LA SONRISA SERENA 
Jueves 2 de febrero, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano, pintor, poeta, escritor, se refiere a la
característica del Gran Leonardo de Vinci quien pintó sus figuras
con una sonrisa misteriosa.

Cordialmente,

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LA SONRISA SERENA
Por: Rodrigo Valencia Q
 www.rodrigovalencia.net
Especial para Proclama del Cauca
Jueves 2 de febrero de 2012


Buda, Monalisa y Anandamayi Ma. Foto: Proclama-Norte
Leonardo de Vinci pintó casi todas sus figuras (Gioconda, Santa Ana, la Virgen, San Juan Bautista) con esa misma sonrisa: “misteriosa”, aquietada, sugestiva. Son sonrisas atemporales, delicadas, expresadas con sutil transición entre las luces y las sombras: perfectas “apariciones”, iluminadas, casi, con una hermosa luz dorada; cabe decir sonrisas eternas, serenas, trasuntos de la paz interior.

Sabido es que Leonardo de Vinci estudiaba a los filósofos platónicos y los libros de Hermes Trismegisto (el Tres Veces Gran, los mismos que también había leído San Agustín, de los cuales un antiguo teólogo cristiano dijo: “Hermes ha descubierto, solo, no sé cómo, casi toda la verdad”. Y quizás Leonardo buscó en esa filosofía mística el secreto de la serenidad, la clave de lo Eterno. El “Poimandres” del “Corpus Hermeticum” dice: “Que el que posee intelecto se conozca a sí mismo como inmortal (…) Si, pues, aprendes a conocerte como un ser hecho de luz y vida y aprendes a conocer que estos son los elementos que te constituyen, regresarás a la vida”. ¿Está el misterio de las sonrisas de Leonardo impregnado de este misticismo?

El arte hindú también posee esa magia: las sonrisas de los dioses, budas y bhoddisattvas son angélicas, salvíficas, como intocadas por el mal; parecen proceder del lugar beatífico e incorruptible del alma, nos hacen presentir un gozo imponderable que tal vez no termina nunca.

Por el contrario, el arte cristiano no ha mostrado la sonrisa; los santos aparecen demacrados, lacerados, suplicantes, llorosos. ¿Por qué el arte cristiano no ha expresado el gozo de sus santos? ¿Qué paradoja encubre casi toda su iconografía? Ciertamente, el cilicio no es la forma de expresar esa gloria imponderable. La sonrisa serena no tiene nada que ver con la carcajada; y, obvio, mucho menos con el pesar, el tormento, la súplica o el dolor inquietante; permanece introvertida en la Eternidad, “más allá de todo entendimiento”. Por eso, el rostro del cuerpo aún incorrupto de Santa Teresa de Lisieux, por ejemplo, sonríe, es testimonio de un hermoso cielo interno. Como así también la sublime, siempre presente e inefable sonrisa de la santa hindú Anandamayi Ma (1896-1982), quien en vida, con su bella expresión sensible, nos daba persistente fe de la beatitud alcanzada por muy pocos. Ese gesto cautiva, redime, toca lo indecible, gratifica con su luz.

Publicado por Alfonso José Luna Geller en jueves, febrero 02, 2012

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