ANÉCDOTAS
Viernes 25 de octubre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

Amigos:

Vicente Pérez Silva es un ilustre abogado nariñense, abogado de la Universidad del Cauca, escritor, investigador y autor de obras de carácter histórico y literario. Miembro correspondiente de la Academia de Historia de Cundinamarca, de las del Valle y Nariño. Escribe en varios medios informativos. Tiene numerosas obras y de entre ellas "Anécdotas en la Historia de Colombia", hemos transcrito hoy un par de anécdotas.

Cordialmente,

***

Anécdotas de la Historia de Colombia.
Por: Vicente Pérez Silva
Revista Credencial Historia. 
(Bogotá - Colombia). 
EDICIÓN 252. Fragmentos.
DICIEMBRE DE 2010

CONSPIRACIÓN CONTRA ANTONIO NARIÑO

José María Vergara y Vergara, en su obra Historia de la literatura en Nueva Granada , refiere que, luego de la derrota del general Antonio Baraya, en las goteras de Santafé de Bogotá, se organizó una conspiración para matar al general don Antonio Nariño, cuando a la sazón desempeñaba la presidencia del estado de Cundinamarca. Acerca de este repudiable atentado, el nombrado historiador nos cuenta una anécdota, mediante la cual podemos apreciar plenamente la magnanimidad y la entereza de su carácter:

Organízase una conspiración para matarlo: uno de los conspirados, caballero de nacimiento, debía pedirle una audiencia a solas, y en ella darle la muerte. Lo supo Nariño, con todos sus pormenores y guardó absoluto secreto a todos sus parciales. Llegó la hora: presentose el conspirador y pidió una audiencia secreta al presidente. Concediósela al punto éste, y pasaron al salón los dos solos. A penas estuvieron él, Nariño, impasible y lleno de amabilidad, púsose a cerrar por dentro todas las puertas y a entregarle las llaves a su pérfido acompañante.

-¿Qué hace su excelencia? díjole éste asombrado.
- Favorecer la fuga del que me va a matar, contestó el presidente: no quiero que usted vaya a sufrir por mi causa. Y dicho esto, se sentó tranquilamente. El asesino puso en sus manos las llaves y el puñal que llevaba oculto, y le dijo inclinándose: creía que venía a matar a un tirano; pero nunca ofenderé a un ángel que lo penetra todo y lo perdona todo.
- Siéntese usted a mi lado y hablaremos sobre estas cosas de la patria, replicó Nariño.

Ésta y sólo ésta es la “presencia de espíritu que caracteriza a las almas grandes”. No en vano se explica su valentía y la altivez de su carácter, cuando, luego del desastre de Tacines, en la campaña del Sur, Nariño cae en manos de los realistas y conducido a Pasto, ante el clamor del pueblo que pide a gritos su cabeza, sale al balcón de la casa que lo acoge, y con palabras elocuentes da término a su intervención ensalzando el heroísmo de los pastusos, asegurándoles que “el general Nariño tendría como grande honor morir en manos de hombres tan valientes. Y para que os convenzáis –dijo- aquí me tenéis en vuestro poder. Yo soy el general Nariño”. Con sobrada razón, el doctor Tomás de Santa Cruz, ante quien se había granjeado su aprecio, cuando el mariscal de Campo, se obstina en la ejecución de la sentencia de muerte, le responde enfático: “Juro por mi honor que, mientras no se acepte o deseche el canje, no caerá ni un solo cabello de la cabeza de Nariño”. ¿Para qué más?

UNA BODA NOVELESCA EN TIEMPOS DEL PACIFICADOR

Un episodio de veras novelesco es el que nos refiere el capitán de infantería del ejército español Rafael Sevilla, en sus Memorias de un oficial. Su protagonista es la marquesa momposina doña Josefa de Torre Hoyos, viuda del español y subteniente de milicias Mateo de Esparza y Santa Cruz. Se refiere que en su casa, “la mejor de Mompós, ofreció hospitalidad al general Pablo Morillo y demás militares que formaban la expedición pacificadora, los que fueron objeto de las más grandes atenciones por parte de la más entusiasta realista”.

Dada la motivación que entraña este novedoso episodio, de inconfundible almendra novelesca y la viva descripción con que se desenvuelve, nos parece oportuno trascribir esta increíble ocurrencia en toda su integridad:

La marquesa era una de esas mujeres varoniles que llaman la atención por su garbo y hermosura. Joven todavía, pues lo mismo podría tener 30 que 40 años, había quedado viuda y dueña de una fortuna inmensa.

No pocos oficiales, cuando venían de sus oficinas o de tirar balazos a los cocodrilos del rio, a sentarse a la mesa con la desenvoltura propia de su oficio, solían clavar sus ojos exploradores en los negros y rasgados de aquella millonaria que podía sacar a uno de trabajos. Pero ella se mostraba altiva e inabordable. Al general en jefe lo trataba como una reina a uno de sus súbditos.

Con nosotros iba un cadete de regimiento de Granada, joven tímido, pero muy buen mozo. La opulenta viuda le echaba a veces unas miradillas disimuladas, que todo el mundo notó, menos el interesado, que era tal vez el único a quien nunca se le había pasado por la imaginación dirigirla una galantería.

El 17 de marzo, al despedirse el general de aquella dama, pues partíamos a la mañana siguiente, la hizo mil ofrecimientos y le manifestó de una manera expresiva su gratitud por la generosa hospitalidad que le habíamos merecido.

- Eso no vale nada, general, le contestó ella; pero ya que usted se muestra tan galante, voy a aceptar sus servicios pidiéndole un favor.
- ¿Cómo?, ¿Seré yo tan feliz, marquesa, que pueda servirla de algo?
- Sí, señor; y mi suplica le va a parecer a usted extraña. Para no sufrir un desaire que me sería bochornoso y sensible después de formulada mi petición necesito que usted me prometa acceder a ella de antemano.
- Está concedida, señora: tiene usted mi palabra.
- Pues dé usted la licencia absoluta al cadete N.

Morillo quedó desconcertado.
- Pues qué marquesa le preguntó, después de una pausa; ¿lo necesita usted para mayordomo?
- Lo necesito para marido, dijo con la mayor frescura la gallarda mujer.
- Señora marquesa, interpuso el comandante de húsares don Manuel Villavicencio: es mi amigo y me está recomendado por su padre.
- No me burlo, caballero; y la prueba es que lo invito a usted a que sea padrino de casamiento esta misma noche.
- ¡Pues no parecía bobo el mozo que con tal sigilo hizo tan envidiable conquista!, exclamó Morillo, medio vuelto de su asombro.
- Está usted equivocado, general, rectificó la dama. Ni me ha escrito, ni me ha dicho una palabra. Pero hace días que a mí me ha entrado el capricho de casarme con él, y todo lo he preparado en secreto, para despedirles a ustedes con la sorpresa de una boda.
- ¿Y si él no consintiese?, preguntó Villavicencio.
- No se me había ocurrido todavía que ningún hombre podía hacerme la injuria de rechazar la mano que a muchos en mejor posición que ése he negado. Pero llámele usted y saldremos de dudas.

Villavicencio salió, y a los 5 minutos volvió con el cadete. Éste, que sin duda había sido informado de todo por su protector, estaba colorado como una amapola. Él parecía la niña y ella el hombre.

- Joven, le dijo la marquesa: le he elegido a usted para esposo mío. El general está pronto a darle a usted la licencia absoluta, y Villavicencio a servirnos de padrino esta misma noche. ¿Le conviene a usted el negocio? Sí o no; no me gusta gastar el tiempo en amoríos. Ya pasó esa época para mí.
- Señora, balbuceó el favorecido: se me figura que estoy soñando. Tanta felicidad para mí me parece imposible.
- General: estamos arreglados. Extienda usted la licencia e invite usted a todo el mundo a la boda, sin omitir a los soldados, para los que haré poner mesa aparte.

En efecto, aquella noche tuvieron lugar sus nupcias. La marquesa tiró la casa por la ventana. Entre otros magníficos regalos que hizo, dio 200 caballos de sus haciendas del Valle de Upar al comandante Villavicencio para la remonta de sus Húsares.

Sin duda alguna, con esta terminante y expresiva manifestación de amor, hemos gozado a más no poder. Unas sentidas vivencias que parecen de leyenda, entre el correr de unos días de espanto y terror en pleno año de 1816. Así ocurren ciertos episodios que parecen de fabula. Así nos sorprenden en el discurrir humano; y aunque parezcan ajenos a la realidad, nos dejan sumidos entre el telar inimaginable de una novela, como si los filamentos que la envuelven se nos enredaran en la madeja de nuestros propios sueños.

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