COMENTARIOS ACTUALIZADOS SOBRE POPAYAN
Viernes 24 de mayo, 2013
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Hemos recibido los comentarios sobre la situación que atraviesa la
ciudad de Popayán suscritos por Jorge Arboleda y Omar Lasso.
Ofrecemos algunos párrafos, pero se pueden leer los textos
completos utilizando el vínculo   Comentarios.

Cordialmente,

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COMENTARIOS SOBRE POPAYAN
Por Jorge Arboleda
Mayo 22, 2013


From: jorge arboleda <jearboleda@gmail.com>
Subject: Re: ALGO DE VICTORIA TRAS LA RETIRADA - Omar Lasso
Date: May 22, 2013 12:45:31 PM CDT
To: Omar Lasso <omarlassoechavarria@gmail.com>

Omar,

Que bueno fue re-encontrarnos después de tan largo tiempo. He leído con detenimiento tus crónicas y quejas del “pueblo mágico” en el que se convierte la ciudad. Como lo prometido es deuda, aquí van algunos comentarios sobre el pulso del moribundo que alcancé a sentir durante mi visita.

Primero, quizás lo que más llamó mi atención fue ver a Popayán inundada de tanto carro y tanta moto. Tantos, que las callecitas ya no dan para albergar más carritos chinos y menos los humos de los mismos que terminan ahogando hasta las cucarachas más resistentes. Me sorprendió, con ello, encontrar que la ciudad entró en la moda, copiada por demás del resto de capitales colombianas, del pico y placa y que por ello sus habitantes, que hoy son muchos y pocos los nacidos allí, también entraron en la onda dañina de poseer no uno, sino dos vehículos. En unos casos dos coches por casa, en otros, un coche y una moto, o en el peor –los más pobres- dos motos que contaminan peor que locomotoras.

Claro, más aún, lo que sorprende no es la cantidad de coches y motocicletas ahogando y matando patojos, sino la respuesta dada por el gobierno local y, de hecho y de derecho, aprobada por los popayanejos de hoy: Pico y placa todos los días, a toda hora, en toda la ciudad. Como dijera el viejo presidente Barco, “pulso firme y mano tendida.” Firme la decisión de que la mitad de vehículos (un capital bastante grande) se quede guardada veinticuatro horas mientras la otra mitad sale a trabajar y mano tendida la del policía que recibe la mordida por parte del asustado conductor.
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Segundo, siguiendo con asuntos del tránsito (que ahora los colombianos llaman “movilidad”, así, con tono de señorita dulzona de “arrímeseme por favor que tengo frío”), me asustó la “perseguidora” montada por las autoridades contra los posibles infractores del código de sustancias tóxicas y estupefacientes, incluidos los alcoholes, si es que así se llama el tal código. Pues bien, fui testigo de varios cazadores vestidos con el verde olivo de nuestra policía, no para camuflarse de las fieras, sino para astutamente cazar impávidos a la salida de fiestas, reuniones, discotecas, restaurantes etc. y clavarles, con orgullo y sonrisita de sicario satisfecho, la estocada del alcoholímetro en la bocota bien abierta y olorosa del pobre conductor. Supe con ello que en Colombia, quizás el único país de estos años postmodernos, que la tolerancia por el alcohol es sólo al cero grados (quizás sirva de información al respecto el debate que sobre medición de alcohol en humanos se da por estas tierras.

Me sorprendió que, contrario a la Unión Europea y los estados unidos donde la tolerancia es dos grados (dos copas de vino, cerveza etc.), en nuestra republiqueta el alcohol, mayormente vendido por las licoreras del estado, tiene cero tolerancia. ¿A quien el cabe en la cabeza semejante contrasentido? Pues bien parece que a todos nuestros paisanos.
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Una tercera cosa que me llamó profundamente la atención fue encontrarme con que la adorada ciudad había perdido toda noción de un norte funcional. Con ello quiero decir, una misión en el horizonte de la nación en la que se ubica la ciudad. En las comunidades simples aristotélicas dicha misión no era más que las de la protección mutua de la vida, honra y bienes de sus ciudadanos, pero ya en los albores de la modernidad, cuando las ciudades se circunscribieron a los modelos de estados nacionales, las ciudades no fueron simplemente haciéndose copia de las capitales o de los centros más importantes, sino que cada ciudad y pueblo escogió un camino, casi siempre único, para así establecer un liderazgo que asegurara la aportación de la ciudad al beneficio del resto de nacionales. Popayán, por mucho tiempo, y esto antes de ser parte del estado colombiano, se fundó sobre su vocación comercial y su contribución económica a través de la explotación minera. Con la llegada del siglo de las maquinas, que tardías llegaron una vez que al Cauca, más que a Colombia, la despojaron de sus alcances en panamá, la ciudad recibió su ferrocarril en 1926 y con ello, no el camino del desarrollo industrial, sino el de la educación partió rumbo en la ciudad más civilizada al sur del país. Fue así que desde aquellos años se desarrolló un modelo de educación universitaria que serviría para que sus estudiante, graduados y no graduados, impusieran no solamente un sentido de pertenencia, sino un modelo de vida civilizada al resto del país. Pues bien, dicha misión le duró buen tiempo a Popayán y, tal vez, podemos decir que alcanzó quizás hasta finales de los 1980s cuando el país en general cayó sumido en una profunda crisis causada por la intersección peligrosa del narcotráfico y el capitalismo subdesarrollado de nuestro país. A esa condición, y productos de la intersección dicha, se sumó el cambio político ratificado en la nueva constitución y ahí si que fue para Popayán y su misión el acabose.

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Una cuarta cosa que pude apreciar esta vez, fue convencerme de la acentuación clara del amor por la acumulación de capitales de nuestros coterráneos. Recuerdo que en los dos años anteriores al terremoto de 1983, los popayanejos se ufanaban de ser la ciudad con mayores capitales de ahorro privado en los bancos (rezagos de los dineros de Panamá y de obras públicas inconclusas como las carreteras hacia cada costado de la urbe que han sido pavimentadas tantas veces en el papel y ninguna en la realidad y, por supuesto las bonanzas marinera y coquera de los 70s). Pues bien, el panorama de estos días no dista mucho de aquel pre-terremoto en términos de los capitales privados acumulados en los bancos y, ahora, en la modalidad preferida de los carteles de la droga: casas, fincas y  “tiendas de esquina” como dijera un personaje mafioso de nuestra televisión humorística. Esto, de hecho, significa un cambio en las mentes popayanejas, el del paso de su confianza en las bondades de la banca nacional (que hoy de “nacional” no tiene nada, contrario a lo que si fue antes de los 1980s) a confiar en si mismos cuando de manejar su platica se trata. Así, igual que los señores del Valle del Cauca de los 90s, nuestros paisanos ahora acumulan propiedades, muchas de ellas sin uso aparente, hasta inflar la oferta de viviendas y “tiendas de esquina” en espera de que con ello se puedan blanquear algunas platas venidas quizás de actividades invisibles a los ojos de la administración de impuestos y cuya visibilidad y vida legal se logra, como en todo contrato, una vez el notario las bendiga.

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Como vez, a pesar de lo corto de la estadía, si hubo cosas que llamaron mi curiosidad y que, tal como lo prometido, comparto ahora para enriquecimiento de tu curiosidad y tus columnas.

Abrazo,
jorge

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