MACONDO LIBROS
Sábado 22 de diciembre, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano, pintor, poeta, escritor, en su
articulo "El Macondo de los amigos-Testimonios para
atesorar y compartir"
describe la historia de la Librería
payanesa Macondo, cuyo propietario fue Omar Lasso
Echavarría
quien ha incursionado en la narrativa, el
ensayo, la programación informática y otros oficios, como
un nómada de habilidades múltiples. Lasso Echavarría
mantuvo la Librería Macondo por 20 años.


Cordialmente,

***

EL MACONDO DE LOS AMIGOS -
TESTIMONIOS PARA ATESORAR Y COMPARTIR

MACONDO LIBROS 
Por: Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca


Hubo un Macondo en Popayán, un lugar para la cultura, la jovialidad y camaradería bien dosificadas. Buena parte de nuestra memoria quedó allí desde que su maestro de ceremonias, Omar Lasso, decidió cerrar sus puertas al ajetreo de los compromisos comerciales.

Si algo gustaba de Macondo Libros era su recinto pleno de cortesía y su casi legendario librero intentando la proeza de la cultura en una ciudad donde sus voces predilectas, a pesar de todo, van preñando, instaurando nuevos vientos y razones para la existencia. En Macondo Libros hubo fiesta diaria, ritos de iniciación, tertulia y carcajadas. Los pesos pesados de la intelectualidad iban llegando con sus agudos y brillantes diálogos, sus rictus académicos, sus visiones críticas, o con anécdotas de la cotidianidad más simple y callejera. Allí se compartían el instante, el minuto, las horas y el tiempo todo con algún café, cerveza o licor ritualizado entre buenos estímulos para engendrar ingenio y alimentar los ratos libres.

Buenas épocas esas de Macondo, "un lugar siempre posible"; un dibujo mío, que se estampaba en cada venta, sirvió de excusa para embrujos y promesas de la suerte, y todo era de maravilla entre esos estantes poblados de libros de la más alta alcurnia intelectual. Entrar a Macondo era iniciar el terreno de la anécdota, aligerar el día, mensurar la intensa levedad de la existencia, abrir los ojos, oídos e intelecto a lo imprevisible y a las probabilidades de congeniar con las mejores amistades. Allí el arte, la literatura, poesía, filosofía y música eran atmósfera, clima inevitable entre los saludos, encuentros sorpresivos y miradas cómplices; digamos que el mundo de los libros era llave mágica, pasaporte a los afectos, estrategia de alegría, enganche para usuarios de la fantasía y otros goces del espíritu. Uno que otro amor lícito o prohibido debe haber nacido en ese especial rincón, hoy señalado por la nostalgia y la cordialidad de la memoria.

Macondo, que comenzó con una simple caja ambulante de libros, creció y poco a poco fundó un mundo propio; tenía su aroma: el de la palabra, que todo lo domina. Hoy las palabras tal vez se fueron a otra tienda que no existe. Omar es el ausente que todos recordamos con el afecto de la amistad que no declina. En Macondo Libros, Popayán tuvo otra oportunidad sobre la tierra... la vida parecía una leyenda. 

Rodrigo Valencia Q.
 
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