DAFNE Y APOLO: UN REGRESO AL CAFÉ ALCAZAR
Sábado 28 de enero, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Juan Carlos Pinto nos presenta un articulo positivo,
que por estos tiempos son muy escasos.

Cordialmente,

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Dafne y Apolo: un regreso al Café Alcázar
Publicado por Juan Carlos Pinto
Opinión. Columnistas.
El Liberal
Sábado 28 de Enero de 2012 - 12:42 AM


Yo no recuerdo el Café Alcázar. Cuando ocurrió el terremoto todavía era un niño y hacía pocos años había llegado a Popayán, razón por la cual no sabía de sus sitios emblemáticos. Luego, con el paso de los años me enteré que éste era uno de ellos, un lugar de encuentro y de tertulia, un lugar de estar, de compartir, de tomar un tinto en silencio, de observar. Un mentidero político. Ahí, en una de las esquinas frente al Parque Caldas, justo donde hoy queda un banco (el nombre es igual porque todos son lo mismo).

No recuerdo el Café Alcázar porque nunca entré en él, pero ¡las vueltas de la vida! este año sí he estado allí. O en su espejo literario. Ingresé en él a través de las páginas de Como Dafne y Apolo, la novela de Edgar Alberto Caicedo Cuéllar publicada recientemente por la Biblioteca Bicentenario que contó con el apoyo de la anterior administración departamental. Sin mencionar que es Popayán pero con unos referentes que todos conocemos, el autor inicia su novela haciendo una pintura sobre la ciudad, como preparando la escenografía y sus detalles. En el tercer párrafo escribe: “La ciudad tiene un parque; en torno a él se alzan la catedral, la Torre del Reloj y varios edificios públicos que dan al sector un aspecto de otro tiempo. Llaman también la atención sus muchas iglesias, aquí y allá se elevan las cúpulas y los campanarios poblados de palomas. Pero de todo aquel conjunto sobresale el Café Alcázar”.

La reconstrucción literaria de este lugar es un pretexto para tejer varias historias: la de Juan Sebastián y sus ilusiones poéticas y amorosas, la del fotógrafo Polidoro con un inesperado amor tardío, la del sastre Daniel y la amargura ante las inclinaciones sexuales de su hijo, la de Julián y su dedicación a la pintura y al arte como razón de vida, la de Joel, el dueño del café, enfrentado a la soledad inminente que deja la partida de los hijos, la de Samuel y su viudez alcohólica, la del ciego David, representado como un Tiresias de hoy que ve más que los ciegos del presente que no ven aunque vean. “Si por un instante fuéramos capaces de apartarnos del mundo, de olvidar el mundo, podríamos ver; pero a muy pocos les interesa saber mirar lo íntimo de las cosas”, sentencia el ciego. Es él, precisamente, quien le recuerda a Joel que un café es el corazón de la ciudad, y en seguida le pregunta si cree que el suyo lo sea.

Como Dafne y Apolo es, en esencia, una novela de atmósfera, y precisamente por ello el énfasis no está puesto en la intensidad o la tensión narrativas. En esa atmósfera que protagoniza la novela por influjo del Café Alcázar y sus asiduos clientes, se generan los desencuentros que dan soporte al título. Bien podría decirse que, como en la mitología griega, aquí también hay Dafnes que huyen de Apolo.

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