ASUNCIÓN TENORIO Y ARBOLEDA
Sábado 21 de julio, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
http://mariopbe.com/
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano acompaña su notable pintura original, óleo tamaño carta, retrato de Doña Asunción Tenorio y Arboleda, con una anécdota histórica. Agregamos, que ella  fue quien encargó y financió en España la famosa imagen que reposa en el Templo de Santo Domingo de la ciudad de Popayán, la Señora de la Soledad, adornándola con corona y daga de plata, manto de terciopelo negro con guarnición de azabaches y túnica de lame de plata y con pestañas naturales y lágrimas de cristal en sus mejillas, en profundo dolor

Cordialmente,

***
Doña Asunción Tenorio y Arboleda
Por Rodrigo Valencia Q
Popayán. Julio 2012


Doña Asunción, dama aristocrática, de temple y convicciones fuertes, tía de nuestro prócer Francisco José de Caldas, viajó a Santafé de Bogotá a caballo, en esa época de dificultades patrias, a interceder ante el virrey Juan Sámano para que le perdonara la vida a su sobrino el sabio Caldas, comprometiéndose ella a traerlo a Popayán, apartarlo de sus ideas políticas, y dedicarlo enteramente a la ciencia y al estudio, según cuenta el arquitecto Luis Eduardo Ayerbe. Al parecer, Sámano aceptó. Doña Asunción volvió a Popayán, pero a los días se enteró que el sabio había sido fusilado el 29 de octubre de 1816 en la plazuela de san Francisco, en Santafé de Bogotá.

Sintiéndose profundamente herida y traicionada en su honor, volvió de nuevo en caballo a Santafé de Bogotá; sin ningún permiso ni audiencia previa entró al despacho de Sámano y le soltó tremendo golpe en la cara con un abanico, gesto al cual el virrey contestó esta vez: “España no necesita de sabios”.

Verdad o mentira, historia con probables deformaciones (porque, entre otras cosas, en 1816 Juan Sámano era gobernador de la provincia de Popayán y no era virrey en Santafé de Bogotá), esta anécdota ha pasado hasta nosotros un tanto diferente, en el sentido de que se nos ha dicho que Sámano, ante la petición de doña Asunción, de una le respondió con la reconocida frase del déspota, y entonces ella se atrevió con una valiente cachetada. Según dicen otros, el virrey le contestó caballerosamente: “Manos blancas no ofenden”.

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