NAUFRAGIO LA ESPERANZA
Viernes 1 de noviembre, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com
mariopbe.com

Amigos:

Gloria Cepeda Vargas, escritora, poeta y conferencista, dedica su página a informar sobre el  lamentable naufragio de la clinimóvil La Esperanza. única nave equipada para servicio de salud a la abandonada zona en las costas colombianas del Océano Pacifico de los departamentos de Nariño, Cauca, Valle y Chocó.

Cordialmente,

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NAUFRAGIO LA ESPERANZA
Por: Gloria Cepeda Vargas
Proclama del Cauca
Jueves 31 de octubre, 2013

Pasadas las tres de la madrugada del domingo 27 de octubre, el buque Esperanza, una clínimóvil que durante más de veinte años veló por el bienestar humano en los departamentos que integran la franja pacífica colombiana, zozobró en un rompeolas de Buenaventura. El barco estaba anclado en el muelle privado Bahía Cupica donde le habían reservado un espacio para que permaneciera cuando descansaba de las misiones médicas tantas veces portadoras de bienestar y salud para los colombianos que nacen, viven y mueren abandonados en los caseríos ribereños del Chocó, Valle, Cauca y Nariño.

Propiedad del médico benabarrense Emiro González Paz, a su dedicación que tocó los límites de un apostolado silencioso, deben los pobres de Colombia, sembrados desde la confluencia panameña hasta las sierras volcánicas del Ecuador, atención de primer nivel en vacunación para los niños, atención prenatal para las mujeres y consultas generales. Contaba el buque desaparecido con cuatro consultorios médicos, laboratorios clínicos y una tripulación de trece personas entre capitán, marineros, médicos y enfermeras. Hoy el doctor González, director de la Fundación que lleva el nombre del barco, pide ayuda al Estado y a las personas de buena voluntad para efectuar el rescate de los equipos médicos antes de que la nave se precipite al fondo del mar.

Para nosotros, los colombianos altiplánicos, es imposible concebir el desbalance social donde baila esa red hídrica y majestuosa que irriga el litoral más rico del país. Tendida entre el borde del mar y la iniciación de los páramos de la Cordillera Occidental, la selva del Pacífico o Chocó Biogeográfico es una de las zonas con más alta precipitación del planeta. Oro y platino la recaman, flora y fauna deslumbrantes la convierten en ficha irreemplazable del laberinto continental. Buenaventura está catalogado como el primer puerto colombiano con importancia estratégica y comercial descollante. No obstante, ni el Estado ni el resto del país se toman un minuto de su tiempo para indagar cómo es, vive, se alimenta, crece y muere su población. Quizá el destino del esclavo negro le marcó el camino; tal vez la selva húmeda que parece invadir el cielo lechoso de las noches rugientes sobre el río o el mar o la avidez e indiferencia de los antiguos esclavistas blancos que se lucraron hasta el crimen de su indefensión y fortaleza, la hayan convertido en una paradoja inconmensurable. Quizá por eso el naufragio de esta esperanza y del sueño hecho realidad de un hombre de su ancestro, debería ser noticia fundamental en el acervo mediático de este país al borde del colapso con tanto presidente en perpetuo olor de reelección, tanto togado en olor de podredumbre y tanto delincuente remunerado hasta la incongruencia. Honor al hombre que navegó de frente redimiendo dolores y creando esperanzas, honor a este barco solitario donde flameó durante casi un cuarto de siglo nuestro gentilicio bien representado, aunque los medios de comunicación en  Colombia no sepan distinguir entre lo que es una noticia y lo que representa un hecho intrascendente.


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