MABETO
Miércoles 23 de octubre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
mariopbe.com
 
Amigos:

Juan Esteban Constain, escribe sobre un colombiano que ahora ocupa las páginas más leídas de los diarios colombianos y que lo conoció en un potrero, cuando era apenas un jovencito.

Cordialmente,

***

VOLVER AL POTRERO
Por: Juan Esteban ConstaÍn
 catuloelperro@hotmail.com
EL TIEMPO. 26  de octubre, 2013


No me parece que este Yepes sea tan distinto de ese muchacho al que vi jugar en un potrero y meter un gol, luego salir corriendo a celebrarlo. Estoy seguro de que entonces corría y celebraba por las mismas razones por las que corre y celebra hoy.

Hoy, miércoles 16 de octubre de 2013, la edición impresa de este periódico trae en su primera página una gran foto a todo color (qué tontería: todas las fotos hoy son a todo color, qué tontería y qué nostalgia) de Mario Alberto Yepes, el capitán de la Selección Colombia. Acaba de meter su segundo gol con el que le ganamos a Paraguay en Defensores del Chaco, y corre a celebrarlo con los brazos levantados, los puños cerrados a la altura de los hombros, una sonrisa apretada que también es un grito.

Y no es para menos: Yepes es, junto con Amaranto Perea, el único sobreviviente en la Selección de esa generación del fútbol colombiano a la que le tocó la tarea imposible de remplazar al Pibe Valderrama e ir a la fuerza a un mundial. Y no pudieron, no pudimos. Tres veces nos quedamos a las puertas, contando centavos mientras el tren ya se iba. La generación de Giovanni, de Ángel, del Totono y tantos más que no la tuvieron fácil y que hoy también se merecen un recuerdo.

Por eso me alegra tanto que Yepes esté allí, en la Selección y en esa foto, corriendo mientras grita por todas las veces que no pudo gritar; por todos los gritos de alegría que se le ahogaron en los de tristeza y frustración. A él y a nosotros. Y creo que se merece como nadie ir al mundial. No solo por su pasado sino también por su presente: por como corre cada pelota, por como habla en la cancha, por los huevos que pone. Por jugar todavía como si apenas estuviera empezando su carrera, no terminándola. Eso es el fútbol.

Algunos dirán que es por la plata. Que cuando uno se gana lo que hoy se ganan los futbolistas profesionales, correr y durar es muy fácil. Que así quién no va a poder. Todo es tan mezquino en nuestra época, tan lleno de codicia y tan venal y desechable, que desconfiamos por principio aun de lo más noble. Nos parece imposible que alguien crea de verdad en la gloria, que alguien haga las cosas por el solo placer de hacerlas. El juego por el juego, el arte por el arte sin que nada más importe.

Yo, que soy un romántico, todavía tengo fe. A veces. Lo digo por una escena de la que fui testigo en mi infancia y de la que no me olvido. Debía de tener 11 años y estaba en Cali de vacaciones visitando a mi primo, en una unidad en la avenida Pasoancho. Allí vivía también Mario Alberto Yepes, Mabeto como le dicen sus amigos de esa época. Varias veces lo vi jugar en un potrero y ya era un crack. No estudiaba, no comía, no dormía; solo pensaba en el fútbol. Una tarde metió un gol de chilena de un arco al otro –lo juro– y corrió a celebrarlo como si estuviera en un mundial. Él y todos.

Viendo su foto hoy aquí en EL TIEMPO (hoy ya es ayer, a todo color), no me parece que este Yepes de ahora, capitán de la Selección, sea tan distinto de ese muchacho de 13 o 14 años al que vi jugar en un potrero y meter un gol, luego salir corriendo a celebrarlo con los brazos levantados, los puños cerrados a la altura de los hombros, una sonrisa apretada que era también un grito. Estoy seguro de que entonces él corría y celebraba por las mismas razones por las que corre y celebra hoy.

Es que hay cosas de la vida, como el arte y el fútbol y la vida, que son imposibles si uno no corrió en el potrero ni lo lleva en el alma. Por eso un virtuoso del violín puede tocar en el metro de Washington sin que nadie lo descubra, por eso un famoso grafitero puede vender sus carísimas piezas por unos pocos dólares en el Central Park sin que nadie sepa que son suyas. No solo para demostrar el esnobismo y la farsa del mercado; también porque hay quienes no quieren perder la fe.

Volver al potrero, jugar por la gloria. Eso es el fútbol también, un acto de fe. A veces. Gracias a vos, Mabeto.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com


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