PAISAJE DE POPAYAN
Domingo 13 de octubre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja

Amigos;

Guido E Enríquez Ruiz, Doctor en filosofía, Abogado, Licenciado en literatura y lengua española y profesor honorario de la Universidad del Cauca; poeta, escritor, historiador, conferencista, periodista, evoca la hermosura de los alrededores de la ciudad de Popayán.

Cordialmente,

***

PAISAJE DE POPAYAN
Por: Guido E Enríquez Ruiz
De la Asociación Caucana de Escritores.
Proyección del Cauca. Año 33 Edición 378 de 2013
Popayán. Colombia.


El beneficiado Juan de Castellanos (1522-1607), en algunos de los 113.609 versos de sus “Elegías de varones ilustres de Indias” nos cuenta que en Popayán había “crecida población en gran manera,/ y toda suntuosa casería” (de casa) y que allí los invasores españoles, por allá en 1535, “tomaron de los vivos y los muertos/ grande copia (cantidad) de joyas de oro fino”.

Nada dice del paisaje, del que luego muchos se han ocupado, pero sí refiere que Miguel de Trujillo decía: “¡Oh! plegue a Dios, amén, con tánto oro;/ buen ánimo, buen ánimo, cristianos,/ que bien tenéis dónde llenar las manos”.

A eso vinieron los ibéricos a llevar oro y a matar indios para apoderarse de sus tierras. Unos cien años antes de la llegada de Sebastián de Belalcázar (1495-1551) la gente de esta tierra había fundado una población llamada Popayán (dos caseríos pajizos), según nos dice Castellanos quien, además, describe algunos detalles de extensión, construcción y cercado.

Acertaron los indios y, más tarde los invasores españoles, en levantar la población en un lugar privilegiado por la naturaleza por sus aguas, su clima y la comodidad del terreno y por la espléndida vista hacia la planada, los bosques, las montañas y el cielo.

Al situarse en el lugar que está la ciudad se ve hacia el occidente una apacible parte de la cordillera en la que sobresale el cerro de Munchique cuya presencia hace pensar en una montaña ideada por un artista clásico; mirado de otro lado es diferente.

En muchas tardes, generalmente aquellas que llamamos de verano, se viste el horizonte, hacia occidente, y se llena el cielo de tintes opalinos y de topacio y de rubí, tan brillantes y sobrecogedores que nuestro ánimo se empapa de luz y de calor como en ensalmo de iris maravilloso.

Es el tiempo de fotografías encantadas y encantadoras y de caleidoscópicas inspiraciones.

Si miramos al oriente, la serranía de los Coconucos nos muestra el volcán Puracé, dormido dragón de tranquila paz y armónica figura que también, al igual que Munchique, desde otros ángulos se muestra diferente.

Las suaves colinas y algunos diminutos cerros que se levantan en el sitio de Popayán completan la bella y apacible vista que forman las cordilleras y la planicie que constituye buena parte de la meseta, de 1775 metros de altura sobre el nivel del mar.

Hace ya buen número de años los bosques de robles engalanaban los alrededores de la ciudad; lástima que se acabaron o, mejor, los acabaron.

Pero aún quedan árboles decoradores del paisaje y amigos de la frescura y de la sombra protectora. Por las características del suelo la vegetación tiene un verde de tonos vivos que da la impresión de duración y seguridad.

Por la cercanía de las montañas los vientos hacen que el claro cielo de Popayán varíe constantemente de aspecto al recorrer las nubes el espacio como si estuvieran de prisa.

La perenne primavera del trópico atavía a Popayán con flores de bellos tintes y alegres formas.

Clima y paisaje le dan un encanto particular que hizo decir al poeta Gerardo Ibarra Castro:

“Tu pétalo que el céfiro acaricia
es aroma, es cadencia y es delicia
 y es alborozo en todo amanecer.
Te nutres de la tierra y a la aurora
 tu flor es una boca tentadora,
 boca encendida, boca de mujer.”


El elemento fundamental que tiene Popayán para el turismo es el conjunto de su paisaje y su clima. Debemos entenderlo así para no desviar los propósitos.

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