TURISMO, IN POPAYÁN CITY 
Viernes 2 de marzo, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
http://mariopbe.com/
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Jaime Vejarano Varona tiene un nuevo amigo:
el gringo Jhon J Smith

Cordialmente,

***

TURISMO, IN POPAYÁN CITY
Por: Jaime Vejarano Varona
Popayán, marzo, 2012



Mi nuevo amigo Jhon J. Smith, desde luego norteamericano, residente en Washington, fue inducido por nuestro muy querido paisano Mario Pachajoa, alma y vida de la Red cibernética patoja en la Capital de USA, para pasar por Popayán, sí, la “Popayán de mis Amores”, en su gira hacia el suroccidente colombiano.

Previo elogio de las excelsitudes de nuestra histórica ciudad, Mario le ponderó la calidez y cultura de los payaneses, la majestuosidad de su arquitectura colonial, la belleza de sus parques, la bendición de su clima siempre primaveral, la riqueza de sus museos, el aseo de las calles, la tranquilidad ambiente, el orden en su movilidad, sus restaurantes de comidas criollas, y, desde luego, sus empanaditas de pipián; etc. Mario con los recuerdos frescos de la que fue nuestra querida ciudad, exaltó todas aquellas cosas que pudieran impresionar al viajante para sorprenderse de lo que en su memoria era la ciudad digna de ser admirada por un turista.

Era un viernes. El señor Smith, se levantó temprano dispuesto a darse un banquete turístico; en la recepción del hotel quiso informarse de cuál podría ser su recorrido en la ciudad. Su precario español no le permitía hacer las preguntas necesarias y como la recepcionista entendía del inglés lo que yo entiendo de telegrafía, apenas logró trasmitirle la palabra Belén. Con esa información el señor Smith sacó su carro de alquiler del parqueadero y, como pudo, buscó el camino a Belén, preguntando aquí, allá, con solo esa palabra mágica, Visitó el santuario y como buen viajero, anotó las curiosas frases esculpidas en la Cruz de Piedra que algún día señalará, al derrumbarse, cuándo termina nuestro historial. Le llamó mucho la atención la palabra “comején” y la anotó en su libretica de apuntes. Quiso investigar por qué en alguna de esas inscripciones habla de “la ruina total de Popayán”. No hubo quién se lo explicara.

Bueno, descendió los Quingos, a pié como los había subido, para ir a buscar el carro que dejó en la empinada calle de piedra, tapándose la nariz para no oliscar el mingitorio, ni ver el basural que se enseñorea en la sinuosa vía.

Bajó conduciendo por la calle cuarta, para ir a desayunar en el Hotel Monasterio. Al llegar a la esquina del parque de Caldas fue desviado, por una valla o talanquera plástica que impide el tránsito demarcando la “bendita peatonalización”, hacia el Banco de la República, de allí a la Casa Mosquera y, calle de Baudilia abajo, pasando por un Parque que en nada se parecía a lo que Pachajoa le contara, y donde se exhibe un muñeco plateado, como de hojalata, llamado Mascachochas, según le informaron, tuvo que desviarse por la galería del Barrio Bolívar, pasando por otro simulacro de parque de un diseño inverosímil, y entre muchas peripecias, sorteando un tráfico caótico de “chivas”, “zorras”, cargabultos, buses destartalados, carretillas tiradas por macilentos caballos, logró seguir la ruta que, pasando por el Hospital, lo devolvió hasta la Capital del Valle.
 
A estas horas, ya en Washington, le estará preguntando a Pachajoa a qué lugar maravilloso fue donde le dijo que hiciera su gran gira turística.

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