UN RECUERDO LLAMADO NICOLÁS
Lunes 3 de junio, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
mariopbe.com

Amigos:

Nohra Delgado de Hormaza se refiere al sacristán de La Ermita,
Nicolás, y al origen de las procesiones Chiquitas de Popayán, que
le siguen a la Semana de Pasión.

Cordialmente,

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UN RECUERDO LLAMADO NICOLÁS
Procesiones Chiquitas en Popayán
Así era Popayán.
Por
: Nohra Delgado de Hormaza
Editor: Hernán Franco Ramírez
Houston, Texas, USA. Enero 9, 2008

Nicolás era el sacristán de La Ermita, la iglesia más antigua de Popayán, de figura descarnada y  siempre en movimiento como al compás de un rigodón. Era maestro albañil y en las horas libres de  compromisos, le pasaba el hisopo a la iglesia, pues quería que siempre estuviera transparente como  una copa de cristal.

La chiquillada del barrio instalaba sus juegos en el atrio de la iglesia y Nicolás se sentía  ofendido con el retozo y la algarabía reinantes. Enarcaba las cejas y de sus ojos salían centellas.  Ésa era la orden que daba para que suspendieran la jugarreta y regresara la calma.

En la época de Semana Santa, Nicolás se la pasaba en un ir y venir constante, desempolvando  imágenes, desarrugando vestiduras, preparando andas. Con algodón y aceite limpiaba las ánforas de  plata y los rostros de los bienaventurados. Realizando ese oficio se sentía transportado.

Nicolás se convertía entonces en el capitán de esta legión de párvulos que transportaban al hombro  la utilería de la Semana Santa, desde sitiales y paños sagrados hasta judíos tallados con  terrorífica expresión.

A Nicolás se le ocurrió un día organizar las Procesiones Chiquitas que hoy constituyen uno de los  atractivos más originales y hermosos para turistas y peregrinos. Se empeñó entonces en un trabajo que demandaba ingenio y paciencia. Modelaba en barro las imágenes y luego las revestía con retazos  de tela de colores brillantes, acentuando el dorado que prevalecía en la liturgia. Cada vez que  terminaba de confeccionar la imagen de un santo, experimentaba una íntima complacencia. Era la  satisfacción de un sueño largamente  acariciado.

La maestría que fue adquiriendo poco a poco, encontró la máxima expresión en la elaboración de los  Cristos crucificados. Los plasmaba en el momento de la agonía, remachados por los clavos y las injurias de los hombres. Los Cristos fueron sus obras  maestras.

Después armaba el tablado de las andas y con una laboriosidad exasperante, los llenaba de flores y  pequeños cirios. Luego se dedicaba a convencer a las señoras del vecindario para que permitieran a  sus hijos participar en el seráfico desfile.

Las procesiones se realizaban al principio con orden y gran éxito. Eran una buena réplica de la  Semana Mayor, con sus detalles y ornatos reproducidos fielmente: la sahumadora, los regidores, los  padrecitos y demás personajes entrañablemente regionales. Hoy se llevan a cabo, con gran  solemnidad, en la primera semana de pascua.

Lo que parecía ser la idea utópica de un sacristán provinciano, despertó en los niños el deseo de  realizar una pequeña procesión en sus respectivas casas. Esta inquietud que se convirtió en  apremio, puso en dificultades a sus familias. No obstante, se sacaban las imágenes  de  las  urnas, en  aquella  época  instaladas casi de manera usual en los aposentos familiares y se  disfrazaban de San Juanes y de Verónicas a los santos de que se disponía. Efigies todas veneradas en los  hogares de entonces. Los intocables Cristos se trasladaban a las pequeñas andas, haciendo caso  omiso de la indignación de los mayores.

Era de ver a los muchachos acicalados con su túnica de carguero desde muy temprano y sentados a la  mesa con la “alcayata” al lado. Los que no tenían túnica, cargaban  con un sencillo atuendo semanero: pantalón corto de dril y sencilla camisa.

A las siete de la noche empezaban a salir a derecha e izquierda de las casas, los grupos  organizados. La procesión más larga se componía de cuatro pasos. El desfile de las alumbrantas lo  integraban desde las quinceañeras hasta  los niños de tres años.

Sin embargo, esto que no pasaba en el momento de ser una aventura infantil e improvisada, empezó a  presentar serios problemas. Inevitablemente las procesiones después de un corto recorrido, coincidían en el atrio de La Ermita, lo cual originaba pugnas y rivalidades que en ocasiones  terminaban en verdaderas batallas campales. Se bajaban las andas a  la  calzada  para  echar mano  de las piedras colocadas dentro de la tarima para aumentar su peso y empezaban a descargarlas  despiadadamente sobre las imágenes de los contendores. Era entonces cuando se veían obligados a  intervenir los padres de familia. Solicitaban ayuda a Nicolás, quien daba por terminada la  tragicomedia. Entonces, entre ofuscada y colérica, salía la abuela a rescatar el Cristo y los  santos maltrechos.

A pesar de sus resultados poco recomendables, por muchos años vio Popayán representar este insólito drama que con el correr del tiempo se impuso sentando las bases de una de nuestras más bellas  tradiciones. Las Procesiones Chiquitas de ahora, son patrimonio de la ciudad y admiración de  quienes nos visitan en la época de Semana Santa.

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