y la temperatura de 12,2°. A las 5 llegamos a la misión, después de haber gozado un instante de la vista que se tiene desde el alto de Belén. Al cura le encantó yerme y tan pronto me divisó gritó: "La negra le va a servir tres platos". Verdaderamente yo los necesitaba pues había sufrido un gran desgaste en mi excursión.

A mediodía miré el barómetro colocado sobre la plaza de Puracé que estaba situada un poco más abajo de la granja. Altitud 2.720 metros, temperatura 16,6°.

El 23 de abril a las 11 me despedí del excelente cura y de "su familia" .Seguí la ruta de San Isidoro, bajando primero al lecho del río Vinagre (altitud 2.297 metros, temperatura 16,8°). A la 1 dejé este lugar al este ya las 10 atravesé el torrente de Las Piedras; a las 5 llegué a Popayán bien mojado, pues la lluvia no había cesado desde Puracé.

Seguí observando las costumbres de la región: muchos hombres casados tienen una amante a quien suministran un negocio para asegurar su subsistencia. La esposa legítima queda abandonada, secuestrada como una mujer oriental. Así descubrí, por casualidad, la niña de la casa de la familia Varela, a quien se mantenía escondida a todos los ojos, muy bonita por cierto, y cuyo marido vivía con una ñapanga que atendía una pulpería. El secretario del obispo tenía también una mujer con negocio: iba a visitarla por la noche para fumar allí un cigarro.

Dejé a Popayán el 23 de mayo, después de haber pasado un mes y medio, tiempo que me pareció corto por haber estado muy ocupado y por la influencia de este clima delicioso , en donde se vive sin darse cuenta. Tanto el señor Varela como su esposa estaban emocionados por mi partida, parece que ella sentía por mi un amor puramente platónico, pero el mayor dolor fue el que me manifestó mi sirvienta, quien creo que se llamaba Juana y nunca había visto yo tamaña abundancia de lágrimas; es que un pobre esclavo siente un cariño sincero por el dueño que lo trata con bondad y me fui llenándole las manos de monedas plata. A la 1 monté a caballo para despedirme del obispo, quien me esperaba para testimoniar su afecto: "Usted va a atravesar una región peligrosa, especialmente por la situación política actual; he aquí una carta dirigida a los curas de mis diócesis, que le ruego mostrársela, especialmente a los que le parezcan sospechosos", me dijo con emoción; esta carta era en realidad un salvoconducto que decía: "El teniente coronel don Juan Bautista Boussingault es uno de mis amigos; va a Quito. Les ruego ayudarlo cuando ello sea necesario". Salvador, Obispo de Popayán.
 

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