ANÉCDOTAS II
Lunes 4 de noviembre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
mariopbe.com

Amigos:

Héctor M Palma Mendoza ha recogido en su articulo una serie de anécdotas de las cuales transcribimos hoy algunas de ellas.

Cordialmente,


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Anécdotas y humoradas en la historia de Colombia
 Publicado 26/07/2012
POR: Héctor M. Palma Mendoza
eldiario.com.co

Alguien ha dicho: “Privar la historia de lo anecdótico es tan ridículo como un arte culinario que pretendiera eliminar los condimentos de sus recetas. Bien utilizadas – de ello se trata, una cuestión de dosificación- las anécdotas aportan mucho  al conocimiento histórico; proporcionando un soporte  tanto pedagógico como narrativo…”
 
Hay un toque cautivador (tanto en lo anecdótico como en lo humorístico) en esos breves relatos bien concebidos y oportunos, que logran fundir lo instructivo, lo ameno y lo funcional. [Héctor M Palma Mendoza]
 *
 El presidente José Manuel Marroquín (1900-1904) en los episodios de la separación de Panamá tuvo una actitud tan indigna, que en una reunión de viejos chocolateros les dijo: “A mí no me pueden atacar los colombianos por los sucesos de Panamá, porque recibí un país y entregué dos”.
 

EL ESCONDITE DE SANTANDER.


Nos refería don Alfredo Ramos Urdaneta, que es tradición desgraciadamente verbal, en su familia, que antes de ser llevado a prisión de la Biblioteca, el general Santander estuvo escondido en casa de su juzgador, o sea del propio general Rafael Urdaneta. Un reputado médico –posiblemente el doctor José Félix Merizalde- que había ido a visitar al último alcanzó a ver por debajo de una cortina las botas altas de un sujeto que se paseaba en la pieza contigua. Al quedarse observando, dejó notar en los ojos el asombro, como si lo reconociera, y entonces el futuro dictador, adivinando la causa, en voz baja le dijo: “Con usted no debe haber secretos”. Y descorrió la cortina: era, en efecto, el general Santander, quien rindiendo un homenaje que lo honra extraordinariamente a la hidalguía del amigo transformado en juzgador, había solicitado asilo de ese gran caballero que fue en lo íntimo el general Urdaneta.

ROJAS GARRIDO PONE LOS PIES EN POLVOROSA.

Otra anécdota no menos curiosa y de singular colorido tiene que ver con Mosquera y don Julio Arboleda, es la que entrelaza a un distinguido exponente del Olimpo Radical, el doctor José María Rojas Garrido, quien además de un versado jurisconsulto y extraordinario orador, fue un fervoroso cultivador de las bellas letras.

Cuando llegó el ejército de Mosquera a Popayán, en agosto del 62, en combinación con el del general Santos Gutiérrez, que salió por el Quindío, el supremo director de la guerra hizo que a título de comparto las familias conservadoras alojasen en sus casas a los principales jefes del ejército y a los miembros del gobierno que lo acompañaban.
 A uno de los secretarios o ministros, el doctor José María Rojas Garrido, le tocó en suerte la casa de doña Matilde Pombo.
Es de advertir que en una pequeña imprenta que Mosquera había sacado de Bogotá y que llevaba con el ejército, se publicaba un boletín denominado El Centinela en campaña . Allí aparecían artículos en prosa y en verso del doctor Rojas Garrido. En uno de los primeros números salieron unos versos violentos contra Arboleda, que empezaban así:

Naciste, Julio, en medio de las fieras y una serpiente te silbó en la cuna; de arrullo maternal canción ninguna escuchaste en tu infancia al dormitar. Esa fue tu niñez, entre los bosques extraño a todo sentimiento bueno, de tus venas la sangre es el veneno que la víbora vil te inoculó.

El doctor Rojas ignoraba con quién tendría que habérselas. Se presentó en la mansión que se le había señalado, fue amablemente acogido por la servidumbre y se le dijo que en breve iría la señora de la casa a darle la bienvenida y a ponerse a sus órdenes. Cuando el recién llegado estaba ya en facha admisible, se presentó doña Matilde, haciendo por sí misma la presentación: “Yo soy Matilde Pombo, la madre de Julio Arboleda, a quien usted conoce.....” Las últimas palabras no tuvieron auditorio, porque el doctor Rojas, corrido y avergonzado, puso pies en polvorosa con toda la rapidez que le permitieron las piernas, y fue a buscar alojamiento en cualquier sitio, antes que soportar la presencia de la dama a quien, sin conocer, y llevado sólo de los odios de la lucha armada, había herido en lo más hondo...

CURIOSO CONFLICTO ENTRE MASONES.

A las numerosas y variopintas anécdotas referidas en torno a general Tomás Cipriano de Mosquera, conviene agregar la que nos cuenta el erudito historiador Eduardo Lemaitre en las páginas de su obra Historias detrás de la historia de Colombia Tomo I (Bogotá, 1994). Anécdota que surge entre el presidente del estado de Bolívar y Gran Comendador del Supremo Consejo Neogranadino, el general Juan José Nieto, quien dominaba todo el territorio de la Costa Atlántica , y el nombrado y renombrado Gran General Tomas Cipriano de Mosquera. Es de este tinte y sabor:
Los dos caudillos, el caucano y el costeño, se odiaban, en el fondo, cordialmente; y aquella unión era, como ahora se dice, puramente coyuntural. De modo que ya durante el mismo desarrollo de la guerra recomenzaron las divergencias entre ambos. Mosquera, claro está, llevaba las de ganar en las disputas que surgieron; pero, en cambio, Nieto lo tenía bajo su mando en el campo de la masonería, que había sido el alma de la triunfante revolución, y esto desazonaba y era insufrible para el soberbio payanés. ¿Qué hacer?
Entonces fue cuando, para soltarse del cabezal con que Nieto lo tenía agarrado, se le ocurrió fundar un “Nuevo Oriente”; y, en 1862, hallándose en Ambalema, creó por su cuenta una nueva orden masónica, llamada “Orden Redentora y Gloriosa de Colombia”, que tendría, entre otras, autoridad para otorgar el grado 33 a los “Varones Eminentes Apóstoles de Colombia”. El grado 21 a los “Sabios Amigos de la República ” y, finalmente, el grado 34 que estaba reservado para los “Acrisolados Amigos de Colombia”. Y de una vez se lo fue otorgando a sí mismo.
Como es natural, este cisma conmovió las columnas del masónico templo, y puso en guardia al Soberano Gran Comendador de Cartagena, Juan José Nieto, quien no sólo protestó en seguida por la gravedad de aquel movimiento separatista, que pretendía otorgar un grado superior al grado 33, símbolo de la edad de Cristo, sino que prohibió que ningún otro hermano ingresara al herético Oriente, y rechazó con indignación el grado 34 de Mosquera, hábilmente, se hizo conocedor.
Este conflicto entre hermanos masones, que por aquellos tiempos fue la comidilla del día, despertó ecos que aún resuenan en nuestro tiempo, y no concluyó sino con la caída de Mosquera en 1867.
 
LA MUERTE PREMONITORIA DE ARBOLEDA.

Aunque hay anécdotas que con el transcurso del tiempo padecen modificaciones, alteraciones o deformaciones; así mismo, existen autores que, al referir o recordar un anécdota, si bien mantienen su sentido de fondo, cambian las modalidades del relato; las circunstancias de los hechos o los nombres de las personas que han intervenido. Unas se describen de manera sintética y otras en forma detallada. Tal ocurre con la anécdota premonitoria de la muerte de don Julio Arboleda, llamado el poeta-soldado, asesinado en la montaña de Berruecos, cerca al lugar donde cayó el Mariscal Sucre.
De esta manera, difiere la referida por don Miguel Antonio Caro de la siguiente que incluye el historiador Gustavo Otero Muñoz, en las páginas del tomo II de su obra Semblanzas Colombianas (Bogotá, 1938), a saber:
Cuenta don Venancio Ortiz que tres años antes de la muerte de Arboleda, estando reunidos varios amigos en el alojamiento del señor doctor Bartolomé Calvo, hablaron de la manera cómo cada uno ambicionaba morir. Escipión García Herreros, joven de alma ardiente y de corazón valeroso, ansiaba extinguirse en un combate, y no se imaginaba que una fiebre lo sumiría muy pronto en el sepulcro. Manuel Pombo, siempre cristiano y dulce de carácter, dijo con su habitual gracia: “yo quiero morir a la española antigua: en mi cama, con el fraile a la cabecera y el Cristo ante los ojos”; y otro, joven también todavía, de mirada de águila, de vasto ingenio, escritor ameno, castizo y elegante, orador sublime, poeta como el Tasso y guerrero como Turena, manifestó que para él no había una muerte más bella que la del Gran Mariscal Antonio José de Sucre. “Morir así, dijo, sacrificado por la patria, en medio de la torrentosa montaña de Berruecos, es bello. El eco de los tiros que privaron a Sucre de la vida salvó las copas de los gigantescos árboles y fue a difundirse por el mundo. El héroe fue elevado a la categoría de mártir.
 
UNA PROTESTA DE MUJERES ANTE CÉSAR CONTO.

De singular ocurrencia es la anécdota que tiene que ver con un clérigo de apellido Bisot, quien fue apresado por el desempeño de actuaciones de carácter político, movido por dirigentes afiliados al partido conservador, cuando a la sazón, don César Conto ejercía la presidencia del Estado Soberano del Cauca, en Popayán. Con algunas variantes, esta anécdota la han referido Juan de Dios Uribe, más conocido con el remoquete de el Indio Uribe ; Eduardo Rodríguez Piñeres, y Gustavo Arboleda.
A este último corresponde la que a continuación se transcribe:
Circuló entre los liberales la especie de que el bello sexo, sin distingos sociales, pero de filiación conservadora, naturalmente, acudiría a exigir al presidente la libertad del señor Bisot. Hasta se aseguró que entre las manifestantes irían sujetos especialmente enviados para asesinar a Conto, aprovechándose del tumulto.
Muchos copartidarios exigieron al jefe del Estado que pusiera guardias en su casa; él se opuso y hasta pidió que lo dejaran solo. Trabajó empeñosamente en los asuntos oficiales hasta las tres. Un amigo que llegó a las cuatro lo encontró estudiando griego. “Siéntate y espérame mientras termino esta traducción”, le dijo. A los pocos instantes se oyó un vago ruido, que fue aumentando y pudieron escucharse llantos, gritos y protestas. Era el mitin de las damas que iban a implorar por el presbítero apresado. las manifestaciones ocuparon toda la casa y penetraron hasta la habitación donde estudiaba el presidente. El, sin perder su sangre fría, se colocó sobre la mesa en que trabajaba y con gran calma gritó: “Señoras, que la más vieja y la más fea de esta reunión me explique lo que quieren”. El silencio fue completo. Repitió la petición, política o impolítica, según se la mire. Hubo el frufru de faldas: las peticionarias abandonaban el despacho de don César.
Conto, con aire sonriente, se dirigió a su amigo: “Esta clase de proyectiles, expresó, no la resisten las mujeres”.
En cuanto al padre Bisot, fue confinado al Valle del Cauca.
 


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