OLGA Y BOLÍVAR
Viernes 8 de noviembre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
Popayán, Red Patoja
Amigos:

Gloria Cepeda Vargas, poeta, escritora, conferencista, hace un recordatorio y descripción de la vida de Maria Olga Vivas y Bolívar Orozco

Cordialmente,


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 OLGA Y BOLÍVAR
Por: Gloria Cepeda Vargas
El Nuevo Liberal
Viernes 8 de 2013
POPAYAN. COLOMBIA.

 Con sus dos nombres encabezo esta nota, uno al lado del otro como los vimos siempre. Bolívar Orozco y María Olga Vivas protagonizaron una historia de amor que merece algo más que estas breves líneas. Ella siempre hermosa a pesar de sus múltiples dolencias físicas; él, como un caballero de leyenda, constantemente listo a cortejarla con la mirada, el gesto, la sonrisa y su presencia física y espiritual encallada, como en un muelle imbatible, más allá de todos los renunciamientos y las alegrías que durante tantos años de mutua entrega, marcaron el camino de la pareja Orozco-Vivas.

Muchas veces los vi vivirse a fondo. Fueron ejemplo de coherencia humana en la más noble de las acepciones. Modelo de superación, si superarse significa trascender esta frágil envoltura para entender que la vida en común no es solo esa llamarada fugaz que llamamos amor. Que contraer un compromiso con las más altas leyes que gobiernan la especie significa cosechar con esfuerzo lo que siembra el espíritu y que aprender a mirar con los ojos del otro o de la otra nos entrega una visión más completa de lo que nos falta por hacer.

El caótico devenir de este planeta reside en la avidez unilateral con que evaluamos y procedemos. Sin exhibicionismos de mal gusto, este hombre recio vivió para dulcificarse en las circunstancias que una vida difícil impuso a su compañera. Con ella aprendió a transitar por caminos y atajos. Por ella se convirtió en alpinista, pescador, buzo, explorador, inventor. En ella avizoró lo gratificante de dar a manos llenas. De ella fueron su desvelo, su lucha sin cuartel.

Esto del amor es asunto serio por incomprendido. Lo identificamos como sufrimiento de la carne y del alma, alegría desbordada o nostalgia que se encargan de personalizar todas las expresiones del arte o los esfuerzos del pensamiento. Las mitologías lo empoderaron y las religiones se empinan sobre su mármol y su seda. Siempre heroico y sacralizado por los siglos y el mito, fulge lejos como la quimera o las estrellas. Por eso nosotros, las criaturas recién dotadas de palabra y sonrisa en el infinito devenir del tiempo, lo vemos como algo inalcanzable. Bolívar y María Olga se encargaron de hacernos entender que amar es más sencillo de lo que creemos y que para lograrlo solo se necesita la sabiduría que no imparten ni universidades ni academias. De ahí lo deslumbrante de esta rara flor cultivada por dos jardineros como si fueran uno solo.

Préstame entonces tus palabras, Miguel Hernández, para decir a Bolívar y a Olga lo que significó para ellos, para sus hijos y para quienes tuvimos oportunidad de mirarlos pasar alguna vez, esto de mirarse por más de medio siglo con tanta limpidez al fondo de los ojos: “Yo no quiero más luz que tu sombra dorada/ donde brotan anillos de una hierba sombría/ En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada/ para siempre es de noche, para siempre es de día”.

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