FUERA DEL PASADO
Viernes 14 de junio, 20013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
mariopbe.com
 

Amigos:

Juan Esteban Constaín Croche ofrece su articulo semanal
"Fuera del Pasado" e introduce la frase " Colombia es el
país de la “penúltima moda”".

Cordialmente,

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Fuera del pasado
Por:JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com
12 de Junio del 2013
El Tiempo. Bogotá


Nos parecemos en algo a esos soldados japoneses que se resistieron a dejar las armas tras la derrota de su país en la Segunda Guerra Mundial, muchos de los cuales ni siquiera se enteraron de la derrota.

Yo no tengo ninguna autoridad para decir lo que voy a decir. Para decir nada, de hecho, ni eso ni nada. Porque me he pasado la vida a contrapelo, dedicado a la nostalgia y el anacronismo. Añorando tiempos mejores y antiguos –todos– que no fueron los míos, convencido de que la historia es a veces también como la vida, y que en ella uno puede escoger a sus contemporáneos como escoge a sus amigos. Sí existe la máquina del tiempo: somos nosotros. Así que le tengo una gran fe al pasado.

Sé que es una insensatez, claro. Y es una ilusión óptica de la que ya he hablado aquí antes (he ahí la prueba), un error de perspectiva: el ser humano es un animal insatisfecho por naturaleza que vive antojado de lo que no tiene. Codiciando lo ajeno, convencido siempre de que todo lo del otro es muchísimo mejor: su mundo, su amor, su envidia y su misterio. Todo tiempo pasado era mejor; o al menos es lo que se ha dicho desde la expulsión del Paraíso. Idealizamos lo que no conocemos, lo que no somos, esté donde esté: ayer o mañana, la esperanza en lo que fue y en lo que será.

Por eso me gustan tanto la arqueología y la paleontología –y la poesía de Miguel Hernández–, las únicas ciencias que de verdad tienen el futuro asegurado. Cada descubrimiento, cada civilización desenterrada, cada fósil que aparece y le añade a nuestra vida mil o dos mil años más de evolución y de inquietudes es un motivo muy poderoso para seguir creyendo en el pasado. Hace poco, por ejemplo, en un parqueadero de Leicester apareció el fantasma de Ricardo III. Solo para confirmar que lo que había dicho Shakespeare sobre él era cierto; para confirmar de paso la existencia de Shakespeare. Pidió una ginebra con tónica, según testigos.

No sé: iba a decir algo sobre el tiempo y la historia y su terquedad, pero ya es muy tarde en la noche y estoy casi, casi –probando, probando–, en la escritura automática de los surrealistas, en la filosofía y la ciencia de don Ramón Gómez de la Serna. Iba a decir también, sin ninguna autoridad, que a veces hay que salir de la comodidad del pasado; que aunque no haya nada mejor que el anacronismo y la nostalgia, también nos llega el momento, todos los días, de asumir nuestro presente. Ser arqueólogos de lo que somos y no más.

Decía Guillermo Camacho Carrizosa, y es la segunda vez que lo cito desde acá, que Colombia es el país de la “penúltima moda”, donde todo el mundo cree estar a la última. Las cosas nos llegan siempre tarde, aun ahora que hay globalización y aviones e Internet –ahora más que nunca, diría un cínico, pero yo no lo soy–, y a ellas nos aferramos con una dicha infantil y supersticiosa como si fueran el anuncio del futuro. No salimos jamás del asombro que nos produjo el descubrimiento del hielo aquella tarde remota frente al pelotón de fusilamiento.

A veces, leyendo nuestras noticias en los periódicos, no sabe uno qué sección es de verdad la que tiene entre manos o en la pantalla: la del día, o la de hace 25 o 50 o 100 años. Nos parecemos en algo a esos soldados japoneses que se resistieron a dejar las armas tras la derrota de su país en la Segunda Guerra Mundial, muchos de los cuales no es ni siquiera que se hubieran resistido a la derrota sino que nunca se enteraron de que ella había ocurrido, y siguieron disparando por años y décadas. Algunos aparecen de golpe por allí, en el monte, como objetos arqueológicos. La guerra no les permitió darse cuenta de que el tiempo había pasado.

Como a Hiroo Onoda, que peleó hasta 1974. Su viejo y retirado comandante tuvo que ir a sacarlo del monte, con una orden inapelable: “¡Salga de allí, la guerra se acabó y además la perdimos”. La Segunda Guerra Mundial.
Salir de allí, del tiempo que pasó.

catuloelperro@hotmail.com

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