JUAN ESTEBAN CONSTAIN CROCE
Sábado 18 de mayo, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Juan Esteban Constaín Croce escritor colombiano, nació en Popayán en 1979,
hijo de Alfredo Constaín Aragón y Gloria Croce Di Pettra y descendiente del
notable historiador y escritor Arcesio Aragón..De 1997 a 2000 hizo un
pregrado/universitario en Foundation degree in history, en el Melton College,
MMC
, Inglaterra. Desde 2002 se encuentra vinculado a la Universidad Colegio
Mayor de Nuestra Señora del Rosario de Bogotá. Juan Esteban maneja los
siguientes idiomas: Alemán, Italiano, Francés, Inglés, Latín

Cordialmente,

***
PORTADA: JUAN ESTEBAN CONSTAIN
sabio de 33 años.
Por: Margarita Vidal
Revista Credencial
El Tiempo, 8 de mayo, 2013

El historiador, profesor y escritor, da la talla de la nueva generación de intelectuales.
 
Es autor de: Librorum, un libro filológico e historiográfico sobre los textos de la Universidad del Rosario; Los mártires (cuentos), y de las novelas históricas El naufragio del Imperio y ¡Calcio!, (con esta última ganó el Premio Espartaco durante la Semana Negra de Gijón). Prepara una antología de los ensayistas latinos de la Antigüedad tardía y, qué tal, una diatriba contra la Independencia.

Su columna en El Tiempo y sus libros lo han apuntalado, a su joven edad, como uno de los más claros representantes de la nueva generación de intelectuales colombianos.

Hace muchos años Guillermo León Valencia me describió su Popayán guerrera. ¿Cómo es su Popayán?

¿Pues la mía es más la de Gerardo Bermeo: un genio y un borracho —perdón por la redundancia— con el que pasaba horas hablando de lo divino y lo humano en el parque Julio Arboleda, cerca del Puente del Humilladero. Nunca tenía afán ni decía nada en vano; era como Macedonio Fernández. Esa es Popayán para mí: una ciudad atravesada por un río y un volcán, que guarda bajo un árbol los restos mortales de Don Quijote de la Mancha. Y no exagero. Una ciudad en cuyas calles se funden la ficción y la realidad, los fantasmas y la gente, y nadie sabe nunca cuál es cuál.

Álvaro Cunqueiro es uno de sus escritores favoritos. ¿Cuál de sus muchas facetas lo atrae más?

¿Es uno de mis ídolos. De él me atrae todo: su prosa —una de las más bellas que se hayan escrito en nuestra lengua—, su gracia, su erudición. Sus novelas magistrales y también sus ensayos, sus poemas, sus prodigios gastronómicos. Si alguien quiere aprender a escribir, la obra de este gallego encantador que estafó a Himmler (comandante en jefe de la SS) es una escuela insuperable.

¿Cómo así que estafó a Himmler?

¿Le pagaron como guía del jefe de la Gestapo en su visita a España, y Cunqueiro se perdió con la plata. Al final lo encontraron en un burdel, mucho mejor acompañado, por supuesto (risas).

Usted tiene 33 años y es historiador, profesor, traductor, novelista, investigador, músico, y columnista. ¿A qué horas se volvió tan culto?

¿Es sólo que descubrí que para mí no había nada mejor en el mundo que aprender cosas. Desde entonces no hago más que leer. De allí se deriva todo lo demás. Ese es mi oficio, mi destino; soy un aprendiz. Y la guitarra es un viejo amor que se aviva por las noches cuando saco mi Telecaster 62, la conecto, cierro los ojos para oír sus historias; pero es sólo eso, un amor fallido.

Otro de sus elegidos es Chesterton. ¿Humor y religión?

¿Sí: Chesterton es otro de mis santos tutelares. Era un hombre compasivo y brillante, y además un caso excepcional dentro de la historia del catolicismo: era un cristiano de verdad, es decir un hereje. Escribió sobre los temas más variados que uno pueda imaginarse, siempre con un humor certero e implacable, que en él era lo que debe ser el humor en la vida y en la literatura: un instrumento filosófico, el único método de comprensión del mundo.

Sobre Nicolás Gómez Dávila escribió: “Era un conservador y un católico, enemigo feroz de la modernidad y crítico de la democracia”. Y también: “Su obra es un instrumento libertario y provocador, casi revolucionario”. ¿Al fin qué?

¿Don Nicolás fue para mí una revelación: el dueño de un estilo y un pensamiento perturbadores, que desde entonces se volvieron mi mejor refugio. Su nombre era la señal masónica de unos pocos iniciados que compartíamos la dicha de haberlo leído, y luego vino la explosión de su éxito. Pero a él mismo tanta publicidad le habría resultado excesiva, quizás insoportable, en el más profundo sentido de la palabra. Yo dije una vez: “Si don Nicolás viera quiénes son sus admiradores de hoy, militaría de puro horror en el Moir”. Y es cierto: la lectura de Gómez Dávila es una experiencia radical, intransferible. No tiene que ver con ningún fetiche ideológico ni grupal, no puede hacerse en público ni en cofradías. Es revolucionaria porque es una invitación a pensarlo todo sin concesiones.

El escritor colombiano Fernando Vallejo desata con cada declaración oleadas de críticas. Usted alaba su “prosa magistral”. ¿Cómo separar ese talento de la hojarasca de sus boutades, que encarnizan a los medios?

¿No creo que haya que separar nada de nada: un autor es todo lo que es, aun sus opiniones más caprichosas y provocadoras. Al final lo importante está en sus textos. Y los de Vallejo son maravillosos: es una de las voces más logradas y auténticas de la literatura contemporánea, con un dominio magistral de los recursos expresivos y estilísticos de la prosa en español. Sus novelas son hermosas; llenas de rabia y ternura, como él mismo. Lo que pasa es que los medios lo atizan como a un loco bravo, y él, no sé si por malicia o cortesía o pereza, cae en ese soliloquio injurioso que no siempre tiene el nivel de sus libros.

El naufragio del Imperio es una de sus novelas. ¿Cómo concibió ese delirio, sin morir en el intento?

¿Vi esa anécdota en un catecismo bonapartista del siglo XIX: unos criollos que querían ir a Santa Helena en 1817, rescatar a Napoleón y traérselo a Colombia a reconstruir su imperio desde acá. Por suerte no ocurrió; por suerte para él. Pero allí estaba toda la novela, donde la historia no había dejado ningún rastro, ningún documento. Para eso sirve la ficción, para inventarse el pasado; ‘inventar’, en latín, también quiere decir descubrir. Entonces escribí ese delirio y le puse todos los ingredientes de la novela de aventuras, homenajeando a mis maestros en el género, desde Patrick O’Brian o Macdonald Fraser o Dumas, hasta Pérez-Reverte.

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