POPAYÁN EN EL SIGLO PASADO
Viernes 17 de febrero, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Neftali Sandoval Vekarich, caucano, antropólogo, poeta, escritor, seudónimo Paúl Disnard, ensayista y activista cultural,  Diplomático bajo la presidencia de Guillermo León Valencia y  formado en la academia yugoeslava, forjado en los países que recorre desde su niñez, escribió hace cincuenta años sobre el Popayán el articulo que hoy  transcribimos.

Nuestros agradecimientos para Neftalí por su histórica información.

Cordialmente,

***

POPAYÁN, CIUDAD VENERABLE
Una crónica del pasado
Por: Neftalí Sandoval-Vekarich
El Tiempo, Bogotá, marzo de l953


La ciudad discurre. La soledad discurre también en solemne recogimiento. Peanas de santos que bajan y llevan de una iglesia a otra. Las andas pesan y por los rostros de los muchachotes presumidos resbalan gruesas gotas de sudor.

Ahora se habla en voz alta, después se hablará en voz baja. Las muchachas corren hacia acá, hacia allá. Insisten en sus observaciones más que objetivas son subjetivas, primorosamente intuitivas la mar de las veces por momentos se disgustan o sueltan de pronto alegres carcajadas. Poco a poco van llegando los materiales, se empieza a trabajar en las andas, en las imágenes, entre los adornos, las flores y los candelabros de plata tiernas manos de mujer van sembrando de luces las estaciones santas.

Se entra y se sale con igual precipitación. De pronto tiembla, se rompe el religioso silencio y se agita el solitario recogimiento de los templos. A todo momento repercuten sonoros golpes de martillos, cuerpos metálicos que al caer dispersan el eco por entre las naves y los dombos. Se escuchan voces duras, pisadas fuertes, carraspeos, toses. Se entiende que la Semana Santa está ya a dos pasos del calendario, que el lujo y la solemnidad debe superar el lujo y la solemnidad de los años anteriores. Lo dicen ellas que supervisan cada detalle, los hombres escuchan y asienten.

Cuando ya todo haya pasado la soledad recogerá su manto y su báculo para nuevamente encontrar refugio lejos de la algarabía de los turistas, de las estridentes bocinas de los automóviles, de las bujías que arden, de las andas que chirrían y de las matracas que aturden. Cuando todo haya pasado protegerá los velos de los templos y su mística túnica colonial.

Detrás de los cortinajes morados los santos estarán inquietos, algunos nichos se hallarán vacíos. ¿Saldrían, acaso, aquellos santos a curiosear con la muchachada, de iglesia en iglesia y de capilla en capilla? De niños miramos siempre estas imágenes con temor, con el temor que de pronto tomen vida y se despierten en ellas lo sobrehumano y lo monstruoso de los pasajes que describen los evangelistas.

Cada imagen tiene su nombre, cada judío está discriminado e incriminado, siempre fueron para los niños de entonces el judío de la trompeta, el judío de los azotes, el judío de la linterna, así surgió ese fantástico mundillo infantil de los milagros, enturbiando recuerdos que los años van sepultando en el olvido.

Llegan los días graves y ceñudos. Las campanas enmudecen y dan paso a las matracas, cuyos velados gritos estrangulan sus sonidos a cada pausa, al final de una cuadra cuando el ánima-sola recorre las calles buscando la limosna que ayudará a los gastos de la iglesia. Desde esa noche del Martes Santo empezarán las procesiones. Anticipándose una hora, la familia buscará acomodo, el mejor sitio desde donde puedan admirarse los “pasos”. Por los bordes de los andenes vendrán las hileras de alumbrantas piadosas, mujeres con cirios encendidos desmadejando el carrete luminoso que parte desde la más lejana iglesia y van acompañando el paso de las andas, señalando el Víacrucis del Señor.

Los jóvenes requebrarán a las mozuelas pidiéndoles el tradicional moco, el chorreado de la esperma, recordando entonces la época en que el abuelo, de igual modo, conoció y enamoró a la abuela. Reirán los estudiantes por una broma, quizá por la respuesta mordaz y fina de alguna muchacha, o se ruborizarán y toserán amoscados. Los viejos renegarán entre dientes, sabiendo que antaño jamás se tuvo irrespeto alguno por los cuadros bíblicos que rememora la liturgia católica. Débil la memoria, olvidaron que también fueron jóvenes y que jóvenes fueron también las abuelas.

Las señoras hablarán en voz baja, rezarán. Por allá, volteando la esquina, asoma el Señor de la Columna, vendrá tras el Amo y cerrará el desfile bíblico la Crucifixión o el Varón del Martillo.

Los sufridos cargadores, por tradición y herencia, dueños de su barrote, vienen a pasos lentos, bamboleando las andas en penoso equilibrio que con sus innumerables bujías chisporroteando dan a las imágenes un no sé qué de misterio, extraño relumbrón que la noche imprime en la sombra.

Una conversación cercana dejará escuchar los nombres del general Mosquera, de Obando, de don Julio Arboleda, uniendo la Semana Santa a una leyenda que el tiempo guarda celoso en su enmarañada tela de polvo y fantasía.

Se vestirán el Jueves Santo las mejores galas para la visita y admiración de los Monumentos. Saldrán los rostros rememorando otros rostros ausentes, lejanos, tal vez imposibles al retorno. De pronto, al doblar una esquina, en Santo Domingo o en San Francisco, encontraremos a Barrabás cargado de grillos, anémico y barbado, vigilado por un hombre uniformado y armado de fusil. Sobre la mesa ante la cual está sentado, encontraremos un platillo que se irá llenando de óbolos, estas son dádivas de misericordia para el prisionero, las monedas que caigan sobre la superficie de la mesa serán para los compañeros que están con él en la cárcel. En la Biblia habrá un pasaje menos, una leyenda que se alojará en la memoria del niño cuando la madre le hace un tosco relato sobre este personaje infeliz.

Jueves y Viernes Santo son los días severos, solemnes y rígidas las procesiones de esos dos noches, cuando se añaden otros pasos y desfilan los alumnos de los colegios y de la Universidad. Nuevos relatos reemplazarán los añejos recuerdos que el payanés gusta recordar, aun hacia aquellos ya distantes que el alcohol ha terminado de consumir en una pequeña lámpara de vicio y olvido.

Ya no será la soledad la que bajará por su silencio. Esta vez, el Sábado de Gloria, Popayán irá por ella a traerla en andas. Un olor a santidad, a esperma derretida quedará por las calles.
 
En lo alto de Belén, la colonial e histórica Gran Cruz, extenderá sus brazos de piedra y tiempo amparando a Popayán, la ciudad de los cielos siempre azules, de los siempre verdes valles, la de la siempre callada esperanza.

N. Sandoval-Vekarich
Bogotá, marzo de l953



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